Gioconda Belli: "Los varones andan asustados por la revolución de las mujeres"

De paso por Buenos Aires, la escritora nicaragüense llegó para presentarse en la Feria del Libro. En charla con Infobae Cultura, habló de su última novela y calificó al gobierno de Daniel Ortega de "dictador faccioso"

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No deja de sonreír a pesar del maratón de entrevistas que concedió por su visita a la Feria del Libro de Buenos Aires, a la que vino a presentar su último libro Las fiebres de la memoria, la historia de su propio tatarabuelo. "Me encanta venir. Es la única ciudad en la que puedo tomar helado a las 2 de la mañana", dice en medio de una carcajada.

La nicaragüense Gioconda Belli es una celebridad en las letras españolas.  Ganadora de innumerables premios, se constituyó en un pilar de la literatura que reivindica los derechos de la mujer con personajes de féminas bravas, decididas y contradictorias: "Me gusta contar el derecho y el revés de mis personajes, la parte que amas y la que detestas de ellos", le explica a Infobae.

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(Santiago Saferstein)
(Santiago Saferstein)

En esta entrevista habla del feminismo como "la mayor revolución del siglo XX" y se detiene en la política de Latinoamérica: "Estamos en un retroceso. Había muchas esperanzas con tantos gobiernos de izquierda  pero salvo Evo Morales en Bolivia  hamos tenido una izquierda autoritaria. Ahora vamos hacia atrás con gobiernos como los de Bolsonaro en Brasil o Macri en Argentina", dice.  Sin embargo, su mayor crítica se dirige a  su propia patria: "Es increíble que la historia de una revolución haya terminado con un proceso antidemocrático  y faccioso. Un dictador ha engendrado a otro dictador", sentencia en referencia a Daniel Ortega.

Aquí compartimos la entrevista completa:

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—  ¿Qué percibís de la ciudad cuando llegas a Buenos Aires?

— Me encanta la ciudad y tiene cosas bien interesantes, ahora estuve por ejemplo en La Biela, vi a Borges sentado ahí (risas). Y también ese árbol bellísimo que hay. No sé, hay una vida en la ciudad que me gusta. Es la única ciudad donde puedo comer helado a las 2 de la mañana (risas).

— Acá se puede, está garantizado eso. Dijiste Borges y para una mujer de tanta trascendencia como vos en las letras, ¿qué es Borges?

— Un maestro. O sea, como un puente que te lleva a otro mundo. Un aleph, él mismo un aleph.

— Él mismo, en sí mismo es todo el tiempo y todo el espacio.

— Exactamente, sí.

— Totalmente. Bueno, tu último libro es un viaje interesantísimo para recorrer tu pasado y encontrar una historia de la que imagino sabrías pero que ahora sabés un montón más, ¿no?

— Sí, porque yo sabía, la leyenda circulaba por mi familia. Y además toda la historia de mi papá, que fue una persona que no supo quiénes eran sus padres hasta que tuvo 18 años. Él creció creyendo que su abuela y su abuelo eran sus padres. Incluso lo inscribieron en el Registro como hijo de sus abuelos. Y a los 18 años le dicen que tenía una abuela en este pueblo que se llama Matagalpa y que el que él creía que era su hermano era en realidad su padre. Entonces, cuando yo crezco con tres abuelas, que era enredadísimo, yo no entendía por qué tenía tres abuelas paternas, y poco a poco en la medida que fui creciendo me fueron contando la historia y la historia también incluía ese ancestro misterioso que eran inventos pueblerinos de decir que era un duque francés que había llegado a Nicaragua. Pero hay un historiador en Matagalpa que había estudiado bastante, o sea más profundamente sobre la historia, y conversando con él tenía fotos del tipo, tenía testimonios de la época. Entonces me fui interesando más. Y eso que lo fui poniendo en el trasero de las cosas que tenía que hacer hasta que me llegó el día en que dije bueno, voy a escribir esta novela, ¿no?

— No contemos mucho de la novela pero este duque que se va a por algún motivo que el lector va a encontrar: ¿te gustó su historia? Digamos, ¿te gustó esta búsqueda de la libertad y esta búsqueda de varios lugares?

— Claro, me gustó. Y me identifiqué mucho también porque de alguna manera yo he vivido primero en el exilio político del 75 al 79 y luego en otro tipo de exilio porque me fui a vivir a Estados Unidos porque me casé con un corresponsal extranjero que era mitad norteamericano mitad europeo y entonces fui a vivir después que terminó la Revolución en el 90, fui a vivir bastantes años en Estados Unidos. Entonces ese mimetismo, lo que tenés que hacer para vivir en otra parte ¿no? Yo además me ponía otros nombres cuando estaba en la guerrilla. Tenía que inventarme historias de mí misma, ¿no? Quién era yo. Fingir otra personalidad. Y ya en el exilio en Estados Unidos era otro idioma, que yo sostengo que uno es otra persona en otro idioma, ¿verdad?

— Sin la menor duda.

— Y entonces yo no sé, yo creo que todos esos puntos me fueron acercando a la historia en un proceso de identificación. Y por otro lado este tiempo que es tan tremendo, ¿no? Porque esta ola de migración que hay otra vez. O sea, creo que el mundo ha pasado por tantas olas. Y en la novela yo hablo de la ola de cuando la hambruna de la papa en Irlanda. Y se van juntando tantas cosas, porque lo que me fascina de las novelas es el descubrimiento que uno hace. Creo que el libro que más me ha costado escribir fue mi memoria, porque sabía lo que pasaba.

(Santiago Saferstein)
(Santiago Saferstein)

— Claro. Recién decías que te tocó el exilio, participaste de procesos revolucionarios. Estuviste en Estados Unidos. Hoy ¿qué ves, qué Latinoamérica ves? Nada menos hoy, donde en Venezuela hay un movimiento muy impresionante. ¿Qué Latinoamérica estás viendo?

— Bueno, creo que estamos, hay como un retroceso, ¿no? Hubo un momento tan lleno de esperanza cuando hubo tantos gobiernos de izquierda que parecía que iba a haber una vuelta, un manejo más popular de la política, un beneficio para la gente más pobre. Pero yo siento que hubo una cosa muy mezclada de por un lado sí hubo, digamos, una cierta mayor importancia de la población más necesitada pero, por otro lado, muy autoritario. Entonces ha sido una izquierda autoritaria, a excepción tal vez de Evo que ha logrado bastantes cosas. Y bueno, y Lula, ¿no? Pero acabó con este proceso de corrupción.

Entonces no sé, yo veo que estamos en un proceso de flujo ahorita que va para el reflujo. Bolsonaro en Brasil. Aquí, Macri. En Nicaragua es una cosa terrible lo que está pasando. O sea que un dictador ha engendrado otro dictador. Y un dictador que tenía un pasado revolucionario que ha convertido al Frente Sandinista, que era una bandera de lucha, de rebelión, en un partido autoritario…

— Faccioso.

— Sí, faccioso, totalmente.

— Me importa mucho tu mirada porque vos… ¿te seguís definiendo como aquella revolucionaria que tenía el sueño de una patria mejor?

— Claro. Yo soy soñadora y soy romántica perdida. Y además militante de creer. Porque yo creo que lo que pasa con la historia es que la vivimos muy corto tiempo. Una de las cosas que me gustó de la novela también es que hay toda una referencia a la Revolución Francesa. La Revolución Francesa es una de las revoluciones más importantes y sin embargo vino el Terror después de la Revolución, vino Napoleón, la monarquía de vuelta. O sea pasaron como cien años antes que la República se hiciese realidad. Y mucha gente leyó un ensayo de Shelley que estaba tan desilusionado de la Revolución Francesa, y yo digo a lo mejor todo esto va a acabar bien.

— Estamos en ese momento.

— Pero no lo vamos a ver.

— Claro. En toda tu obra, en todos tus trabajos hay mujeres bravas, mujeres menos románticas, aunque románticas pero de hacer cosas.

— Sí.

— ¿Es el tiempo de la mujer éste, sentís eso?

— Absolutamente. Yo creo que, bueno, yo creo que el mundo está un poco asustado, ¿no? El mundo masculino, con todo lo que está pasando con la mujer. Pero creo que es tan fundamental que la mujer tome su lugar en el mundo. Y lo ha tenido que tomar un poco a fuerza de empujar muy fuerte, porque la resistencia ha sido bien grande y sigue siendo. Pero yo creo que cada vez menos. Cada vez va a haber menos resistencia en cierto estrato. Por lo menos creo que hay más hombres conscientes ahora. Y por supuesto que están los violentos, los que matan a las mujeres porque no entienden lo que está pasando.

— Yo siempre digo que es tan cuestionador del orden establecido el feminismo que por eso se lo combate con tanta fuerza.

— Claro.

— Digamos, no hay otra corriente, me parece, no hay otra corriente de tanta potencia como el feminismo.

— Yo lo que digo es que la mayor revolución del siglo XX fue la revolución de las mujeres. Porque qué es una revolución, algo que te cambia la manera de existir, que te cambia la cultura. Y la revolución de las mujeres desde que empezó en los 70 nos ha cambiado la manera de vivir. Si vos ves Mad Men ahí te das cuenta en los 50 cómo era la posición de la mujer en la sociedad y ahora es totalmente diferente. Y entonces ahora estamos abordando uno de los problemas muy serios que es el acoso, que lo hemos sufrido casi todas las mujeres.

— Sin duda.

— Y los derechos de la mujer, de su cuerpo, todo eso, claro, causan terremotos en la sociedad porque es una costumbre que se tiene que acabar. Una manera de ser que se debe terminar. Pero yo creo que va hacia lo mejor del ser humano. O sea, vamos a ser mejores seres humanos.

Y la mujer tiene que luchar también por otras cosas. Yo creo que no solo es la lucha por el aborto, yo creo que hay que luchar por ejemplo porque se termine con esa división entre la maternidad y el trabajo. Cómo hacés para que para la mujer no sea un desgarramiento tener que decidir si tiene un hijo qué va a hacer, si lo cuida o se va a trabajar. O sea, siempre eso es un problema esencial que se podría resolver con guarderías infantiles maravillosas en los centros de trabajo, que les dieran incentivos fiscales a todas las empresas para que pudieran tener esas guarderías, tener gente preparada viendo esas guarderías y la mujer puede llegar a trabajar, dejar a su hijo en la guardería y cuando le toca la hora de tomar café tener lugar para hacer lactancia materna. Se podría cambiar.

— Y también concediéndole al varón el derecho a ejercer la paternidad en casa y compartiéndolo, ¿no?

— Pero fijate que aún en los países escandinavos donde tienen seis meses, el 70% del trabajo de la casa lo hacen las mujeres.

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— Cuál es el riesgo en el avance del feminismo de algo que planteó quien abrió la Feria del Libro, donde vos estuviste, que es Rita Segato: ella dice 'no cometamos el error de convertirnos en el paradigma de aquellos hombres que combatimos'. ¿Cómo se combate ese riesgo?

— Bueno, por ejemplo en la novela que yo escribí ahorita es un poco plantear qué pasa con el hombre que se encuentra con dos mujeres que no son mujeres, cómo te diría yo, que tienen las características que asociamos con la femineidad. Que cuidan, que son mujeres dulces, amables.

— Casi sumisas, claro.

— Con unas mujeres duras, difíciles. Y además una complejidad, una obsesiva, celosa, que no le pone ninguna atención a los hijos. Y este hombre, el duque, era un hombre muy paternal. Eso no lo inventé yo, eso lo encontré en mi investigación. Él cuidaba a los hijos. Él se encargaba de la institutriz. Se encargaba de ver que tuvieran la educación y hasta casi apartaba a la mujer de la relación con sus hijos porque la mujer era muy egoísta, metida en sí misma, obsesionada. Entonces yo creo que también tenemos que aprender a ponernos en los zapatos del otro, ¿no? Que no convirtamos el feminismo en una guerra contra los hombres, que es lo que muchos hombres creen que es. Sino que es lograr como integrarnos como personas diferentes pero que también tenemos objetivos comunes. Si consideramos objetivos comunes la felicidad. Yo tengo una novela que se llama El país de las mujeres donde digo que la doctrina del feminismo es el felicismo (risas), la búsqueda de la felicidad, que es lo más importante.

— Nada menos. Debería ser casi indiscutible que el felicismo sea… El felicismo al poder, como gran discurso. Y en el camino al felicismo, o al menos al reconocimiento de la paridad, ¿en qué estado estamos?

— Más o menos. Sí porque por ejemplo en América Latina paradójicamente hemos tenido siete mujeres presidentes entre el 90 y el 2000 algo. Pero hubo siete mujeres presidentes. En ninguna parte del mundo, ninguna región ha habido tantas mujeres presidentes. Y sin embargo es una zona muy machista del mundo. Tenemos por un lado tantas mujeres presidentes, por otro lado la violencia más terrible contra la mujer se da también en América Latina. En el mundo tenemos récords, en el mundo, de violencia. Entonces la paridad va a ser una lucha pero yo creo que se está llegando, se está moviendo en esa dirección. Claro que tenemos lugares como Medio Oriente donde yo por ejemplo me angustio cada vez que veo una mujer con velo y con esas ropas que se ponen. Me da mucha rabia que las tengan así. Pero pues en Estados Unidos han entrado un montón de mujeres al Congreso ahorita. Pero todavía falta.

— Uno leyendo tu novela tiene la impresión de que tu abuelo tiene no esperanza sino expectativa. Yo distingo entre la esperanza y la expectativa. La esperanza es casi un acto ajeno. La expectativa es que algo va a pasar porque lo estoy haciendo, porque lo estoy promoviendo. Es un hombre, a pesar de todo lo que le ocurre, de grandes expectativas.

— Sí. Bueno, a mí lo que me encanta del personaje, que es mi tatarabuelo, es que es tan complejo. Porque a mí me había costado hacer personajes complejos y creo que me quedó, me quedaron esos personajes llenos de esa complejidad que no son ni buenos ni malos, que pueden tener grandes momentos, sublimes digamos, y al mismo tiempo momentos de gran miseria humana. Entonces yo creo que sí tiene muchas expectativas cuando de repente se da cuenta de estar vivo ¿no? Porque al principio él se quiere morir. Y se quiere morir porque no quiere empezar de nuevo la vida, no quiere volverse a crear una identidad porque ha sido un hombre que ha tenido todo, duque, con dinero, con palacios lindísimos, con el respeto social. Entonces renunciar a eso, es la historia de la pérdida del poder. De ese poder social. Una pérdida del poder social que se compensa con un enriquecimiento del ser humano. Él adquiere la humanidad a partir de perder lo que le ha venido por herencia. Y entonces a mí me encantó ese proceso también, él llega imaginate de ser un par de Francia a irse a meter en un pueblito en Nicaragua, acabar siendo como médico, encontrarse el amor otra vez que creía perdido para siempre. Y es fascinante.

Y ese tiempo histórico donde se da la Revolución de 1848 en Francia, se da la migración de los irlandeses, el comienzo de Nueva York. Todos esos son escenarios donde él va pasando. Y Nicaragua, para Nicaragua fue importantísimo cuando se da la fiebre del oro y la gente tenía que viajar de Nueva York hasta el Estrecho de Magallanes para poder subir hasta California. Entonces era un viaje bien arriesgado, entonces empiezan a buscar las rutas intermedias y este tipo como el Comodoro, Cornelius Vanderbilt, que es un personaje fascinante, descubre que se puede pasar a través de Nicaragua. Y el comienzo de esa ruta, El Tránsito que se llamó, que entraban por el río San Juan y pasaban al Lago de Nicaragua y del Lago de Nicaragua había veinticinco kilómetros hasta el Pacífico. Y ahí los esperaba un barco. Entonces podían pasar en poquísimo tiempo, como una semana. Y evitar el gran viaje.

— ¿Y cuáles son tus expectativas? ¿Qué querés para vos?

— Ahorita lo primero que quiero es que Nicaragua vuelva a ser República como decimos nosotros y que logremos salir de este momento terrible que estamos viviendo. Quisiera ver políticamente una situación mejor en América Latina. Y quiero escribir más, tengo muchas ideas de cosas que escribir. Quisiera viajar de otra manera, quedarme más tiempo en Buenos Aires por ejemplo.

— Y que te dejen conocer un poco.

— Conocer un poco más, sí.

— Hay un hermoso libro de un autor argentino, Andrés Rivera, que es La revolución es un sueño eterno. ¿La revolución es un sueño eterno?

— Sí, es como una utopía en cierta manera. Porque yo creo que la revolución parte de la idea de que vas a empezar de cero y nunca empezás de cero ¿no? Tenés que cargar toda la historia que ha venido detrás, con todas las costumbres, la cultura, las castas políticas. Entonces sí, es un sueño. Pero importa pensar pienso yo, importa aspirar a la revolución. Es como la utopía que a mí me parece que es importante que exista la idea de la utopía, aunque nunca la lleguemos a conseguir.

Gioconda Belli
Gioconda Belli

— Es casi el lugar hacia donde uno camina ¿no?

— Exacto.

— O sea, aunque uno en el fondo sabe que no la va a alcanzar pero bueno, es para allá.

— Es como tan humano. Porque nosotros también nos hemos inventado el cielo. Yo no soy religiosa, pues, pero tanta gente piensa que se va a morir y se va a ir al cielo y trabaja para irse al cielo ,¿no? Entonces para mí mi cielo es la utopía, a lo mejor nunca voy a llegar ahí, a lo mejor… Pero me parece que es una buena aspiración, que vale la pena.

— Me gustó mucho, mi cielo es la utopía.

— Sí.

— Y estamos mirando a tu cielo. Estamos lejitos ¿no?

— Estamos, sí.

— Estamos lejos.

— Estamos lejos. Pero hay que ir para alguna parte.

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