
Un vaso de agua no se le niega a nadie, pero han pasado 74 años desde cuando bebió su último sorbo el agonizante Jorge Eliécer Gaitán, herido de muerte con cuatro balazos el 9 de abril de 1948. El asesinato del caudillo liberal causó el Bogotazo, una conmoción agresiva que transformó la historia de la capital de Colombia en dos.
Por la importancia de este acontecimiento, todavía existe la disputa sobre quién sirvió ese vaso con agua. Dos establecimientos del centro de Bogotá se atribuyeron este servicio especial —y gratuito, claro—: el Café Gato Negro y el Café Pasaje.
Es alta la probabilidad de que este vaso de agua se haya servido en Gato Negro, ya que Gaitán fue atacado justo al frente, pero a Berta Morales —mesera del Café Pasaje y la única mujer que podía entrar al recinto en los tiempos de Gaitán— le alcanzó la vida para atribuirse la proeza ante la prensa en más ocasiones.
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Gato Negro ya no existe, del mismo modo en que ya no queda rastro de la mayoría de los cafés tradicionales que reunían a los bogotanos intelectuales de mediados del siglo XX. Las historias, personajes y tertulias de los más de 500 cafés de Bogotá se han olvidado o acumulado en libros o lugares vecinos, sobrevivientes. Justamente, la historia de Café Pasaje es de fortuna, amalgamas y supervivencia.
Desde 1936, este café se ubicó en el costado occidental del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. No obstante, para la época en que el señor Elías Toro abrió este negocio en la planta baja del que hoy se llama Edificio Santa Fe, no estaba frente a él la Plazoleta del Rosario. En su lugar estaba su edificio gemelo, separado por un camino estrecho denominado Pasaje Santa Fe.
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El Café Pasaje estaba rodeado de negocios similares. De hecho, el señor Jorge Vásquez Vélez tenía un café llamado Tía Juana en el edificio gemelo. Atraído por la belleza del local del señor Toro, con diez años de antigüedad a cuestas y sus mesas redondas de pata ancha importadas de los Estados Unidos —que aún existen—, Vásquez tomó la decisión de comprar ese negocio en 1946.
Los cafés bogotanos de mediados del siglo XX eran espacios para varones. Estudiantes, periodistas, políticos, comerciantes, todos en pantalones. No es que las mujeres tuvieran la entrada prohibida por ley, sino que para la sociedad capitalina era importante que las mujeres guardaran modestia: no opinar en voz alta, no estar rodeada de varones en espacios públicos, no incomodar. Era un asunto de atrevimiento, de las sufragistas y solo de ellas. Y de Berta Morales, claro.
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Heredar un nombre y un escudo
Además de las tertulias sobre política y cultura, en las que se pretendía arreglar el país entre sorbos amargos, el Café Pasaje era un sitio dedicado a las apuestas deportivas. Eso sí, el deporte de moda en aquel entonces eran las carreras de caballos.
En la entrada del café se instalaba un puesto para que los aficionados de la hípica apoyaran a su equino favorito y lo vieran correr en uno de los pocos televisores que había en Bogotá. Tiempo después, como lo reportó el prestigioso periódico El Espacio, el señor Vásquez también organizó pollas electorales a cien pesos el puesto.
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A los cafés del Pasaje Santa Fe también llegaban de forma asidua unos egresados del Gimnasio Moderno, uno de los colegios privados más exclusivos de la ciudad, que ha formado a varias generaciones de varones destacados en la vida nacional. Estos personajes eran aficionados de otro deporte que llevaba dos décadas en el país, pero no tenía la popularidad de la que goza hoy: el fútbol.
En esas tardes de café, Gonzalo Rueda Caro y Ernesto Gamboa Álvarez soñaban despiertos con la posibilidad de jugar fútbol profesionalmente. El 28 de febrero de 1941, los sueños se convirtieron en entusiasmo y devinieron acta de fundación, firmada en el Café El Rhín. Ese día nació el equipo de fútbol Independiente Santa Fe, un combinado futbolístico que combinó el nombre del pasaje y la ambición de consolidar una cultura futbolística tan sólida como la argentina.
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Siete años después, el 19 de diciembre de 1948, Independiente Santa Fe resultó campeón del primer torneo de fútbol profesional colombiano. Hasta el momento, los cardenales han sumado nueve títulos locales, dos internacionales y una hinchada modesta en número pero inmensa en fidelidad.
El café donde fue fundado el equipo albirrojo no resistió el paso del tiempo. El Café Pasaje, al haber sido bautizado también en honor al callejón universitario, heredó la pasión de sus hinchas y es lugar de festejo cada 28 de febrero.
El sobreviviente
En 2022, los televisores de Café Pasaje ya no sintonizan carreras de caballos, sino partidos de fútbol local e internacional. El café aún se prepara en una máquina italiana, a la antigua: de esta greca Gaggia pasa a una olleta, luego al pocillo y finalmente a la mesa del nostálgico que lo ordenó.
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Por sí solo, este lugar es un desafío a las embestidas del tiempo y las circunstancias. Para empezar, no fue destruido por la turba furiosa que reaccionó a la muerte de Gaitán en 1948. Logro notable, si se tiene en cuenta que vandalizaron y quemaron el Tranvía y centenares de negocios. También sobrevivió a los estigmas de la dictadura, ya que los cafés se consideraban peligrosos sitios de conspiración.
El edificio donde funciona el Café Pasaje también estuvo a unos cuantos centímetros de ser demolido. En 1968, la alcaldía de Virgilio Barco declaró la manzana frente a la Universidad del Rosario como un espacio “de utilidad pública e interés social”. Se dibujó un rectángulo justo al frente del tradicional centro educativo y todo lo que estuvo dentro fue aplanado, incluido el edificio gemelo, para construir la plaza que Misael Pastrana bautizó en honor a Guillermo León Valencia y luego fue renombrada.
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Estuvo cerca de cerrarse en 1984, luego de que Planeación Distrital considerara este café y el Tequendama como sitios de “dudosa reputación”. La historia le dio la razón al negocio del señor Vargas y al Tequendama, aunque este último cerró de todas formas en 1998. En la actualidad solo hay cinco negocios de su tipo, después de haber competido con centenares de ellos.
También desafió una pandemia. La llegada del covid-19 a Colombia obligó a los herederos del señor Jorge —Álvaro y Mauricio Vásquez, sus hijos— a cerrar temporalmente su negocio durante 433 días. El virus mortal detuvo las tertulias desde el 19 de marzo de 2020 hasta el 8 de junio de 2021, cuando la Alcaldía de Bogotá dio permiso de abrir los restaurantes y bares para servicio a la mesa.
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