
John Sidney McCain III tuvo un solo empleador a lo largo de su icónica y tempestuosa carrera: los Estados Unidos de América.
Fue una tradición familiar. McCain era un descendiente directo, afirmó, de un capitán del ejército de George Washington durante la Guerra Revolucionaria.
Y al igual que su padre y su abuelo antes que él, cada almirante de cuatro estrellas llamado John McCain vivió al servicio de su país: primero como piloto de combate de la Armada de estados Unidos, y luego como legislador, hasta su muerte el sábado a los 81 años, tras haber sido diagnosticado con un cáncer cerebral en el verano boreal de 2017.
McCain también podría haberse convertido en almirante si un misil tierra-aire de fabricación soviética no hubiera acortado su trayectoria militar el 26 de octubre de 1967. El día de su 23ª misión sobre Vietnam, su A-4 Skyhawk fue derribado mientras volaba sobre Hanoi.
McCain se lanzó en paracaídas y cayó en un pequeño lago del centro de la ciudad, donde casi fue linchado por una multitud furiosa.

Sus dos brazos y su rodilla derecha estaban deshechos. Mientras su padre comandaba a todas las fuerzas estadounidenses en el Pacífico, él permaneció prisionero de guerra por más de cinco años.
Fue liberado en 1973, después de los Acuerdos de Paz de París, pero las consecuencias físicas de sus fracturas y las torturas sufridas en prisión le costarían su carrera de piloto.
"Por alguna razón no era mi momento entonces, pero sí creo fue que por eso que estaba destinado a hacer algo", dijo en una entrevista en 1989.
Después de algunos años como enlace entre el Senado y la Marina, McCain se mudó a Arizona, el estado natal de su segunda esposa, y ganó un asiento en la Cámara de Representantes en 1982.
Sus ambiciones crecieron y se elevó rápidamente al Senado, el cuerpo político más poderoso del país.
El Senado se convirtió en su segundo hogar durante 30 años. McCain cultivó durante mucho tiempo la imagen de un republicano inconformista, desafiando a su partido en varios temas, incluida la inmigración.
"Sobrevivir a mi encarcelamiento fortaleció mi autoconfianza, y mi negativa a una liberación anticipada me enseñó a confiar en mi propio juicio", escribió en su libro de memorias de 1999 "Faith of My Fathers".
Fue este poco ortodoxo y desenfrenado McCain, desdeñoso de la autoridad y en ocasiones arrogante, que se decidió a disputar las primarias republicanas para las elecciones de 2000.
Presentándose como un político de "habla franca", ofreció a los estadounidenses una visión de derecha moderada, mientras mantenía a distancia a los conservadores cristianos a los que su oponente George W. Bush había seducido.
No pudo vencer, pero solidificó su estatura y logró finalmente tomar la antorcha republicana del impopular presidente Bush. En 2008, hizo las paces con el aparato del partido y ganó la nominación presidencial.

Con la Casa Blanca a su alcance, llevó a cabo una maniobra que le terminaría costando caro. Muchos de sus asociados nunca le perdonarán haber elegido como compañera de fórmula a una casi desconocida, la gobernadora de Alaska Sarah Palin.
La decisión ayudó a marcar el comienzo de la revolución popular del Tea Party y el surgimiento de un populismo que más tarde personificó Donald Trump.
Con ese panorama, el demócrata Barack Obama lo derrotó fácilmente en las elecciones.
Ahora dos veces derrotado, McCain comenzó a hacer bromas sobre cómo logró dormir como un bebé: "Duerme dos horas, despierta y llora, duerme dos horas, despierta y llora".

John McCain tenía un contacto asiduo con los periodistas en los corredores del Congreso. A veces se mostraba lapidario y agresivo: "su pregunta es idiota", le lanzó en una ocasión a un reportero. Otras veces practicaba el sarcasmo y el autodesprecio: "no soy muy inteligente".
También podía ser volcánico, especialmente en las causas que le eran caras: las fuerzas armadas, el excepcionalismo estadounidense y, en sus últimos años, la amenaza representada por el presidente ruso Vladimir Putin, a quien calificó de "asesino" y "matón".
Sus adversarios republicanos a menudo se burlaban de sus reflejos intervencionistas, y decían que nunca podía decir no a una guerra.
Hasta el final, McCain siguió siendo ese hijo de los años 50 que creía que los valores de Estados Unidos debían ser compartidos por todo el mundo y solía viajar de un lado a otro, de Bagdad a Kabul, de Taipei a Kiev, donde era recibido más como un jefe de estado que como un legislador.

Sus opiniones sobre Siria o Rusia eran, sin duda, escuchadas, pero McCain era en realidad un general sin ejército.
La elección de Donald Trump significó una derrota para los ideales de este político a quien aterrorizaba el discurso nacionalista y proteccionista del magnate, al igual que su coqueteo con Putin o su desprecio por las normas del comportamiento presidencial.
McCain se propuso permanecer en el Senado hasta el final, tal vez para emular a su abuelo, muerto unos pocos días después de que entregara su uniforme tras la capitulación de Japón.
Pero el cáncer le ganó la partida. Desde diciembre pasado no salía de su casa, donde recibió, lejos de las cámaras y de los focos, a sus allegados y a sus viejos compañeros del Senado que acudieron a despedirlo. El jueves 24 su familia comunicó que John McCain había decidido abandonar todo tratamiento.
Quería, según estampó en sus memorias publicadas en mayo, ser enterrado en Maryland, cerca de uno de sus camaradas militares, Chuck Larson. Una manera de ser, para siempre, un soldado.
Con información de AFP
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