¿Cómo sigue la carrera de un profesional después de un enorme éxito de público y crítica? ¿Se reinventa o sigue a caballo de su consagración repitiendo la fórmula que lo llevó a la cumbre? ¿Y, por otra parte, cómo piensan su arte los showrunners, estos nuevos autores, ya no del cine, sino de la televisión, creadores de series de varias temporadas, aclamadas y comentadas como no sucede ya con ninguna película?

Las preguntas se aplican a Matthew Weiner quien, luego de llevar adelante las dos últimas temporadas de Los Soprano, creó Mad Men (2007-2015), una serie que elevó el estándar de lo que se espera de la televisión, que puso en la conversación pública personajes como Don Draper, Peggy Olson y demás miembros de Sterling Cooper, y despegó la carrera de toda una generación de actores. Un diseño de producción deslumbrante, la precisión para caracterizar a las relaciones entre los personajes y la capacidad de retratar una época de cambios hicieron que la serie se convirtiera en un clásico instantáneo. ¿Cómo seguir después de ese logro?

La familia Romanov
La familia Romanov

Luego de un par de realizaciones personales (dirigir una película, escribir una novela), Weiner vuelve a la televisión con una miniserie de características totalmente opuestas a las de Mad Men: The Romanoffs, disponible en la plataforma Prime, de Amazon. La idea es tan extraña como la ejecución: son ocho capítulos individuales, no conectados entre sí. La única ligazón es que en todos hay personajes que son o creen ser o dicen ser descendientes de los Romanoff, la familia a la cual pertenecía el último zar de Rusia, derrocado por la revolución bolchevique.

El elenco cambia de capítulo en capítulo. Muchos actores de Mad Men vuelven a aparecer, entre ellos el genial John Slattery. En el tercer capítulo se da el caso extraordinario del encuentro de dos de las pelirrojas más explosivas del mundo: la exuberante Christina Hendricks (la curvilínea secretaria de Mad Men) y la diminuta pero no menos sensual Isabelle Huppert.

La secuencia de títulos es extraordinaria, lo suficiente como para que, capítulo a capítulo uno no se sienta tentado a "skip intro" sino que la vuelve a ver. Con un fondo musical clásico la cámara recorre las paredes cubiertas de retratos de una habitación con un aire imperial y decimonónico. Se ve a un grupo familiar fácilmente identificable como la familia del último Zar. De pronto, el redoble de una batería rockera marca el cambio musical: ahora suena Refugee, de Tom Petty, y los Romanov son introducidos a una habitación despojada y miserable.

Quienes los llevan son los bolcheviques, quienes comienzan a dispararles a mansalva. La sangre que corre el piso atraviesa fotos de distintas épocas; por los bosques, alguien con una capa azul parece escapar y mágicamente una persona con un abrigo del mismo color sale del subte en la Nueva York actual y se mezcla con el resto de la gente. En solo un minuto y medio se desarrolla artísticamente la idea de que los descendientes de los Romanov circulan ahora por el planeta, indistinguibles de mortales sin semejante prosapia.

The Romanoffs
The Romanoffs

Luego, cada capítulo. La duración es la de una película corta, entre 80' y 90'. El resultado es desparejo. Por el primero hubiera pagado gustosamente una entrada de cine y habría salido feliz y contento; por el sexto, ambientado en México, se aplica la frase que el eminente académico Pablo Maurette dictaminó en Twitter: "es tan, pero tan malo que echa sombras y levanta dudas sobre todos los anteriores". El resto está en el medio de esos dos extremos, siempre con un nivel de realización alto y un sentido del humor fresco y ligero.

Algún capítulo está ambientado en París, otros en Nueva York, en un pueblito de Austria, en Vladivostok, en México DF; la serie viaja por el planeta, como una suerte de Sense8 sin la excentricidad desbordante de les hermanes Wachowski. Aquí todo tiene un aire refinado, como corresponde a la familia que dio origen a la idea. Leí algunas críticas en las que se buscaba algún hilo conductor en la psicología o característica de los personajes: yo no lo encontré. Parece ser algo que figura en la mente del crítico, más que en la miniserie, gobernada por el capricho y la felicidad de crear.

“The Romanoffs”
“The Romanoffs”

En los primeros capítulos (eso luego se va abandonando) algunos detalles de la vida de los Romanoff se acumulan, agregándose capas de información que terminarán redundando en el relato paralelo de la vida real de la familia histórica. En el primer capítulo se habla de los bellísimos huevos de Fabergé, creados especialmente para los zares; en el segundo, un personaje hace un crucero destinado a los descendientes de los Romanoff en el cual se representa con enanos la historia de la familia imperial; en el tercero se muestra la filmación de una miniserie actuada sobre los Romanoff basada en un libro de un personaje que aparece en el cuarto capítulo (y brevemente en el segundo). A través de esos ramalazos de datos reconstruimos los últimos días de la poco afortunada familia y de la relación de la zarina con el siniestro Rasputín.

Sin embargo, a partir del quinto capítulo, esa referencia se hace cada vez más tenue e innecesaria y las historias parecen depender menos de la desgraciada familia, que aparece en alguna referencia, casi puesta a presión.
Queda por verse el octavo capítulo, el último, del cual se sabe que recorre el mundo y que quizás tenga algún elemento que una las historias precedentes. Podría serlo como quizás podría no serlo: será cuestión de comprobarlo.

Lo cierto es que Weiner se permitió este ejercicio caro y absurdo para salir del atolladero del éxito. Nadie podrá decir que bajó la calidad respecto de Mad Men porque el proyecto es tan original y diferente que no acepta comparaciones. En el camino generó un divertimento ligero y desparejo.

 

*The Romanoffs es una miniserie de ocho capítulos, disponible en la plataforma Prime, de Amazon.

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