Lina Meruane (Secretaría de Cultura de México)
Lina Meruane (Secretaría de Cultura de México)

La escritora chilena Lina Meruane (1970) no sólo es una de las voces narrativas más interesantes de su generación junto a Cynthia Rimsky, Rafael Gumucio y Mike Wilson, sino una de las escritoras latinoamericanas a las que se le está poniendo atención. Residente en Nueva York hace varios años, ha ganado los premios Anne Seghers (Alemania, 2011) y Sor Juana Inés de la Cruz (México, 2012). Este año ha publicado en Argentina dos libros: el ensayo Contra los hijos (Literatura Random House) y la novela Sistema nervioso (Eterna Cadencia).

Originalmente Contra los hijos fue publicado en 2014 en la editorial mexicana Tumbona, como parte de una colección en donde están otros textos similares, como Contra los poetas, de Witold Gombrowicz, y otros, pero Meruane aprovechó las críticas de esa edición y, como ella misma señala al final de la edición de Random House, decidió "completar las reflexiones". Y esto se nota, porque estamos ante un ensayo que no deja espacios para la no reflexión sobre el tema de los hijos: ¿Debe una mujer tener hijos sí o sí?, ¿son compatibles la maternidad y las letras?, ¿en qué medida a lo largo de la historia la maternidad ha sido un instrumento de los gobiernos para que las conquistas de las mujeres den un paso atrás?, ¿en qué obras se ve mejor la representación de la mala madre?, ¿qué figura actual se contrapone a la mujer sin hijos? Todos estos interrogantes va respondiendo la escritora trasandina en un tono que ella describe como diatriba, pero que es mucho más que eso.

Meruane se arriesga con este ensayo primero a ser considerada como una mujer que odia a los niños, por eso a poco andar aclara que no escribe a favor del "infanticidio por más que el recién nacido de al lado interrumpa mi sueño", sino contra "el lugar que [los hijos] han ido ocupando en nuestro imaginario colectivo desde que se retiraron 'oficialmente' de sus puestos de trabajo en la ciudad y en el campo e inauguraron una infancia de siglo XX vestida de inocencia…".

Y es que esta autora cree que a cada logro feminista ha seguido un retroceso. Por ejemplo, durante las dos grandes guerras del siglo XX las mujeres salieron a trabajar, pero cuando los varones volvieron a sus países y a sus casas, las mujeres tuvieron que dejarles sus puestos de trabajos a ellos, y no sólo eso, sino además procrear, para reponer a los soldados eliminados en ambos conflictos bélicos. Es decir, no está en contra de la maternidad en sí, sino contra "las que renunciaron angelicalmente a todas sus otras aspiraciones" y aceptaron ese viejo ideal del "deber-ser-de-la-mujer".

Pese a todas las objeciones, hoy la pregunta por la maternidad sigue viva, especialmente entre las mujeres, como si los logros del feminismo no hubieran sucedido. De ahí que, según Meruane, a partir de los veinte años a las mujeres se les pregunte cuándo van a tener hijos. Uno de los argumentos más usados para abogar por la maternidad es que sería un egoísmo no tener hijos, "nada peor que la vanidad de una mujer", "te arrepentirás cuando ya sea tarde", y aquí yace el temor de quedar "incompleta". No obstante, si todas las mujeres fueran madres, el planeta quedaría sobrecargado, por lo que se agradecería "una merma en la fertilidad". Lo que quiere en definitiva Meruane es un lugar para que la opción de no querer hijos sea socialmente aceptado.

Ese lugar parece que hay que ganárselo y más si se es escritora, por eso traza una pequeña historia de las escritoras sin hijos desde el siglo XIX, que no han sido pocas: Jane Austen, Emily Brontë, Emily Dickinson, Louisa May Alcott, Katherine Mansfield, Victoria Woolf, Isak Dinesen, Katherine Anne Porter, Norah Lange, Marta Brunet, Armonía Sommers, Hebe Uhart. Y por cierto también algunas autoras argentinas contemporáneas: Leila Guerreiro, Mariana Enríquez y Selva Almada.

Contra los hijos (Literatura Random House), de Lina Meruane
Contra los hijos (Literatura Random House), de Lina Meruane

Como contrapartida, ha habido escritoras con hijos, que también han sido muchas y muy destacadas. Sin embargo, para la autora trasandina "la fertilidad de la letra femenina estuvo siempre reñida con los imperativos de la reproducción". Y para ilustrar esto, cita a James Joyce, "portador del pensamiento patriarcal de su época", quien dijo que mientras los varones tenían hijos-libros "sacados del 'vientre de su imaginación'", las mujeres tenían hijos de carne y hueso.

Entre unas y otras escritoras están aquellas que abandonan a sus hijos, como fue el caso de Muriel Spark, pero este abandono se puede ver también como representación literaria. Tal vez el primer y más recordado caso sea el de Casa de muñecas (1879), de Henrik Ibsen, donde la protagonista, Nora, después de varias vicisitudes de la vida familiar, decide dejar la casa donde viven su marido (Torvald) y sus hijos. Ese portazo con el que finaliza la célebre obra de teatro "originó todo un escándalo. Más de una actriz en el papel de la rebelde se negó a pronunciar el parlamento final". Si bien Casa de muñecas ha sido interpretada bajo la lupa del feminismo, Ibsen negó que tuviera esa intención, pese a que el término circulaba hacia fines del siglo XIX ya con un sentido político.

Los vasos comunicantes entre este ensayo y la última novela de Lina Meruane, Sistema nervioso, son evidentes. Si en Contra los hijos está el planteo de que las mujeres puedan efectivamente elegir sobre los cuerpos, en esta novela el tema central, y es algo que ha venido trabajando de antes, es, como diría Susan Sontag, la enfermedad y sus metáforas, que afectan en primera instancia al cuerpo.

Sistema nervioso es una novela centrada en la historia de una física que se dedica a observar las estrellas, que desea tener una enfermedad para estar en cama seis meses y así poder escribir la tesis que lleva postergando. Sin embargo, la enfermedad es imprevisible, y cuando llega, en vez de escribir, la mujer se tiene que someter a una serie de exámenes que la distraen una vez más de su objetivo. No se trata de estar enferma solamente, se trata de estar en contacto con el cuerpo, de escucharlo, de sentirlo, de este modo más que contemplar las estrellas, la enfermedad, que es una dolencia del sistema nervioso, produce que se vuelva a este cuerpo de mujer.

"Ese omóplato", escribe, "y ese brazo estropeados admitían otras lecturas. Porque ya no era solo hombro brazo túnel carpiano sino la base del cráneo, el borde de la cara, la lengua". Descripciones del cuerpo de la protagonista, que no es la narradora, hay varias, y se reproducen no como síntoma de la enfermedad, sino como observaciones que detienen el relato para dar lugar al interrogante de qué está pasando aquí, cuál es la historia real, ¿es verosímil que buena parte de los personajes sean médicos? ¡por qué los personajes están o han estado enfermos? Y aquí la novela, a través de la duda del verosímil, de lo que es creíble, hace un guiño a cierto humor que hace reflexionar sobre lo enferma que está la sociedad en que vivimos.

El humor salta con los neurólogos de ella, con su Padre médico a quien llama a su país (la protagonista es inmigrante, como la autora) para cotejar lo que le han dicho sobre su enfermedad, con su Madre postiza que también es médica. Pero además todos se enferman, no sólo ella, su pareja antropóloga forense es víctima de un increíble y mortal accidente del que por suerte sobrevive con algunas secuelas, su Madre real muere a causa de otra aflicción. Sistema nervioso es una historia sobre las enfermedades de los personajes y de los tratamientos a los que son sometidos; en este sentido podría decirse que no es apta para hipocondríacos. La autora nos quiere hacer recordar nuestra fugacidad en este lugar, en esta vida, y para ello las imágenes de la disciplina de Ella son pertinentes, porque cuando se contempla una estrella uno no tiene cómo saber si esa estrella ya está muerta o sigue viva.

"Para sus padres", prosigue, "todo empezaba en el cuerpo y terminaba en la enfermedad, y lo que ocurría entremedio era parte de la misma conversación ininterrumpida". Si bien aquí se refiere a las charlas entre los personajes-padres, perfectamente es aplicable a lo que sucede en toda la novela: cuerpo-enfermedad, aunque la enfermedad remite nuevamente al cuerpo y de ahí a la vida o a la muerte.

“Los ojos vendados” (Seix Barral), de Siri Hustvedt
“Los ojos vendados” (Seix Barral), de Siri Hustvedt

Formalmente, esta novela tiene una sintaxis, un modo de organizar el relato, que va del pasado al presente y viceversa sin problemas. El primer capítulo cronológicamente viene después del segundo, al igual que muchas de las cosas que suceden al interior de cada capítulo, donde el paso del tiempo, ese movimiento pendular de los antiguos relojes, se aprecia muy bien. La vida es la vida de un cuerpo, parece señalarlos Lina Meruane, y ese cuerpo siente dolor, se enferma, padece, y cuando no puede padecer más, muere. Y en esa vida está el devenir del tiempo, tal como señala el inicio del tercer capítulo: "Era una familia cancerosa o lo había sido. Muchos ya habían muerto y los demás estaban procurando olvidar de qué".

Como Meruane vive en Nueva York, siempre esa marca biográfica puede quedar o no en el texto; en su caso resulta evidente que queda, de hecho hay algo en esta novela que recuerda a la escritora Siri Hustvedt y su primera novela, Los ojos vendados (1992), que transcurre precisamente en esa ciudad y donde el cuerpo también es protagonista. De hecho, la organización del relato tampoco es cronológica y hay una parte donde la protagonista, Iris, pasa una temporada en un hospital junto a dos mujeres mayores y una, la más viejita, desaparece, dando a entender que el pasado también puede desaparecer. Es el mismo juego temporal que hace Meruane, lo que da a entender que esta escritora chilena ha leído a Hustvedt y que no le ha sido indiferente.

Pero más allá de eso, estos dos libros de Lina Meruane merecen ser leídos con atención, porque estamos ante una escritora sensible, lectora, que investiga, es muy rigurosa, piensa y hace pensar a su escritura, hacia dónde va y, lo más importante, hacia dónde no debe ir.

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