Charles Lindbergh y su hijo Charles Augustus junior
Charles Lindbergh y su hijo Charles Augustus junior

Primer día de marzo de 1932. Ya es noche en New Jersey. A los ocho y media, la nursery de la familia, Betty Gow, sube a la planta alta de la casa del matrimonio Lindbergh, en Anwell, zona este del Estado. Lleva en brazos a Charles Augustus junior, bebé de a apenas veinte meses. Lo envuelve con una manta, la ata con dos anchas cintas para que no se mueva durante el sueño, y lo pone en su cuna.

A esa hora, Charles Augustus Lindbergh, su célebre padre, está en la biblioteca, leyendo (sin duda) algún tratado sobre aviones: su pasión, y la razón de su vida y su fama…

Una hora más tarde, a las nueve y media, oye un ruido, un crujido de maderas, y supone que se debe a la rotura y caída de los listones de una caja con naranjas que hay en la cocina. No le da importancia, y sigue leyendo.
Pero media hora después, la nursery vuelve al cuarto del bebé… ¡y descubre que no está en su cuna! Se inquieta y le pregunta a la madre, que acaba de salir del baño, si el bebé está con ella. Pero no está… y la alarma se adueña de la casa.

Lindbergh deja de leer (la biblioteca está debajo del cuarto del bebé), sube, comprueba que la cuna está vacía, lo busca por cada rincón…, y al volver al cuarto descubre un sobre blanco en el alféizar de la ventana.

Abierto el sobre, aparece un papel de tosca caligrafía y peor inglés, con faltas que un par de filólogos atribuyen a un alemán, pero muy claro en el monto: el secuestrador exige 50 mil dólares en certificados de oro: un bono que en esos años equivalía a esa cantidad en reemplazo y con respaldo del más precioso de los metales.

La desaparición del bebé desata un huracán americano. No sólo por el destino del pequeño: también por la celebridad del padre, el ingeniero y piloto–héroe que en 1927 se convierte en el primero del mundo en cruzar, solitario y en un monoplano de un único motor llamado Spirit of St. Louis… el Océano Atlántico ¡sin escalas! entre New York y París, y gana los 25 mil dólares ofrecidos por Raymond Orteig, filántropo francés nacionalizado norteamericano.

La búsqueda, febril, moviliza a media nación. Desde el presidente Herbert Hoover… hasta el capomafia Al Capone, que ofrece sus servicios… ¡desde la cárcel! Nada extraño: no hay en el país un mayor experto en el hampa…
Se busca al bebé por aire, agua y tierra. Su padre exige encabezar la investigación. No tiene experiencia para ello, pero… ¿quién se atreve a enfrentar a un hombre desesperado por su hijo, y además un ícono nacional?

La búsqueda, febril, moviliza a media nación. Desde el presidente Herbert Hoover… hasta el capomafia Al Capone, que ofrece sus servicios… ¡desde la cárcel!

Pescando en el río revuelto del oportunismo, aparece un excéntrico profesor jubilado, Joseph Condon, que publica en un diario un mensaje: "Ofrezco a los secuestradores la suma de mil dólares si entregan al niño bajo secreto de confesión".

Sorpresa increíble: Condon recibe una carta de ellos –o él– firmada con el nombre del presunto culpable. Algo muy raro…: ¿qué criminal firma sus fechorías? Pero Lindbergh, perdido por perdido, pone el caso en manos de Condon… y comienza una extraña y más que sospechosa historia.

Según el extraño mediador, "me reuní en un cementerio con un secuestrador que usa el alias 'John', me contó que es un marinero escandinavo, que la banda la forman tres hombres y dos mujeres, y que el niño está bien, escondido en un barco".

Para demostrar que realmente lo tenían, le mandan a Condon… ¡un pijama del bebé! El padre reconoce la prenda, autoriza a Condon a pagar el rescate, y éste lo hace en el mismo cementerio del primer encuentro. Pero los 50 mil dólares no son billetes, papel moneda. Son certificados de oro, que en ese momento significan lo mismo. Con una trampa: a esa serie de certificados les queda sólo un año de vida. Deben ser canjeados antes de ese plazo… y todos están numerados: método infalible –o casi…– para rastrear su periplo hasta el origen e identificar a los culpables.

El aviador y explorador Charles Lindbergh
El aviador y explorador Charles Lindbergh

El supuesto 'John' los acepta sin discutir… pero no devuelve al bebé. El tiempo transcurre sin novedad. Y más de dos meses después, el 12 de mayo, un camionero que baja de su cabina para orinar… ¡encuentra el cadáver!

Está a medio enterrar en un bosque, a siete kilómetros de la casa de los Lindbergh, y en pésimo estado: apenas reconocible. Dato clave: fue asesinado muy poco después del rapto. Quizá esa misma noche…

Al dolor se suman una muerte y un grotesco espectáculo. La policía acusa a una criada de los suegros de Lindbergh que nada tiene que ver con el caso. Pero, aterrada, se suicida tomando un corrosivo líquido usado para limpiar la platería. En cuanto a Condon, encumbrado por su notoriedad, arma un macabro espectáculo teatral basado sobre el secuestro, y vende a varios diarios su versión de los contactos con los secuestradores. Y entre tanto delirio, circula el mayor: el mismo Lindbergh habría hecho desaparecer a su hijo para ocultar un defecto físico, con intención de mandarlo a Alemania…, pero algo falló.

La tragedia se convierte en una comedia de equivocaciones, oportunismo y fantasías de folletín. Pero la policía trabaja en silencio, sin desmayo, noche y día, rastreando todos los certificados de oro que se canjean en los bancos…, hasta que aparece uno con un número de patente de auto escrito a lápiz. Esa pista lleva hasta una gasolinera, y su dueño dice que anotó ese número porque el cliente "me pareció sospechoso".

La tragedia se convierte en una comedia de equivocaciones, oportunismo y fantasías de folletín

Consultar la patente del Dodge sedán azul oscuro, llegar a la casa 1279 de la calle 222 y detener a su morador es un simple y rápido trámite que aplaca la paranoia del país desde la desaparición y asesinato del bebé Lindbergh.
Se trata de Richard Hauptmann, alemán, carpintero, inmigrante ilegal, y con antecedentes penales. En el garaje, la policía encuentra 14 mil dólares de los 50 mil del rescate, la dirección y el teléfono de Condon (el mediador), un croquis para construir la escalera de madera que estaba debajo de la ventana del cuarto del bebé, y planchas de la misma madera. Además, y aunque antes declaró que no había visto la cara del tal 'John' en el cementerio…, lo reconoció (¿?).

Pero no es la única duda ni la única falla del proceso. El forense apenas revisa el maltrecho cuerpo del bebé (le faltan miembros y tiene un agujero en el cráneo), ni siquiera determina su sexo, pero firma el certificado con total desaprensión: "Se trata de Charles Augustus Lindbergh Jr, y murió hace dos meses posiblemente a causa de un golpe en la cabeza". Caso cerrado… sin autopsia.

Contra todo y todos, Hauptmann se declara inocente. Jura que los dólares hallados en su garaje son de un compatriota: un mercader judío llamado Isidor Fisch, que se los confió, y murió durante un viaje a Alemania. Y su mujer asegura que el día del secuestro su marido estaba con ella. Contradicción que alienta a la prensa para alargar el suspenso… y las ventas.

El hijo de Charles Lindbergh, antes de ser secuestrado
El hijo de Charles Lindbergh, antes de ser secuestrado

Sale a la luz la historia de Bruno Richard Hauptmann Giugni, nacido en Sajonia el 26 de noviembre de 1899. Soldado artillero del ejército alemán en la guerra del 14. Herido en combate e intoxicado con gas venenoso. Terminada la guerra no encuentra trabajo como carpintero y empieza a robar junto con otro veterano: tres casas desvalijadas y dos mujeres asaltadas a punta de revólver. Condena a cinco años de cárcel. Cumple cuatro. Intenta entrar a los Estados Unidos como polizón del buque SS George Washington. Devuelto a Alemania, fracasa en un segundo intento. Pero la tercera es la vencida: disfrazado y con documento de identidad robado entra al país en el mismo buque… Trabaja como lavaplatos, obrero, carpintero en una empresa, y en 1924 se casa con la inmigrante alemana Anna Schoffler. Viven en un barrio bajo del Bronx. Tienen un hijo. No vuelve al delito hasta la Gran Depresión de los años 30, cuando pierde el empleo y –se supone– secuestra al bebé Lindbergh. Pero todavía no hay pruebas de ello.

Empieza el proceso, que la prensa titula "El juicio del siglo", y Hauptmann se convierte en "el hombre más odiado del mundo". Sucede en el tribunal de Flemington, New Jersey, a partir del 2 de enero de 1935, y termina el 13 de febrero del mismo año. A Hauptmann lo defiende el abogado –con fama de garantista– Edward Reilly. Pero las pruebas que exhibe el muy sagaz fiscal David Wilentz pesan demasiado: además de los dólares en el garaje, la escalera usada para bajar al bebé Lindbergh está hecha con la misma madera que el acusado tiene en su casa… y con las mismas herramientas. La escalera tiene un peldaño roto. Según el fiscal, "al bajar Hauptmann al niño secuestrado, el peldaño no resistió el peso, y el golpe en la cabeza contra un suelo muy duro lo mató en el acto".

Charles Lindbergh y su esposa
Charles Lindbergh y su esposa

Si realmente fue así, la carátula podía cambiar a "Secuestro con muerte no intencional". Pero la presión del público y la prensa, la ola de odio contra Hauptmann, y la muerte de un bebé de 20 meses que lleva el mismo nombre y apellido de un Superman humano, un titán del aire, se conjugan para que el carpintero alemán se fría en la silla eléctrica…

En principio, la batalla se libra en dos frentes: "secuestro y homicidio en primer grado", contra la figura "pruebas circunstanciales", y un acusado que sigue proclamando inocencia…Sin embargo, contra toda duda –incluso las del gobernador local Harold Hoffman– el fallo lo condena a muerte. La ejecución se fija para el 3 de abril de 1936. Como última comida, Hauptmann pide apio, aceitunas, pollo, papas fritas, manteca y pastel de cerezas. Al acto final asisten cincuenta invitados. La palanca baja a las ocho y media de la noche, y el condenado es declarado muerto dieciséis minutos después. Paredes afuera, unas dos mil personas celebran el final "del reptil más asqueroso que haya reptado sobre la tierra": frase del fiscal…

Ese día, Los padres del bebé Lindbergh estaban en Inglaterra. El cuerpo de Hauptmann fue incinerado. Pero muchos años después, contra viento, marea y pruebas de apariencia irrefutable, J. Edgar Hoover, el eterno, temible y mítico jefe supremo del FBI… cuestionó duramente la investigación, el juicio y el fallo. Al parecer, el número de teléfono de Condon encontrado en un armario de la casa de los Hauptmann… fue escrito por un periodista. Uno de los testigos que dijo ver al acusado entrar esa noche a la casa de los Lindbergh… era ciego. Siempre se sospechó de que la escalera fue plantada por la policía, que también habría amenazado a varios testigos para que cambiaran su versión, y manipulado las tarjetas de asistencia al trabajo de Hauptmann, ya que muchos de sus compañeros declararon que el día del secuestro estaba con ellos.

El avión con el que Lindbergh aterrizó en París tras volar desde Nueva York
El avión con el que Lindbergh aterrizó en París tras volar desde Nueva York

En cuanto a Lindbergh padre, héroe nacional del cruce del Atlántico, en 1939 eclipsó su prestigio y estuvo a punto de ser declarado enemigo público de los Estados Unidos.

Believe it or not…, recorrió el país desplegando conferencias contra la guerra, propuso y defendió el aislacionismo norteamericano ante la sangre que empezaba a derramarse en Europa, y se declaró fervoroso partidario de Hitler, sus planes bélicos y el diabólico programa de partos selectivos: sólo debían vivir los que nacían sanos. Repudiado por el público y el gobierno, renunció a sus cargos de planificador y asesor de vuelos comerciales. Tan detestable fue su posición, que el gran escritor Philip Roth, en su novela La conjura contra América, narra cómo un antisemita y prohitleriano llega a la presidencia del país venciendo en las elecciones de 1940 a… ¡Franklin Delano Roosevelt!

Su redención sucedió a mediados de la Segunda Guerra: colaboró con las empresas fabricantes de aviones, y como piloto cumplió varias misiones sobre Europa y el Pacífico al servicio de su patria. Ganó nueve medallas: entre ellas, la de Honor del Congreso. Su relato del vuelo transatlántico le valió el Pulitzer 1954. Y un cráter lunar lleva su apellido…

Murió de linfoma el 26 de agosto de 1974, a sus 72 años, en Kipahulu, Hawai.

MÁS SOBRE ESTE TEMA: