
En octubre de 1984, 2.100 voluntarios se congregaron en la costa de Oregón para retirar 26 toneladas de residuos en una jornada, marcando la primera gran limpieza de playas con un enfoque científico y ambiental. Esta iniciativa, encabezada por mujeres y destinada a exponer la responsabilidad empresarial en la contaminación por plásticos, sentó las bases de un movimiento internacional que, cuatro décadas después, enfrenta el reto de no renunciar a su objetivo fundacional: exigir cuentas a los principales productores de plásticos.
Así lo explica The Conversation, en un análisis de la historiadora Elsa Devienne, Assistant Professor in History, Northumbria University, Newcastle, que resalta cómo la evolución de las campañas desplazó la responsabilidad desde las empresas hacia los consumidores.
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La acción de Oregón fue posible gracias a Judie Neilson, quien, como empleada del Departamento de Pesca y Vida Silvestre de Oregón y experimentada voluntaria ambiental, quedó impactada por los daños que los plásticos producen en la fauna marina, especialmente después de conocer el fallecimiento de un oso pardo en Alaska con 13 vasos plásticos en el estómago. “No sabía que los animales tenían apetito por el poliestireno”, afirmó Neilson, según recoge The Conversation.
Convencida de que la limpieza debía tener un impacto más profundo, ideó una estrategia colectiva que combinó el retiro de residuos con la recopilación sistemática de datos sobre el tipo y origen de los desechos.
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El balance fue contundente: el 60% de los residuos correspondía a poliestireno expandido. Además, la recopilación de 1.600 cuestionarios permitió identificar patrones claros de contaminación. El éxito del operativo atrajo la atención de los medios y motivó el surgimiento de eventos similares como “Debris-A-Thons” en Nueva Jersey, “Beach Sweeps” en Carolina del Norte y “Get the Trash Out of the Splash” en Alabama a lo largo de 1985.

La expansión internacional y el cambio de enfoque
En 1986, el movimiento alcanzó escala nacional con la primera “Coastal Cleanup” en la costa de Texas, organizada por Ocean Conservancy y liderada por la bióloga marina Kathy O’Hara junto a Linda Maraniss. O’Hara, quien elaboraba un informe técnico para la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, detectó que los plásticos eran el principal residuo marino. Maraniss, recién llegada al estado, expresó su sorpresa al ver la situación de la costa de Padre Island: “Esto no es una playa, es un vertedero”.
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Inspiradas por Neilson, organizaron una limpieza estatal el 20 de septiembre de 1986, con el objetivo de reunir datos precisos sobre qué tipos de plásticos existen, su procedencia, efectos y responsables, según el informe de O’Hara citado por The Conversation.
Los resultados refutaron la creencia de que la contaminación era exclusiva de los visitantes de la playa. Entre los residuos predominaban productos vinculados a la industria pesquera, petrolera, náutica y de cruceros, como bolsas de sal para pesca, cascos de seguridad y redes, revelando que la mayor parte de los desechos tenía origen industrial y que el vertido desde embarcaciones y plataformas petroleras era una práctica frecuente.
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Durante la década de los 90, las limpiezas se consolidaron de forma internacional. El Día Internacional de Limpieza Costera, promovido por Ocean Conservancy, llegó a involucrar a casi todos los estados de Estados Unidos y a 12 países. Uno de los logros clave fue la prohibición de los vertidos plásticos al océano.
Sin embargo, el problema persistía. En la década de 2000, la estrategia de Ocean Conservancy cambió: las limpiezas se centraron entonces en residuos de origen terrestre —principalmente productos de consumo como botellas y bolsas plásticas—, lo cual dificultó la atribución directa de la responsabilidad, ya que dejaron de clasificar los residuos por material y empezaron a asociarlos a actividades humanas, como el ocio en la playa.
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Este giro metodológico modificó de forma significativa la narrativa: al dejar de responsabilizar a las empresas y enfocarse en los consumidores, los informes de limpieza diluyeron el enfoque original. El término “plástico” prácticamente desapareció de los reportes y la culpa recayó en “las personas” o “nosotros”, documenta The Conversation. Así, la atención pasó de exigir cuentas a la industria a responsabilizar al individuo.

El presente: auditorías de marcas y el regreso a la responsabilidad empresarial
Actualmente, Ocean Conservancy mantiene el Día Internacional de Limpieza Costera, que celebra su 40º edición, y retomó la clasificación de residuos según el material. Al mismo tiempo, organizaciones como Break Free From Plastic impulsan nuevas estrategias como las “auditorías de marcas”, que utilizan la ciencia ciudadana para identificar las empresas responsables de los residuos más frecuentes. En el último informe, los voluntarios identificaron 31.564 botellas de Coca-Cola, situando a The Coca-Cola Company y Pepsico entre las compañías más implicadas en la contaminación.
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Estos datos recientes reactivaron el debate en torno a la responsabilidad empresarial en la crisis de los plásticos. Diversos representantes del movimiento ambientalista insisten en la necesidad de recuperar el enfoque original de las limpiezas costeras: exigir a los fabricantes de plásticos una implicación real en la solución.
Mientras la producción mundial de plásticos continúa en ascenso, las limpiezas de playas resultan insuficientes para revertir la crisis. Como en los orígenes del movimiento, la clave yace en que los organizadores de estas acciones recuperen la exigencia hacia las industrias responsables y fomenten la eliminación de los plásticos de un solo uso que resultan innecesarios para el entorno.
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