
Un grupo de científicos en Países Bajos demostró que las ratas pueden negarse a dañar a sus compañeras cuando comprenden que sus actos provocarán sufrimiento. En los laboratorios, los investigadores entrenaron a estos roedores domésticos con comida y estímulos eléctricos para analizar cómo reaccionaban frente al dilema de obtener una recompensa a costa del dolor ajeno. Los resultados no solo ofrecen una mirada novedosa sobre los orígenes biológicos de la empatía y los límites naturales a la violencia, sino que también exhiben sorprendentes similitudes cerebrales entre humanos y otros mamíferos.
Según National Geographic, el experimento consistió en entrenar a 24 ratas para que utilizaran dos palancas. Cada vez que empujaban una palanca preferida, obtenían comida como premio. Sin embargo, cuando el experimento se modificaba, el uso de la palanca predilecta generaba una descarga eléctrica a una rata vecina.
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De acuerdo con los responsables del estudio, cuando nueve roedores escuchaban a sus compañeras expresar dolor mediante chillidos, optaban por cambiar su conducta y usar la otra palanca. Pese a ello, no todas reaccionaban del mismo modo ante la situación de conflicto.
Al analizar los resultados, los científicos notaron que algunas ratas modificaban su comportamiento al primer indicio de daño a otra, mientras que otras se mantenían indiferentes sin importar las circunstancias. Según los investigadores, esta variabilidad permite trazar un paralelismo entre los roedores y la diversidad de respuestas empáticas en humanos.
La comparación pone de manifiesto la existencia de diferencias individuales, incluso en comportamientos con raíces biológicas profundas. El experimento también demostró que el grado de empatía tenía un límite cuando se incrementaba la recompensa.
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De acuerdo con National Geographic, los investigadores repitieron el ensayo con una recompensa mayor: tres porciones de comida por cada impulso en la palanca preferida. Ante esta propuesta, la mayoría de las ratas que antes mostraban empatía volvieron a elegir la palanca a pesar del daño provocado a sus compañeras.
Este comportamiento sugiere que el deseo de recompensa puede superar la inclinación natural a evitar el daño ajeno. Peggy Mason, neurobióloga en la Universidad de Chicago, reconoció la “honestidad” de este patrón e indicó que esos matices reflejan la complejidad del comportamiento en los mamíferos.
En una segunda fase, los científicos utilizaron anestesia para inhibir de forma temporal una parte específica del cerebro de ciertos ejemplares: la corteza del cíngulo anterior. Al repetir el experimento en esas condiciones, las ratas dejaron de modificar su conducta para evitar el sufrimiento en sus congéneres.
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Este resultado reveló que la corteza del cíngulo anterior cumple una función decisiva en el control de la aversión al daño, tanto en humanos como en ratas, y representó la primera evidencia directa en una especie no humana.
Este descubrimiento resulta relevante en el contexto de los trastornos psiquiátricos graves, como la sociopatía o la psicopatía. De acuerdo con Christian Keysers, coautor del estudio y miembro del Instituto de Neurociencia de los Países Bajos, el hallazgo “permite pensar en tratamientos futuros para reducir la violencia en poblaciones antisociales”.
Keysers explicó que comprender cómo intensificar la aversión a dañar a otras personas podría brindar soluciones donde actualmente no existen medicamentos eficaces. También planteó que el impulso de evitar el daño podría estar profundamente arraigado desde los orígenes evolutivos de los mamíferos.
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La comunidad científica sostiene un debate acerca de si el acto de evitar el daño es motivado por una auténtica preocupación por el otro o por una necesidad de disminuir la propia incomodidad. Según Jeffrey Mogil, neurocientífico de la Universidad McGill de Canadá, la pregunta central permanece abierta: ¿las ratas ayudan a sus compañeras o buscan aliviar su propio malestar frente al sufrimiento ajeno? De acuerdo con Keysers, la explicación de las motivaciones detrás de estos actos resulta compleja y, en gran medida, comparte elementos con la experiencia humana.
Por último, el equipo de científicos destacó que los cerebros de ratas y humanos presentan similitudes sorprendentes. Según los datos reportados por National Geographic, ambas especies pueden desarrollar adicción a sustancias, muestran conciencia de su propio conocimiento y pueden tornarse violentas en condiciones de hacinamiento.
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Keysers señaló que el rasgo de evitar el daño lleva al menos 93 millones de años presente en la biología de los mamíferos, una cifra que marca el momento de la divergencia evolutiva entre humanos y ratas. Este dato sugiere una raíz profunda para la empatía y los frenos naturales a la violencia.
A la luz de estos antecedentes, un estudio reciente publicado en 2025 por la División de Neurociencias de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla ofrece nueva evidencia sobre la complejidad de las decisiones sociales en ratas.
De acuerdo con los resultados difundidos por la UPO, los investigadores diseñaron un experimento en el que ratas adultas elegían entre la obtención de comida y la interacción social, mientras medían la actividad eléctrica en distintas áreas del cerebro. El trabajo reveló que, aunque la mayoría de ellas prefería la comida, la decisión involucró un procesamiento complejo en varias regiones cerebrales responsable del equilibrio entre hambre y sociabilidad.
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Según los científicos, el núcleo accumbens (clave en el sistema de recompensa) mostró una activación destacada cuando el “premio” se relacionaba con la interacción social. Por su parte, la corteza prefrontal medial participó en la toma de decisiones y en la regulación de la actividad cerebral según la recompensa buscada.
De acuerdo con el equipo liderado por Agnès Gruart y José María Delgado García, también se observaron cambios en el núcleo olfatorio anterior, el núcleo dorso-mediano del tálamo y el hipocampo dorsal, lo que evidenció la coordinación de distintos circuitos neuronales en la valoración y elección ante necesidades básicas.

Estos hallazgos del estudio de la UPO refuerzan la idea de que la capacidad de decidir frente a recompensas sociales o alimentarias no es exclusiva de los humanos. Según Florbela Rocha-Almeida y Ana R. Conde-Moro, integrantes del equipo, estos resultados demuestran que las ratas emplean circuitos cerebrales similares a los nuestros para resolver conflictos cotidianos entre socialización y supervivencia. La investigación amplía la comprensión de cómo los animales evalúan las consecuencias de sus acciones y consolida la relevancia de los modelos animales en el estudio del comportamiento humano.
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El hallazgo expuesto ofrece respuestas acerca de la biología de la empatía y la aversión al daño, pero también plantea interrogantes sobre los estados emocionales y motivacionales de los animales.
La investigación destaca la antigüedad y relevancia de estos mecanismos para la convivencia en especies sociales. De este modo, ayuda a reconsiderar cómo interpretamos y valoramos la conducta animal, y aporta nuevas piezas para comprender la complejidad emocional de los seres humanos.
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