Philip Roth
Philip Roth

A un año de la muerte de Philip Roth (1933-2018), después de que los últimos detalles sobre su vida íntima se transformaran en un inesperado éxito literario y que su departamento en el Upper West Side de Manhattan se convirtiera en la versión grotesca de un museo en el cual espiar las pantuflas y el Pulitzer que ganó por Pastoral americana (1997), lo que ha perdurado sin interferencias son las pruebas de su talento como escritor. ¿Y acaso podría haber sido de otra manera? En las palabras de despedida que le dedicó su amigo rumano Norman Manea, a quien conoció de viaje por los países del este de Europa durante la existencia de la Unión Soviética, el de Roth era ese tipo de talento que se sostenía bajo el credo de que nada, sin importar la circunstancia, debería impedir el ejercicio libre la libertad creativa y la libertad personal fundamental "que desafía y supera a los archienemigos de la creatividad".

Editado en ocasión del primer aniversario de su muerte, ¿Por qué escribir? Ensayos, entrevistas y discursos (1960-2013) es una de las llaves más oportunas para ingresar a este universo intelectual. Pero la apuesta, esta vez, no es volver a las novelas y los cuentos que lo hicieron famoso, sino recuperar a través del tiempo y el espacio la voz más personal de quien escribió esos 31 libros que, hacia el final de su vida, cuando se dedicó a releerlos, llevaron a Roth a concluir que, como Joe Louis al retirarse de los cuadriláteros, "lo había hecho lo mejor que había podido con lo que tenía".

Un nuevo libro reúne ensayos, entrevistas y discursos de Roth
Un nuevo libro reúne ensayos, entrevistas y discursos de Roth

Marcado desde el inicio por el éxito crítico y comercial, Roth dio por iniciada su carrera literaria en 1959 y por terminada de manera oficial en 2010, cuando "el horror de estar encerrado para escribir" había perdido la gracia. A partir de entonces, sólo le restó "no tener que preocuparme más que de la muerte". Pero ese tono sereno que le dio a la versión pública de su vejez no es el que respiran sus ficciones, ni es el que tiñe la atmósfera de estas páginas cuando es el propio Philip Roth, por encima de los personajes de su imaginación y en pleno apogeo de sus fuerzas, quien toma la palabra para indagar el mundo.

Sin duda, uno de los pilares de esa indagación está en lo que Manea recuerda como el intento de "sacarse gota a gota al agradable chico judío", asunto que al traducirse en una larga batalla contra los estereotipos de la identidad judía provocó innumerables demandas de explicaciones (a veces enojadas) desde la publicación de su primer libro, Goodbye, Columbus. Tal como lo explicó a lo largo de muchas conferencias y entrevistas, y aun cuando el Consejo Rabínico de Norteamérica se sumó a una poderosa oleada de acusaciones en su contra por antisemitismo y "odio a sí mismo" a principios de los años sesenta, escribir sobre los judíos significó para Roth el punto de apoyo para desentrañar no sólo su experiencia como alguien salido de una familia judía tradicional de Nueva Jersey, sino para entender la escritura como algo distinto "al intento de garantizar la corrección de nuestros sentimientos".

¿Cómo retratar los dramas reales del sexo, cómo explorar los oscuros conflictos de la culpa, cómo atravesar la superficialidad de las apariencias, si los intereses de la ficción se confunden con los intereses de un estadista o los de una empresa de relaciones públicas? Tal como escribe en La mancha humana (2000), la verdad acerca de nosotros es interminable. Al reducirse al ángulo inevitablemente obtuso de la aprobación y la desaprobación, como repite Roth al escribir sobre su literatura o al conversar en Italia con autores como Primo Levi, el mundo de la ficción resulta incapaz de liberar al escritor (y en consecuencia al lector) de las restricciones a las que la sociedad somete el sentimiento.

¿Por qué no avanzar entonces contra ese "encantador punto de vista judío" que, según un joven Roth, convertía a la identidad judía típica en un cliché de inocencias, miedos y victimismos? ¿Y si a pesar de las tragedias y las persecuciones religiosas los judíos que él imaginaba estaban tan capacitados para abandonarse a los raptos de ira como para obedecer a la razón? ¿Y si el hecho de reconocer prestigio de una buena posición social no les impedía estar dispuestos a perderlo todo por una amante "gentil"? Para entender la obsesión sexual que muchos señalan con insistencia en la obra de Roth, antes hay que entender la obsesión de esa misma obra por el significado del judaísmo, en especial a partir de la segunda mitad del siglo XX. En Zuckerman encadenado (1985), su alter ego Nathan Zuckerman sintetiza el conflicto al registrar lo que alguien comenta en Judea: "Lo que Hitler no consiguió con Auschwitz se lo están haciendo a sí mismos los judíos estadounidenses en sus dormitorios".

Sin miedo a la discusión, en 1963, en el ensayo "Escribir sobre los judíos", Roth fija su posición con absoluta claridad: "Si hay judíos que han empezado a encontrar los relatos de los novelistas más provocativos y pertinentes que los sermones de algunos de los rabinos, tal vez se deba a que hay regiones del sentimiento y de la conciencia a los que no es posible llegar mediante la oratoria de la propia alabanza y la autocompasión". Por otro lado, aunque la religión le sirvió como un gran dínamo con el cual escapar de las trampas más asfixiantes de la identidad, fue su propia figura pública, convertida durante la cima de su éxito en material colorido para la prensa amarilla neoyorquina, la que lo metió en otros problemas.

(AFP)
(AFP)

Publicada en 1969, la novela El mal de Portnoy (Originalmente traducida al español como El lamento de Portnoy), "el trastorno en el que los impulsos altruistas y morales se experimentan con mucha intensidad, pero se hallan en perpetua guerra con el deseo sexual más extremado y, en ocasiones, perverso", se convirtió en uno de los libros más vendidos y discutidos de la época, y al mismo tiempo encendió rumores sobre los supuestos desequilibrios mentales y los romances imaginarios de Roth (que incluían a Barbra Streisand). Perturbado, decidió retirarse de la ciudad para seguir escribiendo mientras reflexionaba acerca de una de las dificultades más perdurables de la literatura moderna: ¿por qué muchos lectores reciben una novela en forma de confesión como una confesión en forma de novela?

Philip Roth: “La misoginia, el odio a las mujeres, no proporciona a mi obra ni una estructura, ni un sentido, ni un motivo, ni un mensaje, ni una convicción, ni una perspectiva, ni una guía”
Philip Roth: “La misoginia, el odio a las mujeres, no proporciona a mi obra ni una estructura, ni un sentido, ni un motivo, ni un mensaje, ni una convicción, ni una perspectiva, ni una guía”

Las inconveniencias de trasladar de manera permanente una parte de la vida a la literatura significaron el deber de repetir hasta el final de su vida que, como en cierta ocasión escribió Gustave Flaubert, la poesía es tan exacta como la geometría. Este asunto, de hecho, le valió a Roth una exótica polémica con Wikipedia, la enciclopedia virtual a la que en 2012 le escribió una larga carta para que se rectificaran varios errores sobre el origen de sus novelas. "A partir de cierto punto de nuestros cálculos", cita Roth al gran novelista francés de Madame Bovary, "no nos equivocamos en las cuestiones del alma. Mi pobre Bovary, sin duda, está sufriendo y llorando en veinte pueblos de Francia en este mismo momento".

Retirado ya de la escritura, Roth dedicó varios de sus últimos textos a aclarar otra acusación recurrente en su contra: la misoginia. En una entrevista para un diario sueco, sintetiza el asunto: "La misoginia, el odio a las mujeres, no proporciona a mi obra ni una estructura, ni un sentido, ni un motivo, ni un mensaje, ni una convicción, ni una perspectiva, ni una guía". Dispuesto a asegurar que sus historias, de hecho, nunca se habían centrado "en el poder masculino rampante y victorioso, sino más bien en su antítesis: el poder masculino frustrado", sostuvo también que la suya fue una generación sacrificada en pos de "luchar por un asidero en la patria erótica" que solo alcanzaría a disfrutar con plena libertad la generación siguiente.

¿Habrá sido por culpa de "aquellos para quienes cualquier forma artística es sospechosa si no refuerza el dogma del momento sobre el vasto dominio de lo erótico", como le dice Roth a un periodista, que a pesar de los premios y honores recibidos en su país no pudo alcanzar el Premio Nobel? Cuatro años antes de morir, con el brillo intacto de su ironía en pie, Roth dijo: "Me gustaría saber si me habría ganado el favor de la Academia Sueca si en lugar de titular El mal de Portnoy lo hubiese titulado El orgasmo bajo el capitalismo rapaz".

 

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