
Un estudio publicado en la revista Science analizó cómo los árboles tropicales gigantes, que pueden superar los 70 metros de altura, logran transportar agua desde sus raíces hasta la copa sin quedar más expuestos a la sequía que los árboles más bajos.
Esta investigación, realizada en los bosques de Borneo, pone en cuestión la creencia de que la gran altura supone una mayor vulnerabilidad frente a la escasez de agua y aporta nueva información sobre los mecanismos internos y ambientales que sostienen la vida de estos gigantes.
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El desafío físico para un árbol gigante es enorme: mover agua a lo largo de decenas de metros, contra la gravedad, sin perder eficiencia ni poner en riesgo sus funciones vitales.

El estudio encontró que estos árboles han desarrollado adaptaciones clave en su estructura interna para superar ese desafío.
Uno de los principales mecanismos está en el xilema, el tejido encargado de transportar el agua. En los árboles más altos, los conductos del xilema aumentan de diámetro a medida que suben.
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De esta forma, la resistencia que el agua enfrenta durante el ascenso se compensa, logrando un flujo suficiente hasta las hojas más elevadas, similar a lo que ocurre cuando se utiliza una manguera más ancha para llevar agua a mayor distancia.
Las hojas de estos árboles también muestran una adaptación notable: toleran un potencial hídrico más bajo sin dejar de funcionar. Esto significa que pueden continuar realizando la fotosíntesis y mantener su actividad incluso cuando la disponibilidad de agua disminuye.
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Además, el estudio comprobó que la vulnerabilidad de la madera a las embolias, burbujas de aire que interrumpen el flujo de agua, no depende de la altura del árbol, descartando así otro posible factor de riesgo para los ejemplares más altos.
Resiliencia durante sequías extremas
La investigación se centró en 38 árboles de cinco especies diferentes de dipterocarpáceas, en la Reserva Forestal Kabili-Sepilok, en la isla de Borneo, que incluían ejemplares de entre 7 y 71 metros de altura.
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El seguimiento abarcó el periodo previo, durante y después de la sequía severa asociada al fenómeno El Niño de 2023-2024, una de las más intensas registradas en esa región.
Los resultados mostraron que, durante ese episodio de sequía, los árboles más altos no sufrieron una caída en el crecimiento mayor que los árboles bajos.
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Las tasas de crecimiento del tronco y el funcionamiento de las hojas se mantuvieron estables, independientemente de la altura.

Esta observación contradice la idea de que los árboles grandes son más susceptibles a morir en periodos secos por las dificultades de mover agua a mayor distancia.
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El estudio concluye que la altura, por sí sola, no determina una mayor vulnerabilidad hidráulica frente a la sequía. Esto sugiere que otros factores pueden ser más relevantes para la supervivencia de los árboles en tiempos de escasez de agua.
El papel del microclima y el entorno de la copa
Los autores del estudio proponen que la resistencia a la sequía depende más del microclima que rodea la copa del árbol y de la sombra generada por su follaje, que de la altura en sí misma.
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El ambiente inmediato de la copa puede influir en la capacidad de las hojas para captar humedad ambiental, como el rocío o la niebla, lo que puede contribuir a mantener la hidratación durante los periodos críticos.

La estructura interna y la fisiología de cada árbol, junto con las condiciones del entorno cercano, parecen ser los factores que realmente determinan la resistencia a la sequía.
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En este sentido, la supervivencia de los árboles gigantes no puede explicarse únicamente por su tamaño, sino que resulta de una combinación de adaptaciones anatómicas y del entorno en el que se desarrollan.
Aunque representan solo el 1% de los árboles de los bosques tropicales, los ejemplares más altos almacenan más de la mitad del carbono de estos ecosistemas. Además, juegan un papel importante en el ciclo del agua a través de la evapotranspiración, ayudando a mantener las lluvias y el equilibrio climático de la región.
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