
“No soy Roberto Carlos con su millón de amigos, pero tengo muchos y los he extrañado bastante especialmente durante el primer año de la pandemia. También extraño a mis familiares”, dice José Luis Venturini, de 57 años. “El primer año salía solo para ir a comprar comida o para pasear a mi perra. Les lavaba las patitas al regresar y me sacaba los zapatos. Solo usaba el teléfono para hacer llamadas o videollamadas. Pasé a usar más las redes sociales”, agrega. Es maestro y vive solo en el Partido de Lanús, en el Conurbano.
Cuando bajaron las restricciones, Venturini pasó a tener reuniones en plazas o en terrazas con poca gente. “Siempre ando con mi barbijo y mi alcohol en gel. Cuando recibí las vacunas, me sentí más protegido, pero sigo con los cuidados sin ser un obsesivo. Volví a la presencialidad en mi trabajo en la escuela y todos seguimos el protocolo. No siento que haya hecho un sacrificio enorme. Siento que hice lo que tenía hacer. Cuidarme y cuidar a los demás”, afirma.
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Tras dos años de pandemia, hasta ahora Venturini no ha tenido la infección por el coronavirus. En el mundo, en cambio ya hay más de 315 millones de personas que han tenido el COVID-19. Desde noviembre, la circulación de la variante Ómicron del coronavirus llevó a subidas explosivas de la curva de casos reportados. En ese contexto, se conocieron días atrás los resultados de un estudio de investigadores que trabajan en Argentina, Chile, Colombia, Irlanda, Estados Unidos y el Reino Unido que indagaron en qué les pasa a los que se cuidan mucho contra el COVID-19.

“Hay personas que tienen un alto nivel de prosocialidad. Significa que tienen una moral que hace que adhieran al pie de la letra a las recomendaciones de prevención del coronavirus en este contexto de la pandemia. Hay millones de personas que hacen sacrificios individuales para promover el bienestar de sus familias y su comunidad”, dijo a Infobae Agustín Ibáñez, el neurocientífico argentino que lideró el estudio que fue publicado por la revista Humanities and Social Sciences Communications del grupo Nature. Por ejemplo -dijo- hay personas que restringieron su vida social con amigos para seguir viendo a sus padres, que son del grupo de riesgo, y no contagiarlos. Otros pasaron las Fiestas de fin de año solos para evitar contagiarse.
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El trabajo fue realizado durante la primera etapa de la pandemia cuando había confinamientos masivos en muchos países y la incertidumbre sobre la enfermedad COVID-19 eran aún mayores que los actuales (hoy más del 52% de la población mundial está completamente vacunada). Los científicos se preguntaban si había un costo para las personas que se cuidan para evitar contagiarse y afectar a otros.
Por un lado, la investigación científica previa había sugerido que la tendencia a ser empático y a cooperar son fundamentales para hacer frente a los cambios de comportamiento que han exigido las normas relacionadas con la pandemia, como las restricciones en la movilidad.
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“El miedo, el individualismo y la contraempatía no son propicios para apoyar los cambios de comportamiento que implican el distanciamiento social, el uso de los barbijos o evitar las reuniones sociales en espacios cerrados”, comentó el doctor Ibáñez, quien es profesor titular y director del Instituto Latinoamericano de Salud Cerebral (BrainLat) de la Universidad Adolfo Ibáñez, en Chile. Además, el investigador es profesor visitante en el Trinity College de Dublin, Irlanda.

El estudio evaluó la forma en que los factores asociados a la “prosocialidad”, como la empatía y el juicio moral que apoya los beneficios sociales, pueden predecir las restricciones de salud pública. También se preguntaron cuál era la percepción del riesgo para la salud que tenían las personas y sus estimaciones del impacto de la pandemia. Se llevó a cabo a través de una encuesta a 413 personas en Colombia, de las cuales 314 eran mujeres. Ninguno de los encuestados había tenido COVID-19 al momento de la encuesta.
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“A través de un cuestionario electrónico, se hicieron preguntas y se evaluaron la capacidad de empatía, los aspectos morales (con pruebas estandarizadas). También se evaluaron la percepción del riesgo de contagio, la estimación del impacto de la pandemia, y la adherencia al confinamiento. Usamos los niveles de empatía y moralidad para predecir la percepción del riesgo de contagio, la estimación del impacto y la adherencia al confinamiento”, dijo a Infobae el doctor Hernando Santamaría-García, investigador de la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia y del Instituto de Salud Cerebral Global, de la Universidad de California en San Francisco, Estados Unidos.

“Encontramos que las personas con mayores niveles de empatía y mayores tendencias morales deontológicas que favorecen el bien común de la sociedad presentaron una mayor aceptación de las restricciones de salud pública. Pero lo más relevante es que estas personas sobrestimaron su riesgo de contagio y percibieron un impacto más negativo de la pandemia en sus vidas, en sus familiares y en su comunidad más amplia, tanto en el ámbito sanitario como en el social”, comentó Ibáñez.
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“Esas personas más prosociales también tienden a tener expectativas más pesimistas sobre la reactivación económica de la comunidad y otras cuestiones sociales. Además, la sobreestimación del riesgo y los impactos negativos fueron más notables entre los grupos demográficos vulnerables, incluidos los participantes de mayor edad y las mujeres”, añadió el neurocientífico.
Al analizar los resultados, los investigadores advierten que aunque muchos de los efectos generales de mantener los comportamientos de empatía y solidaridad pueden ser positivos a corto plazo, también pueden impactar con estrés y desafíos de salud mental en las personas durante largos períodos de tiempo.
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“Como las personas que son más prosociales pueden sobrestimar los riesgos de contagio y los costos negativos tanto para sus familias como la sociedad, pueden aumentar el riesgo de desarrollar estrés, que a su vez está asociado a más ansiedad y depresión”, dijo Ibañez.

Frente a esta situación y ante la etapa actual de la pandemia -en la que los confinamientos hoy no son tan frecuentes como en 2020-, el científico expresó que “hoy los gobernantes deberían promover más las acciones por el bien común para que más personas adhieran a las medidas de prevención y se empoderen en lugar de solo decir que hay riesgo de contagio del coronavirus. Además, es importante tener en cuenta la salud mental de los que se cuidan con intervenciones como la terapia cognitiva-conductual para que las personas trabajen sobre la percepción de riesgo, la meditación para que la gente puede regular el estrés, y reconocer públicamente a las tendencias prosociales con influencers o personalidades que valoren las acciones sostenidas en el tiempo y por el bien común ”.
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Consultado por Infobae, Martín Reynoso, psicólogo y especializado en meditación Mindfulness, director de Train Brain, y autor del libro Mindfulness, la meditación científica, consideró después de leer el estudio internacional que “sería importante que haya más información como parte de una política pública para que las personas que tienden a más prosocialidad no se agoten con las situaciones de restricciones. Quizá se podría detectar cuáles son las poblaciones con mayor riesgo de padecer estrés y el síndrome de desgaste o erosión emocional -conocido como “burnout” o quemazón” y se podría brindar más asistencia psicológica por diferentes vías, como las líneas telefónicas, en los centros de atención primaria y en los hospitales, entre otros lugares. También sería útil promover más la actividad física y la meditación al aire libre”.
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