La mayoría de los participantes en el estudio se sorprendieron al comprobar la brecha entre la cantidad de información que creían que usaban y la que realmente usaban. (iStock)
La mayoría de los participantes en el estudio se sorprendieron al comprobar la brecha entre la cantidad de información que creían que usaban y la que realmente usaban. (iStock)

En la era de la información se puede saber todo sobre cualquier cosa con gran facilidad. En consecuencia, las personas toman decisiones razonadas sostenidas en datos, como nunca antes.

¿O no?

Según un estudio de la Universidad de Chicago, los individuos "no comprenden del todo la inmediatez de sus juicios, y en cambio suponen que ellas y otros considerarán más información antes de llegar a una conclusión que la que realmente consideran".

Categorizar rápidamente algo como bueno o malo es un mecanismo de adaptación que permite al cerebro humano no quedar paralizado por la sobrecarga informativa. Sin embargo, la diferencia entre los datos que la gente supone que usa y los datos que realmente usa en el momento de tomar una decisión, crean una inclinación psicológica. "Aun luego de pagar los costos de obtener y compartir más información cada vez, las personas no avanzan y no la incorporan a sus juicios", afirmaron los investigadores Nadav Klein y Ed O'Brien en su trabajo.

"La disponibilidad enorme de información no significa que uno la use, aunque la tenga", escribió Klein en un artículo para The Conversation. En realidad, décadas de investigación en psicología dicen lo contrario, y la revolución de los datos no parece haber cambiado la tendencia.

"Las personas forman impresiones duraderas de los otros en cuestión de milisegundos, los evaluadores juzgan a los maestros en menos de un minuto y los consumidores toman decisiones de compra basados en poca deliberación", agregó. "Incluso parece las decisiones de voto se pueden predecir de impresiones preliminares que se gestaron en periodos increíblemente breves".

Aunque eso les sucede a diario, los individuos siguen considerando que sus decisiones se basan en la razón y los datos. "Y esta desconexión puede tener consecuencias en la vida cotidiana", señaló Klein. Influye en el momento de "decidir cuánta información obtener para tomar las propias decisiones. ¿Cuánto tiempo hay que probar un servicio antes de decidir que a uno le gusta lo suficiente como para pagarlo? ¿Cuánto tiempo hay que salir con alguien antes de decidir casarse?"

Las personas no suelen valorar el peso de los aspectos irracionales en su toma de decisiones.
Las personas no suelen valorar el peso de los aspectos irracionales en su toma de decisiones.

Para su investigación, Klein y O'Brian pusieron a prueba si las personas pueden predecir correctamente cuánta información ellas y los demás usan al formar un juicio. "De manera regular, hallamos que la gente se sorprendía por la rapidez con que hacía juicios y por la poca información que usaba para formarlos", sintetizaron.

En un estudio le pidieron a un grupo de participantes que imaginasen intercambios agradables y desagradables con otras personas, y se formaran una impresión sobre ellas. Mientras tanto, otro grupo debía predecir cuántas de esos intercambios necesitaría para tener una idea sobre el carácter de esas personas. "Encontramos que la gente creía que necesitaría más interacciones para formar un juicio, cuando en realidad el primer grupo necesitó muy pocas".

En otro estudio le solicitaron a estudiantes de master que escribieran solicitudes de empleo para hipotéticos cargos gerenciales; luego se las hicieron leer a encargados de recursos humanos. "Los aspirantes escribieron y compartieron mucho más material del que los profesionales a cargo de la contratación estuvieron dispuestos a leer", ilustraron.

Las mismas discrepancias entre creencia y realidad se vieron cuando se trataba de decidir cuánto tiempo lleva considerar que alguien es la persona con quien casarse, si el sabor de una bebida nueva era agradable o no, si el desempeño atlético merecía una evaluación positiva o negativa.

Entre las varias razones, la primera que Klein destacó es que, de manera ingenua, se cree que la mente humana procesa los datos nuevos de manera incremental, cuando en realidad parece hacerlo casi de manera exponencial: la información más antigua es la que pesa más.

Otra razón es que cada fragmento de información tiene un valor independiente, según la brecha de empatía, que es una forma del prejuicio cognitivo: la gente subestima la influencia de los aspectos irracionales en sus preferencias y actitudes. "La primera experiencia puede ser tan absorbente como para inclinar el juicio de manera irrevocable, y hacer innecesarias las interacciones futuras".

El hecho de que haya más información disponible no implica que las personas la usen más. (iStock)
El hecho de que haya más información disponible no implica que las personas la usen más. (iStock)

Klein recordó también "la tendencia humana a confiar en los estereotipos al juzgar a otras personas". Aunque alguien puede creer que va a considerar toda la información disponible sobre otra persona, no sólo no lo hace por poco práctico o imposible, sino porque "la gente tiende más a considerar muy poca información y permitir que se cuelen los estereotipos". Tenerlo presente es importante para, precisamente, rechazarlos y poder sumar información.

Así, la abundancia de datos que permite la tecnología reciente enfrenta, en realidad, una estructura de la mente humana que la filtra según valores que poco tienen que ver con la información en sí. En consecuencia, las personas sobrevaloran las pruebas de largo plazo, pagan en exceso por ayuda para sus decisiones y se esfuerzan de más para impresionar a los otros.

"La tecnología permite que prácticamente cualquier decisión que se tome hoy esté más informada que la misma decisión tomada hace pocas décadas", concluyó Klein. "Pero la confianza humana en el juicio rápido puede frustrar esa posibilidad".

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