La conjura contra América
La conjura contra América

¿A qué historia de los Estados Unidos hacía referencia Philip Roth cuando en 2004 publicó La conjura contra América? Escrita en los años en que desde la verdadera Casa Blanca el presidente George W. Bush (“incapaz para regentear una ferretería”, según Roth) le aseguraba al pueblo estadounidense que nadie podría retomar su existencia con tranquilidad hasta que no se concluyeran las operaciones militares desatadas sobre Irak y Afganistán luego del ataque terrorista a las Torres Gemelas en Nueva York, la pregunta inquietó la imaginación de críticos literarios y lectores, pero también de historiadores y políticos.

¿La cuna de la democracia en el continente americano podría quedar en las manos de los peores demagogos y fascistas? ¿Es tanto lo que realmente hace falta para que la libertad elija transformarse por su propia voluntad en autoritarismo? Y en ese caso, ¿quiénes serían y cómo podrían actuar los buenos ciudadanos? Dieciséis años después de la publicación de La conjura contra América, y con una figura como Donald Trump entre el fantasma de la destitución y el salto hacia su segunda presidencia, el encargado de reabrir estas preguntas es una de las mejores mentes en Hollywood, el guionista y productor televisivo David Simon. El elenco de la serie, según se acaba de anunciar, está integrado por Winona Ryder, Morgan Spector, Anthony Boyle, Azhy Robertson, Caleb Malis, John Turturro y Ben Cole.

Pero para conocer lo que podrá verse en las pantallas el 17 de marzo por HBO, cuando se estrene la miniserie, nada mejor que un recorrido rápido por las páginas de la novela. En esencia, La conjura contra América cuenta cuál habría sido el papel de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial si un hipotético candidato con simpatía por Adolf Hitler como Charles Lindbergh, reconocido héroe nacional en su país y padre de la aviación moderna por cruzar por primera vez el océano Atlántico en el mítico Spirit of Saint Louis, hubiera llegado a la presidencia en 1940 en lugar de Franklin D. Roosevelt, quien lo era desde 1933 y se mantuvo en ese cargo hasta su muerte natural al final de su tercera presidencia, en 1945.

Philip Roth
Philip Roth

Desde el lado de la realidad, la oportunidad para que una ucronía de esa magnitud se concretara tenía buenas bases. Para empezar, Lindbergh no era el prototípico nazi entregado a la doctrina del nacionalsocialismo alemán sino un self-made man del capitalismo estadounidense, y según el propio Roth, una de las personalidades internacionales más famosas del siglo. Lo cierto es que en 1940, tras su regreso a los Estados Unidos cuando la Segunda Guerra iniciaba su marcha sobre Europa, donde había pasado cuatro años con su familia a raíz del terrible secuestro y asesinato de uno de sus hijos en 1932 (una de las grandes historias criminales de la época, concluida luego de un gigantesco impacto público y mediático con la condena a muerte del culpable en 1936), algunos aislacionistas republicanos quisieron llevar a Lindbergh a la presidencia.

Los vínculos del “as de la aviación” con la Luftwaffe de Hermann Göring fueron suficientes para desacreditar su carrera política, pero desde el lado de la ficción, con un mundo todavía al borde del desastre y la memoria de la Primera Guerra Mundial, en La conjura contra América el llamado para mantener a los Estados Unidos lejos de la batalla contra los nazis funciona: “Voten por Lindbergh o voten por la guerra”. En términos políticos, lo curioso es que la resonancia histórica del Lindbergh que Roth imagina en su novela tiene ahora más asidero que el que tuvo en 2004 a pesar de sus críticas directas a George W. Bush.

Como lo hizo Trump en 2016, en La conjura contra América el ganador de las elecciones presidenciales se presenta como un republicano extra partidario y con un discurso populista de derecha que invoca un principio de protección nacional descuidado por la vieja clase dirigente del país. “Inquebrantable individualista y confiando exclusivamente en sí mismo”, escribe Roth en su novela, el legendario Lindbergh promete así hacerse cargo de una democracia que desde los años de la Gran Depresión le niega al pueblo trabajador la atención que se merece.

La conjura contra América
La conjura contra América

Pero Lindbergh no es solo un demagogo y un populista (aunque, como señala el economista francés Thomas Piketty, “populista” suele ser también un comodín de las élites para descalificar movimientos políticos sobre los que no logran ejercer suficiente poder), sino que empieza a mostrar signos de ser un supremacista blanco con inclinaciones antisemitas. En este punto, las similitudes con Trump se terminan, ya que a través de agresiones aisladas y persecuciones contra los judíos hechas en nombre del presidente, aunque nunca reconocidas por él, el gobierno provoca un conflicto que el libro muestra desde la perspectiva de una familia judía de clase media de Nueva York, los Roth, basada en la infancia del autor.

“Mi talento no consiste en organizar sucesos a una escala orwelliana”, explicó en su momento Roth a partir de una referencia a 1984, la célebre ucronía de George Orwell, sino “imaginar algo que pudiera haber ocurrido en una época en la que el país estaba crispado y dividido entre los republicanos aislacionistas que, no sin motivos, se resistían a participar en la guerra, y los demócratas intervencionistas que creían que había que parar a Hitler”. Narrado por Philip, el menor de la familia, en La conjura contra América el impacto de la gran política nacional e internacional llega desde la Casa Blanca hasta lo profundo de la vida cotidiana en distintas oleadas. Sin ir más lejos, uno de los primeros en entusiasmarse con el movimiento juvenil del presidente Lindbergh (que promueve entre los adolescentes viajes a las granjas del Medio Oeste para aprender a trabajar el campo) es Sandy, su hermano mayor, al que Philip admira.

"La conjura contra América", de Philip Roth

Como la familia Lyons en la serie Years and Years, donde ficción y realidad se mezclan en una sintonía parecida, esta dinámica también sirve para salpicar con un poco de humor lo que podría parecer nada más que una oscura historia de paranoia y terror. Para Sandy, por ejemplo, la fascinación con el vitalismo nacionalista de Lindbergh se termina cuando, como cuenta Philip, “este lindberghiano cultivador de tabaco judío descubre los pechos femeninos y, de repente, se vuelve como cualquier otro adolescente”. ¿El nazismo y otras formas de autoritarismo, xenofobia y megalomanía extrema, desliza entonces Roth, es algo que solo atrapa a las mentes infantiles y a quienes carecen de una vida sexual?

Aunque la nueva versión de La conjura contra América creada por el padre de series con una inteligentísima mirada sobre la política y la sociedad como The Wire y Show Me A Hero todavía no se estrenó, David Simon adelantó que el eje de la adaptación de la novela de Philip Roth, con quien trabajó hasta poco antes de su muerte, está en el modo en que la demagogia alcanza el poder con promesas hechas en los términos más simples posibles y la demonización del otro. Sin embargo, confundir a Charles Lindbergh con Donald Trump sería un error al que Roth se opuso desde el principio. “Lindbergh fue un héroe sobresaliente y un ícono americano, tuvo el poder que Trump como presentador de un reality show y empresario de casinos nunca tuvo. Y aún así, pudo capitalizar lo que tenía”, le advirtió el escritor.

La conjura contra América
La conjura contra América

Otro tema en suspenso es el final, ya que según Simon la serie tenía que lograr un desenlace distinto al de la novela. Y aunque el ganador del Premio Pulitzer le transmitió su libertad de acción (“ahora es tu problema”, fueron las palabras de Roth), tal vez resulte útil entender, sin llegar a los spoilers, el núcleo de la historia original. En La conjura contra América, el nuevo presidente no solo busca apoyo de los judíos a pesar de su antisemitismo, sino que la Primera Dama tiene como asesor espiritual a Lionel Bengelsdorf, un reconocido rabino. Entonces, ¿es “mantener la fe en la certeza de la tribulación judía”, como dice Sandy, parte de la identidad judía?

Como señala Philip Roth en ¿Por qué escribir? como si hubiera previsto que la discriminación y la xenofobia en los Estados Unidos estaba lejos de desaparecer o limitarse al antisemitismo, “es la humillación de la exclusión lo que ayuda a desgarrar y casi destrozar a la familia Roth. ¿Qué significa ser un hombre, una mujer, un niño en tales circunstancias y no ser humillado? ¿Cómo seguir siendo fuerte cuando uno no es bienvenido? ¿Cómo escapar a la desfiguración? Eso es lo que quiero investigar”.


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