
La inteligencia es un concepto que históricamente ha estado rodeado de misterio y fascinación. Las mentes más brillantes sido consideradas como figuras capaces de revolucionar el mundo con inventos, teorías o descubrimientos y a menudo, también han sido observadas bajo la lupa de quienes buscan identificar los rasgos o hábitos que podrían asociarse con una inteligencia superior.
Según Craig Wright, profesor de la Universidad de Yale y autor de Los hábitos secretos de los genios, no es necesario hacer una contribución extraordinaria al mundo para ser considerado un genio. De acuerdo con Wright, un genio es alguien con habilidades mentales excepcionales, cuyas ideas y trabajos impactan la sociedad de alguna manera significativa, ya sea para bien o para mal. Sin embargo, los hábitos y comportamientos de las personas con una inteligencia superior pueden ser mucho más sencillos y cotidianos de lo que muchas veces imaginamos.

Wright destaca, por ejemplo, que una de las características más notables de las mentes brillantes es su capacidad para sumergirse en pensamientos profundos de manera obsesiva.
Las personas altamente inteligentes tienden a centrarse en un problema o una idea por horas, días, e incluso años. Esta obsesión no siempre es negativa y es precisamente lo que les permite a los grandes pensadores desarrollar teorías innovadoras o soluciones creativas.

No se trata de pensar mucho, sino de pensar con profundidad y perseverancia. Esta característica puede tomar varias formas, desde la constante reflexión sobre una idea hasta la dedicación exclusiva a un campo de conocimiento durante largos períodos.
En este sentido, Wright también aborda un hábito que podría parecer extraño a primera vista, pero que tiene una vinculación interesante con la concentración y la creatividad: el acto de morderse las uñas, o lo que se conoce como onicofagia. Este comportamiento, que a menudo se asocia con la ansiedad o el TDAH, tiene, según algunos estudios, un efecto paradójico en las personas con altos niveles de inteligencia. De acuerdo con la revista Psychology Today, morderse las uñas puede servir como una manera de canalizar el estrés y mejorar la concentración.

Otro comportamiento relacionado con la inteligencia superior, según Wright, es la preferencia por la soledad. Las personas más inteligentes a menudo buscan espacios tranquilos y aislados para poder procesar mejor la información y desarrollar sus ideas sin las distracciones del mundo exterior. Un estudio realizado por el Instituto Karolinska de Suecia sugiere que la sensibilidad sensorial extrema de estas personas podría ser una razón por la cual prefieren estar solas. Este aislamiento les permite estar completamente concentrados en su pensamiento sin interrupciones. Sin embargo, esta tendencia puede tener un lado negativo.

Por otro lado, New Scientist también explora la relación entre los hábitos y la inteligencia, pero desde una perspectiva más centrada en los aspectos genéticos y ambientales que influyen en el desarrollo de las capacidades cognitivas. En su artículo, menciona que la inteligencia, aunque tiene una base genética, no está determinada exclusivamente por la herencia. En un estudio sobre el coeficiente intelectual (CI) de niños adoptados, los investigadores descubrieron que el CI de estos a menudo no guardaba relación con el de sus padres adoptivos, pero sí con el de sus padres biológicos. Este hallazgo sugiere que los factores genéticos desempeñan un papel importante en el desarrollo de la inteligencia, aunque el ambiente también tiene una influencia significativa.

Uno de los puntos clave que aborda New Scientist es la importancia de la interacción entre los factores genéticos y los ambientales en el desarrollo de la inteligencia. Por ejemplo, un niño podría tener el potencial genético para desarrollar una alta inteligencia, pero el ambiente en el que crece, su dieta, la calidad educativa que recibe y las experiencias vividas también juegan un papel crucial en alcanzar ese potencial.
En este sentido, el artículo destaca como factores como la nutrición adecuada durante la infancia pueden marcar la diferencia en el desarrollo cognitivo, como sucede en países en desarrollo donde el tratamiento de deficiencias nutricionales o la eliminación de sustancias tóxicas de los alimentos han tenido un impacto positivo en la capacidad intelectual de la población.
Además, aunque los estudios sugieren que la genética tiene un peso importante en la inteligencia, no significa que el destino esté escrito. Como menciona el psicólogo Russell Warne en el artículo de New Scientist, “la genética nos da un plano, establece los límites. Pero es el ambiente el que determina dónde se desarrolla una persona dentro de esos límites”. Es decir, la genética marca un potencial, pero es el ambiente lo que decide cómo se desarrolla ese potencial.
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