
Desde el inicio de la pandemia en marzo de 2020, los confinamientos y las restricciones de han tenido poco o ningún efecto en la salud pública, y una baja efectividad en cuanto a la reducción de la mortalidad por Covid-19, según una investigación realizada por miembros de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, EEUU. Sin embargo, estas medidas sí han supuesto enormes costes económicos y sociales allí donde han sido adoptadas.
El reciente estudio, remarcó que las restricciones pandémicas disminuyeron la actividad económica, aumentaron el desempleo y redujeron la escolaridad. Debido a esas conclusiones, el estudio planteó una revisión de las políticas de confinamiento y bloqueo de movilidad, y sostuvo que estas estrategias están mal fundamentadas.
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La investigación apuntó a cualquier política pública restrictiva frente a las posibilidades de movimiento de las personas, como las políticas que limitan el movimiento interno, cerrar escuelas y negocios, y prohibir los viajes internacionales. Esta perspectiva, va más allá del confinamiento en domicilios particulares.
Los científicos llevaron adelante un procedimiento sistemático de búsqueda en el que se identificaron 18.590 estudios. Luego hicieron una revisión sistemática para determinar si había evidencia empírica que apoyará estos bloqueos de la población, atendiendo a que se trataba de una intervención no farmacéutica obligatoria.
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Después de tres niveles de detección, se seleccionaron 34 estudios para su inclusión en el metanálisis. Se separaron en tres grupos: estudios de índice de rigor de bloqueo, estudios de orden de refugio en el lugar (SIPO) y estudios específicos de posibilidades de movimiento de las personas. Un análisis de cada uno de estos tres grupos apoya la conclusión de que los bloqueos han tenido poco o ningún efecto sobre la mortalidad por COVID-19.
Los investigadores de la Universidad Johns Hopkins concluyeron que los bloqueos en Europa y los Estados Unidos solo redujeron la mortalidad por COVID-19 en un 0,2% en promedio. Mientras que los confinamientos y cuarentas también fueron ineficaces, solo redujeron mortalidad por COVID-19 en un 2,9%.
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Sin embargo, el cierre no esencial las empresas parece haber tenido algún efecto, reduciendo la mortalidad por COVID-19 en un 10,6%, la cual podría estar sobre todo relacionada con el cierre de bares. El estudio, además sí muestra que las mascarillas pueden reducir la mortalidad por COVID19, pero solo hay un estudio que examina la obligación de llevar de mascarillas, con lo que los investigadores no tiene muchos datos.

En cuanto a los cierres de fronteras, el cierre de escuelas y la limitación de reuniones sociales sobre la mortalidad por COVID-19, el estudio produce resultados ponderados con precisión estimaron que la baja de la mortalidad fue del 0,1%, 4,4% y 1,6%, respectivamente. Además, el estudio encontró algunas evidencias de que limitar las reuniones fue contraproducente y aumentó la mortalidad por COVID-19.
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¿Por qué estas medidas fallaron? Los investigadores señalaron que hay que tener en cuenta que la respuesta o comportamiento de la población puede contrarrestar el efecto por completo, ya que las personas responden a un menor riesgo con un cambio de comportamiento.
El encierro y cuarentenas puede tener consecuencias no deseadas. Al aislar a una persona infectada en el hogar con su familia, corre el riesgo de infectar a los miembros de la familia con una carga viral más alta, causando enfermedad más grave. Pero además, limitar las reuniones al aire libre ha podido empujar a las personas a reunirse en lugares menos seguros, en casas o locales interiores.
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Las consecuencias no deseadas del confinamiento

En la mayoría de los países, cuando la pandemia comenzó a disminuir su virulencia, muchos especialistas comenzaron a notar que niños y adolescentes mostraban secuelas emocionales y de aprendizaje. El aislamiento dejó un alto número de nuevos consultantes en los consultorios de psicología, psicopedagogía y psiquiatría a nivel local y global.
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“Diferentes estudios plantean que los trastornos de ansiedad en niños y adolescentes han duplicado su prevalencia, del mismo modo que la depresión e irritabilidad, comparado con el mismo periodo del año en 2019 (etapa sin pandemia), llegando a una prevalencia que va del 20 al 47% de expresión”, analizó la psiquiatra infanto juvenil Andrea Abadi (MN 76165).
En la mirada de la directora del Departamento Infanto Juvenil de Ineco, “luego de tantos meses de estar en pijama frente a la computadora o el celular, a una gran cantidad de pequeños les costó acostumbrarse al banco en al aula y el cuaderno, y aumentaron las dificultades de rendimiento que en el pasado no habían aparecido”.
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En las primeras etapas de la pandemia, antes de la llegada de vacunas y nuevos tratamientos, la sociedad pudo responder de dos maneras: cambios de comportamiento obligatorios o cambios de comportamiento voluntarios. Los científicos apuntaron a investigar cómo se puede generar conciencia e introducir mejor los cambios de conducta voluntarios.
Los investigadores de la Universidad Johns Hopkins destacaron que los bloqueos de movilidad a la población ha sido una característica única de la pandemia de COVID-19, ya que no han sido utilizados en ninguna pandemia del siglo pasado. Y concluyeron que “los bloqueos durante la fase inicial de la pandemia de COVID-19 han tenido efectos devastadores”.
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El motivo de esta afirmación es que han contribuido a reducir la actividad económica, aumentar el desempleo, reducir la escolaridad, causar disturbios políticos, contribuyendo a la violencia doméstica y socavando la democracia liberal.
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