La prosa de Alberto Barrera Tyszka (Caracas, 1960) es tan afilada como elegante. Autor de más de una decena de libros en un abanico de géneros —poesía, relatos, novelas, no ficción—, recibió en 2006 el premio Herralde de Novela por La enfermedad y, al año siguiente, el premio a la mejor novela en lengua extranjera en Pekín. Junto con su vocación literaria, Barrera Tyszka desarrolla la de guionista de televisión. Este trabajo lo ha llevado a radicarse en México —donde escribe para la TV Azteca—, pero desde siempre ha tenido a su Venezuela natal como horizonte narrativo.

Brillante polemista, la discusión política ocupa gran parte de su tiempo y le dedica innumerables artículos de opinión y columnas periodísticas. "A veces hasta un nivel asfixiante", reconoce. Junto a Cristina Marcano, su mujer, escribió Hugo Chávez sin uniforme (Debate), la biografía de quien fuera presidente de Venezuela desde 1999 hasta su muerte. Justamente en Patria o muerte, su novela más reciente —con la que ganó el Premio Tusquets— retoma la enfermedad y muerte de Chávez para contar la polarización violenta que divide a Venezuela entre chavistas y antichavistas. Desde hace largo tiempo emprendió una cruzada en contra de la gestión de Nicolás Maduro, quien sucedió a Chávez en el poder.

Barrera Tyszka estuvo invitado por el festival Puerto de Ideas de Valparaíso, que se realizó el fin de semana pasado, y allí habló con Infobae de su función como escritor y de la realidad de Venezuela, un país con las garantías constitucionales menoscabadas, que se hunde en un infierno inflacionario y de crisis social sin fin.

¿Puede un intelectual seguir escribiendo cuando los niveles de pobreza de su país se vuelven escandalosos?

—La idea del intelectual demiurgo, aquello que decía Foucault, que es sapiencia y elocuencia para algunas sociedades, no es la que más me atrae. Yo no creo que el intelectual deba hacer algo. Prefiero hablar desde mi experiencia: actúo como ciudadano y como tal me relaciono con el poder y con la realidad. Si fuera pintor, ingeniero o cualquier otra cosa, lo haría igual. Desde la escritura he reaccionado frente a lo que ocurre porque no puedo escribir de otra manera. La realidad invade lo que hago. Son mis preocupaciones, son mis angustias. Ahora: no creo que lo que hago tenga un tipo de incidencia real sobre el destino del país.

Una de las protestas por la falta de insumos y medicamentos en Venezuela
Una de las protestas por la falta de insumos y medicamentos en Venezuela

¿Para qué escribir, entonces?

—Escribo porque no sé hacer otra cosa. O porque creo que es lo que mejor me sale. De alguna manera, la escritura le da un orden —o un orden aparente— a ese "caos", que es la realidad. Escribir en Venezuela me ayuda a relacionarme con esa realidad que no entiendo y que me irrita, que me molesta, que me duele.

Con la novela Patria o muerte o la biografía de Chávez, ¿tenía el objetivo de intervenir políticamente?

—Los libros no persiguen una intervención en la política de manera directa. Eso le daría a la novela o al ejercicio periodístico un carácter instrumental que no tiene. Yo tengo una idea y utilizo como vehículo a la literatura o al periodismo. En la biografía sobre Chávez íbamos un poco a tientas, a dejarnos sorprender por el personaje. Por supuesto que tenemos nuestras ideas, pero no buscamos ofrecer una mirada determinada sobre Chávez. Descubrimos cosas que no sabíamos: descubrimos que tenía una persistencia admirable y que, a diferencia de muchos políticos venezolanos, era alguien que sabía mirar y calcular a largo plazo.

¿Qué proceso interrumpió la muerte de Chávez?

—Por supuesto, el proceso venezolano es muy distinto sin Chávez. Tenía un liderazgo muy fuerte y pierde la vida justo al borde de una gran crisis social. Siempre nos vamos a quedar con la duda de cómo hubiera reaccionado, porque, además, era una crisis producto de su gobierno: era la caída de la bonanza petrolera en una sociedad absolutamente rentista. Siento que con su muerte termina un proceso carismático alrededor de un hombre, donde incluso estaba enganchada la oposición, que queda un poco huérfana. El país se queda sin eje. Hay que recordar lo que Chávez hablaba en público, las horas que se dedicaba, su autorreferencia continua. Eso funcionaba dentro de la sociedad y de repente se creó un vacío.

Obviamente hay diferencias de carisma, de talento, de inteligencia, de desenvolvimiento público, pero Chávez hubiera actuado igual que Maduro frente a las protestas

¿Cuánto de Chávez tiene Maduro?

—¿Por qué Chávez eligió a Maduro? Es una gran especulación en Venezuela. Una de las teorías es que Maduro tenía más relación con los cubanos y, entonces se habría dado por la relación estrecha de Chávez con Cuba. Yo creo que combina una cantidad de factores. Posiblemente Chávez confiaba más en Maduro que en el resto, de cara a su enfermedad y a los resultados de su operación. Creo que también estaba bastante al tanto de los negociados que podía tener. En ese sentido, han sido muy reveladoras las confesiones de Claudio Uberti, que dijo que Kirchner y Chávez se repartieron 50 millones de dólares de manera personal en la operación de la compra de la deuda. Yo pienso que hay una línea absolutamente natural y directa entre Chávez y Maduro. Obviamente hay diferencias de carisma, de talento, de inteligencia, de desenvolvimiento público, pero Chávez hubiera actuado igual que Maduro frente a las protestas. Creo que es parte del mismo proyecto militar de Hugo Chávez.

Hugo Chávez y Nicolás Maduro
Hugo Chávez y Nicolás Maduro

Pero Maduro no es militar.

—No, pero Maduro ha militarizado muchísimo más el gobierno. Le ha dado más poder real. Hoy, los militares son quienes se encargan de todos los negocios de la comida en Venezuela. Además, Maduro hizo algo que no hizo Chávez: firmó un decreto donde crea unas compañías militares que pueden explotar el petróleo y el gas al margen de la empresa petrolera. El ministro de Defensa tiene tanto poder que tiene permiso para que la Guardia Nacional reprima las manifestaciones con armas de guerra. Uno siempre pensó que Chávez iba a dejar a un militar, y dejó a Maduro. Pero Maduro es un rostro civil que ha seguido manejándose con la corporación militar de manera muy fiel.

Cuando Maduro llegó al poder, la gente decía que era la vaca sobre el árbol: nadie sabía cómo había llegado, nadie sabía cómo se mantenía y todo el mundo sabía que iba a caer

¿Por qué no cae Maduro?

—Es la pregunta. Cuando Maduro llegó al poder, la gente decía que era la vaca sobre el árbol: nadie sabía cómo había llegado, nadie sabía cómo se mantenía y todo el mundo sabía que iba a caer. Creo que se ha subestimado a Maduro. La gente ve al hombre que se equivoca, que hace chistes malos, que es un poco payaso, muy desafortunado en sus declaraciones, sin ningún tipo de tino en su carisma, que cuando quiere imitar a Chávez le sale mal. Un personaje con una performance mal hecha. Nadie apostaba por él y ha durado cinco años. No solo eso: se ha quitado de encima a sus grandes enemigos internos. Salió de Giordani, que era el mentor económico de Chávez, de Rafael Ramírez, que era el zar del petróleo. Diosdado Cabello también está minimizado en su poder. Maduro está muy aliado al poder militar y se ha mantenido. Tanto, que adelantó una elección de manera ilegal, se autoeligió y supuestamente a partir de enero empezaría un nuevo período: seis años más. Contra todo pronóstico ha resultado mucho más terco de lo que se preveía.

Las sociedades en nuestra región están muy polarizadas. Pienso en Argentina, Brasil, Bolivia —y no sólo: Inglaterra y el Brexit, Estados Unidos con Trump. ¿Cómo se vive en Venezuela esa polarización?

—La crisis económica ha hecho que se diluya un poco la polarización. La crisis es tan bestial que, cuando piensas en un país con una inflación de un millón por ciento, no permite otro tipo de discernimientos. La gente está buscando comida. Pero sí, ha habido una polarización muy fuerte en la región. Sumemos a México y la polarización alrededor de López Obrador; incluso Colombia con Iván Duque y, detrás de él, Alvaro Uribe. Estamos viviendo momentos ligados a ciertos liderazgos que parecen destapar la irracionalidad en las poblaciones.

Cuando López Obrador estaba en campaña, le preguntaron cómo iba a combatir la corrupción: él dijo “Voy a llegar al poder y con mi llegada ya las cosas cambian”. Es sensacional esa fe.

¿Por qué, en una región como la nuestra, después de cuarenta o cincuenta años de democracia, vivimos esa polarización?

—Vivimos una gran crisis de la representación política y un gran fracaso de la política como forma de administrar y relacionar. La presencia de la corrupción es impresionante, sí, pero las élites siguen sin entender que la desigualdad y la pobreza son sus problemas. Además, parte del proceso democratizador era la alternabilidad y, dentro de esa alternabilidad, a la izquierda no le había tocado. Pero llegaron Lula, los Kirchner, Correa, Evo —que además representaba una cosa mucho mayor que la izquierda: la nacionalidad indígena por fin ejerciendo el poder— y eso también resultó un fracaso. La corrupción tiñe la clase política. Y ahí, me parece, entra el populismo. El populismo es muy tentador para una audiencia como la latinoamericana, tan presta a la religiosidad. Cuando López Obrador estaba en campaña, le preguntaron cómo iba a combatir la corrupción: él dijo "Voy a llegar al poder y con mi llegada ya las cosas cambian". Es sensacional esa fe. Es muy tentador que un solo hombre nos prometa que va a resolver esto. Pero ¿en quién creemos ahora? No sé.

El escritor que interviene en la política, ¿no tiene también la idea de venir a resolver problemas? ¿Es responsabilidad del escritor estar a la vanguardia de la sociedad?

—En América latina durante un tiempo fue así. Pero no sé si es una responsabilidad. El escritor trabaja con ideas, con palabras, trata de darle alguna forma no para hacer vanguardia si no para iluminar. En realidad, la tarea sería compartir preguntas antes que señalar pedagógicamente caminos o destinos. Esa figura histórica estaba relacionada con algunos escritores y con algunos periodistas, porque, en cientos lugares, el periodismo terminó siendo la conciencia o el juez de la sociedad. Por suerte, el escritor ya no es tan importante en nuestra sociedad.

Alberto Barrera Tyszka en Puerto de Ideas
Alberto Barrera Tyszka en Puerto de Ideas

¿Por qué "por suerte"?

—Porque es un hombre más que trabaja con las palabras. No tiene por qué tener ese peso iluminador.

¿Cómo ve la salida de los populismos en América latina?

—Es muy difícil de predecir. Uno quisiera que la consecuencia fuera el aprendizaje y el fortalecimiento de las instituciones, que es lo único que puede salvar a nuestros países. ¿Cómo se protegen los países del populismo? Bolsonaro es un populismo. ¿O no? México y Brasil, los dos países más grandes del América Latina, los polos económicos más importantes, están gobernados por hombres que son un enigma. Con un tipo como Trump en el gobierno norteamericano, que también es otro populismo.

Barrera, durante su presentación en Puerto de Ideas
Barrera, durante su presentación en Puerto de Ideas

Pero, entonces, vamos un paso atrás: ¿qué es el populismo?

—Aquí habría un ruido: el populismo es una nueva etiqueta que nos sirve para definir algo que todavía no sabemos muy bien qué define. Pareciera que lo que reseña son conductas extravagantes del poder. Nadie dice que Duque sea un populista, pero Bolsonaro y Trump sí. Me interesa la relación de estos personajes con lo mediático. Las entrevistas de Trump te recuerdan inmediatamente a su programa, donde expulsaba gente con los mismos gestos. La relación de Bolsonaro con los evangélicos es muy interesante.

Bolsonaro tiene algo impresentable. Chávez podía ser estruendoso, divertido, irreverente, pero siempre era políticamente correcto

De alguna manera, la figura de Chávez se difundió al resto de América latina: llegaron al poder Lula, Evo, Néstor Kirchner, Correa. ¿Con Bolsonaro puede pasar algo así?

—Bolsonaro tiene algo impresentable. Nadie puede estar de acuerdo con sus declaraciones sobre los homosexuales ni con su racismo. Chávez podía ser estruendoso, divertido, irreverente, pero siempre era políticamente correcto. Cuando criticaba a Bush, por ejemplo, podíamos estar de acuerdo con él. Teodoro Petkoff (N. de la R.: intelectual de izquierda venezolano recientemente fallecido) dijo una cosa genial cuando ganó Chávez: "El problema es que habla nuestro lenguaje". Con Bolsonaro eso no pasa. Nadie va a decir públicamente que está de acuerdo con el discurso de Bolsonaro. En ese sentido, tiene una falla de origen que, para convertirse en algún tipo de referencia, tendría que cambiar. Por ahora es sólo una amenaza.

 

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