Las mentes brillantes —a la doctora Raquel Chan no le agrada que la llamen así— no son seres superiores, sino resilientes, enfocados, generosos y apasionados por sus saberes e ideas. Estos valores no solo definen a Raquel, sino que, de algún modo, ella los buscó y los encontró en su objeto de estudio durante más de 40 años de sólida carrera científica: las plantas.
La doctora en biotecnología agrícola identificó genes vegetales —el HaHB4, su hallazgo más reconocido, entre otros— y mecanismos biológicos capaces de generar cultivos como soja, trigo, maíz y arroz, resistentes al cambio climático, resilientes al clima y con capacidad de tolerar la escasez de agua, las altas temperaturas o fenómenos meteorológicos extremos como sequías e inundaciones. Así, las semillas y cultivos pueden adaptarse a condiciones adversas y continuar creciendo en territorios donde antes era imposible.
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Este desafío científico, exitoso, logró transformarse también en una cuestión estratégica para el futuro alimentario del planeta.
La ciencia mundial reconoce el aporte de la pregunta fundamental que se viene haciendo Chan a lo largo de sus años de investigación aplicada en Argentina, Francia e Israel desde la biología molecular vegetal y la elige entre las 5 mejores científicas del globo al recibir el Premio Internacional L’Oréal-UNESCO “Por las Mujeres en la Ciencia” 2026 por ampliar los límites de biotecnología agrícola. Se trata de la primera vez que la disciplina de la profesora Chan es distinguida en el premio.
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Repiquetea sin cesar esta pregunta para Raquel Lía Chan, investigadora superior del CONICET, profesora de la Universidad Nacional del Litoral y directora del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral (IAL), con la flamante noticia de que acaba de recibir desde su amada Rosario el Premio Internacional L’Oréal-UNESCO “Por las Mujeres en la Ciencia” 2026 por ampliar los límites de biotecnología agrícola.
La primera en muchos aspectos
Raquel Chan fue una de las primeras mujeres con rango de investigadora superior en elegir las plantas como objeto de estudio para aplicar la biotecnología agrícola al servicio de optimizar los cultivos que conforman el corazón productivo de Argentina y el mundo: maíz, trigo, soja y arroz.
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También fue la primera en demostrar, a partir de su innovación, que las alianzas público-privadas en la ciencia pueden ser exitosas. Así ocurrió con su principal hallazgo: la identificación del gen HaHB4 en girasol, publicada en 1996 y 2001.
El gen, al ser introducido en cultivos de interés, otorga tolerancia a la sequía sin penalizar el rendimiento, un progreso relevante en el contexto del cambio climático.
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Sinergia virtuosa entre sector público y privado
La transferencia de este desarrollo científico al sector productivo comenzó en 2003, cuando Chan y su equipo firmaron un acuerdo con la empresa Bioceres. Esta colaboración entre el Estado y el sector privado fue pionera en Argentina y permitió escalar la tecnología HB4 hasta convertirla en la primera en el mundo aprobada para trigo transgénico, con autorizaciones regulatorias nacionales y globales entre 2020 y 2023.
Ese hito, junto con su trayectoria, consolidó a Chan como referente indiscutida en la superación de las barreras de género en la ciencia.
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Allí es donde el sector público y el privado convergen para enfrentar uno de los dilemas de este siglo: el impacto del cambio climático en los cultivos y la producción de alimentos, una amenaza que podría afectar a millones de personas en los próximos años.
El trayecto de Chan está marcado por una convicción que trasciende los resultados de laboratorio: “La gente que hace ciencia no es brillante, es apasionada y trabaja mucho. No hay que ser especial, hay que gustarle lo que uno hace y dedicarle mucho esfuerzo”, sostiene.
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Para Chan, el motor de la investigación es la dedicación cotidiana, el trabajo en equipo y la humildad metodológica: “Estos proyectos no son individuales. Requieren muchas manos, muchas cabezas y discusión científica. Formar personas es parte de nuestro trabajo; sin eso, no somos científicos plenos”.
El impacto de sus hallazgos, especialmente en la ingeniería genética aplicada a cultivos resistentes, trasciende la publicación o transferencia de tecnologías. La científica subraya que el verdadero avance fue haber inaugurado una nueva forma de colaboración entre instituciones públicas y empresas privadas en Argentina.
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Ha colaborado con laboratorios de Chile, Francia, Alemania y Estados Unidos. Su vocación científica surgió en la infancia, alentada por su familia y mentores. A los 16 años se exilió en Israel, donde obtuvo el título de grado en bioquímica en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
El doctorado lo realizó en su país, en la Universidad Nacional de Rosario, en 1988. En Francia definió su pasión por las plantas, alcanzando un posdoctorado en el Institut de Biologie Moléculaire des Plantes.
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Toda su investigación se desarrolló en Argentina: durante décadas, formó equipos y promovió nuevas generaciones, consolidando una verdadera escuela argentina en biología vegetal.
En diálogo con Infobae, en el Instituto de Agrobiotecnología del Litoral (IAL) en la ciudad de Santa Fe —donde reside y trabaja desde hace más de 20 años—, repasó su recorrido: la vocación forjada en la familia, el rol de los mentores, el sentido profundo de su tarea y el sueño científico de mitigar el hambre en el mundo.
—El premio te reconoce como una de las 5 científicas más relevantes del mundo y es la primera vez que distingue a la biotecnología agrícola. ¿Notaste una evolución en el lugar de la mujer en la ciencia a lo largo de tus más de 40 años de carrera?
—Considero fundamental el premio FWIS. Aunque en Argentina estamos cerca de una igualdad de oportunidades, las mujeres a nivel mundial tienen una representación muy baja en los máximos reconocimientos. Se ve mucho en los premios Nobel, donde la presencia femenina en lograr la estatuilla ronda el 2%. Eso va a cambiar, como sucedió en nuestro país. En el CONICET, cuando accedí a la máxima categoría, apenas el 1 o 2 % éramos mujeres. Hoy estoy segura de que ese porcentaje creció de forma significativa. El cambio responde a una cuestión social: antes, muchas mujeres se dedicaban prioritariamente al cuidado de los hijos; ahora, esa responsabilidad se comparte. Las diferencias se van reduciendo y las mujeres empiezan a ascender en la carrera científica. Personalmente, nunca percibí un sesgo en concursos o evaluaciones, aunque sé que en otros países persisten barreras graves. En mi experiencia, los obstáculos estuvieron más vinculados a la exigencia de conciliar la crianza con la carrera.
—¿Cómo impactó esa doble exigencia en tu trayectoria?
—Fue una elección personal. Hacer ambas cosas, ser madre y científica. Eso implicó restar tiempo a la carrera y también a mis hijos. Todos sobrevivimos, pero fue más difícil que hacer una sola. No todas las mujeres lo hacen, y cada vez son menos las que tienen hijos o demoran mucho más en tomar esa decisión. El verdadero techo de cristal, al menos en la ciencia argentina, está en la exigencia invisible que pesa sobre el reparto de tareas familiares.

El descubrimiento de HaHB4 y la ingeniería genética aplicada al hambre
—Lo más sustantivo de tu trabajo es cómo responden las plantas a condiciones de estrés ambiental. Se te asocia con la sequía, pero cuando uno revisa tus papers se ve un abordaje sobre muchos tipos de estrés ambiental. ¿Por qué te empezaste a hacer esas preguntas?
—Las preguntas surgieron en la adolescencia y al elegir la carrera universitaria. Las plantas son ejemplo de complejidad: la química, los genes, las proteínas y las reacciones catalíticas son fundamentales, pero la interacción con el ambiente lo es aún más. Una semilla sembrada en ambientes diferentes da plantas muy distintas. El oxígeno que respiramos proviene en gran parte de las plantas durante la fotosíntesis. Hay estudios recientes que muestran que las plantas perciben sonidos y pulsos eléctricos, lo que les permite captar estímulos ambientales. La sequía, por ejemplo, causa la pérdida de la mitad de la producción mundial. Además, estudio inundaciones, calor extremo, frío, suelos salinos y estrés mecánico.
—Escucharte ratifica que te adelantaste a tu tiempo. Mucho de lo que describís tiene que ver con este siglo XXI, donde la narrativa sobre el cambio climático impacta directamente en la producción de alimentos
—Es cierto. El cambio climático está afectando mucho la producción de alimentos. Igualmente, la producción no sería un problema hoy si hubiera una distribución equitativa. En nuestro país hay personas que pasan hambre, pese a que producimos más alimentos de los que consumimos. Es un problema político que excede a los científicos, salvo en nuestro rol como ciudadanos. A corto plazo, desde lo científico, la producción de alimentos podría resolver el hambre si se distribuyera bien.
El cambio climático, advierte Chan a Infobae, afecta de manera directa la producción de alimentos. Aunque la producción global es suficiente, la distribución desigual genera hambre incluso en países productores como Argentina. El desafío es producir más en las mismas áreas, sin expandir los límites agrícolas y sin perjudicar ecosistemas.
—Siendo Argentina un territorio de privilegio en sus condiciones para cultivos, ¿por qué cuesta tanto resolver la paradoja de la desigualdad de acceso a los alimentos?
—Depende mucho de las cuestiones políticas. Tenemos mucha gente por debajo de la línea de pobreza o con ingresos mínimos. No sé si todos o cuántos están en la indigencia y no llegan a comer. El territorio argentino, obviamente, es privilegiado. Tenemos campos, muchos espacios y agua. El agua es el recurso más preciado y por el cual se va a pelear en el futuro. Podemos hacer millones de cosas acá.
—¿Cómo explicarías de forma sencilla qué implicó el hallazgo del gen HaHB4 y por qué le interesó al mundo entero?
—El gen se llama HaHB4. “HA” son las iniciales de Helianthus annuus, el girasol. “HB” indica que es un gen homeobox, y “4” es un número de orden en el laboratorio. Observamos que algunas plantas toleran más tiempo la falta de agua. Aislamos genes de girasol y los incorporamos en plantas que no los tenían, como Arabidopsis thaliana (soja, maíz y trigo).
Las plantas con HaHB4 toleran períodos mucho más largos sin agua. Este gen ganó notoriedad porque llegó al mercado, pero también trabajamos con otros genes: tolerancia a inundación, resistencia a estrés oxidativo y mayor producción. Siempre buscamos aumentar el rendimiento en los mismos territorios, sin expandir la frontera agrícola.
La formación científica y el desafío de la vocación
El legado de Chan no solo está en los genes identificados o en las variedades de cultivos más resistentes, sino en un modo de concebir la ciencia como tarea colectiva y formadora.
En su caso, la transmisión del conocimiento —ese “granito de arena” que Chan considera esencial— tuvo en Néstor Carrillo a un referente clave. “Fue, y sigue siendo un maestro excepcional para mí y para muchísima gente. Se acaba de jubilar, aunque sigue escribiendo papers. Me tuvo una paciencia infinita.”
En el Instituto de Agrobiotecnología del Litoral (IAL) -su segunda casa- Chan promovió la Experiencia Experimental, un sistema en el que los estudiantes de tercer año rotan por distintos laboratorios para fortalecer la formación práctica. Valora el rol de las tesinas y las actividades extracurriculares, aunque advierte que las becas de grado siguen siendo pocas y de bajo monto.
La trayectoria de Chan se erige así como una invitación a que nuevas generaciones amplíen los límites de la investigación, convencidas de que la pasión, el rigor y la cooperación son la verdadera semilla del futuro científico en la Argentina.
Importancia del Premio L’Oréal-UNESCO FWIS 2026
El Premio L’Oréal-UNESCO “Por las Mujeres en la Ciencia” es uno de los reconocimientos internacionales más prestigiosos para mujeres científicas.
Solo el 31,7% de la población investigadora mundial son mujeres y menos del 4% de los premios Nobel en ciencias han sido otorgados a mujeres. El galardón busca visibilizar y empoderar el aporte femenino, revertir las brechas y ofrecer oportunidades reales de desarrollo profesional.
La edición de 2026 distingue a cinco científicas destacadas —una por cada región internacional— mediante un jurado compuesto por especialistas de alto nivel. Cada galardonada recibe 100.000 euros, formación en comunicación y oportunidades de proyección global. Chan es la 12ª científica argentina distinguida con este premio, y la segunda consecutiva para el país.
Innovación y liderazgo femenino
La Argentina sobresale en la región por su alto porcentaje de mujeres en investigación y reconocimientos internacionales. El 53,6% de las personas investigadoras en el país son mujeres, ubicándolo en el cuarto puesto regional en el programa Women in Science, según la Fundación L’Oréal.
A quienes desean iniciarse en la investigación, la científica experta bioquímica recomienda: “Si quieren dedicar su vida a la ciencia, no se rindan. Van a encontrar plenitud en un trabajo que se vive como una verdadera forma de vida”.

Las 5 ganadoras del Premio Internacional L’Oréal-UNESCO Mujeres en la Ciencia 2026
Chan fue distinguida con el Premio Internacional L’Oréal-UNESCO “Por las Mujeres en la Ciencia” 2026, un reconocimiento junto a destacadas científicas de otros continentes. Junto a investigadoras de África, Asia-Pacífico, Europa y América del Norte, Chan representa a América Latina y el Caribe, consolidando así una red global de excelencia que visibiliza el aporte de mujeres en la investigación científica a nivel mundial.
Latinoamérica y el Caribe: Raquel Lia Chan (Biotecnología agrícola, Argentina)
Reconocida por transformar los fundamentos de la biología vegetal en innovación agrícola, mediante el descubrimiento de genes y mecanismos biológicos que mejoran la tolerancia de las plantas a los cambios ambientales. Aplicó estos conocimientos al desarrollo de variedades de trigo, maíz, arroz y soja resistentes a la sequía, contribuyendo a la seguridad alimentaria mundial.
Europa: Sarah A. Teichmann (Biología celular, Reino Unido)

Reconocida por su investigación interdisciplinaria que utiliza la ciencia genómica y la biología computacional para comprender el cuerpo humano con resolución a nivel de célula individual. Su trabajo en tecnologías de célula individual ha proporcionado recursos fundamentales para la investigación biomédica, el descubrimiento de fármacos y la salud pública.
Norteamérica: Gordana Vunjak-Novakovic (Bioingeniería, Estados Unidos)

Galardonada por su labor pionera en ingeniería de tejidos humanos y medicina regenerativa. Contribuyó al desarrollo de «órganos en un chip» y sustitutos biológicos para reparar, mantener o mejorar la función de los tejidos, lo que ha sido fundamental para reproducir la fisiología de los órganos.
África y los Estados Árabes: Liesl Zühlke (Sistemas cardíaco y cardiovascular, Sudáfrica)

Premiada por mejorar la atención a los niños con enfermedades cardíacas, en particular la cardiopatía reumática, que afecta especialmente a quienes viven en la pobreza. Su investigación replanteó la cardiopatía reumática como un problema sociopolítico vinculado a las desigualdades del sistema sanitario.
Asia y el Pacífico: Felice Jacka (Psiquiatría, Australia)

Destacada por sentar las bases del campo de la psiquiatría nutricional. Su investigación reveló la relación entre la alimentación y la salud mental y cerebral, reconociendo la dieta y la nutrición como factores de riesgo de los trastornos mentales y transformando la forma en que se entiende la salud mental.
*Fotos y video en Santa Fe: Leo Galetto
*Edición de video: Nicolás Spalek - Media Lab Infobae
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