El curioso caso de Lula da Silva

El presidente brasileño parece empecinado en borrar el legado de sus anteriores gestiones. Su cercanía con Rusia y China y el “nuevo orden mundial”

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El presidente de Brasil Luiz
El presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva durante una visita al Centro de Investigación y Desarrollo de Huawei en Shanghai, China, el pasado 13 de abril (Reuters)

El 27 de mayo de 1922 Francis Scott Fitzerald publicó en la revista Collier’s un cuento al que tituló: “El curioso caso de Benjamin Button”. Relataba la vida de un hombre que nació anciano y rejuvenecía a medida que pasaban los años hasta convertirse en bebé. La historia fue publicada nuevamente ese mismo año en “Cuentos de la Era del Jazz”, una antología de once obras breves del autor. Casi un siglo después, en 2008, el director David Fincher la llevó con gran éxito al cine, protagonizada por dos brillantes Brad Pitt y Cate Blanchett.

Lula da Silva atraviesa, al parecer, un curioso proceso político similar. El presidente brasileño muestra señales de estar caminando una cronología inversa en su vida pública, un retroceso singular para alguien de 77 años con una amplia experiencia sobre sus espaldas y para quien ocupa la máxima magistratura del país por tercera vez. El 1 de enero pasado asumió nuevamente la presidencia más importante -en términos territoriales y económicos- de América del Sur. Lo hizo luego de derrotar en las urnas a su alter ego Jair Bolsonaro, el representante de una derecha ácida que se caracterizó por ser todo lo políticamente incorrecto que fuera posible hasta la irritación.

Desde entonces, Lula ha querido contrastar lo máximo posible con Bolsonaro, quien pasó unas largas vacaciones en Florida, Estados Unidos.

En el plano internacional, el jefe del Partido de los Trabajadores (PT) buscó su primera fotografía con Joe Biden, visitándolo en la Casa Blanca el pasado 10 de febrero. Sin embargo, pese a ese acercamiento y las palabras de compromiso, Lula decidió enfocarse en otro camino. Algunos creen que el comportamiento del brasileño responde a supuestos conjuros que hilvanan sus desprolijidades patrimoniales con sus desventuras judiciales. Esa hipótesis resulta recurrente en los líderes populistas de la región.

En su cronología inversa, el presidente brasileño cree que llegó la hora de la emancipación. Tiempo de mostrarse independiente. Libre. A los 77 años. Ya no basta con las zigzagueantes idas y venidas que realizó durante sus dos primeras presidencias, donde mantuvo una equilibrada, clara y profunda relación con los Estados Unidos y un jugueteo ideológico entretenido con el resto de América Latina en foros regionales.

Ahora, Lula busca mostrarse como el Lula de sus orígenes más radicales. Combativo. No el de sus primeras presidencias, moderado y racional, sino aquel de una génesis más sindical. En una pelea contra el reloj, busca rejuvenecer, como no tuvo opción el Button de Fitzerald. Y desde hace un año que viene dando pistas de ese intento de emancipación.

En una larga entrevista a la revista Time ofrecida el 4 de mayo de 2022 a la periodista Ciara Nugent, Lula había dicho que Volodimir Zelensky era igualmente culpable que Vladimir Putin por la guerra. “Este tipo es tan responsable como Putin de la guerra. Porque en la guerra no hay un solo culpable”, concluyó. También señaló con el dedo a los Estados Unidos y a Europa por las desgracias ucranianas. Fue una de sus primeros avisos: estaba más cerca de Moscú. Ese concepto lo volvió a pronunciar hace pocas horas, lo que despertó la respuesta norteamericana: Repite la propaganda rusa y china”, dijo John Kirby, portavoz del Consejo de Seguridad Nacional. Hay que hacer memoria, mucha memoria, para recordar un comunicado tan duro por parte de Washington.

Desde aquella entrevista con Time pasaron varios meses. Pero al asumir la primera magistratura Lula volvió a rebelarse contra el Lula que supo ser entre 2003 y 2010. Permitió que buques de guerra iraníes amarren en el puerto de Río de Janeiro, en una maniobra inédita para la región y permitiendo que el régimen de Teherán paseara por el Atlántico en una clara provocación a Washington. Ocurrió el penúltimo día de febrero, dos semanas después de que estuviera en la Casa Blanca sonriendo junto a Biden. “Autorizo la visita de los buques Iris Makran e Iris Dena, pertenecientes a la Marina iraní, al puerto de Río de Janeiro-RJ, en el período del 26 de febrero al 4 de marzo de 2023″, señalaba el documento firmado por el vice almirante Carlos Eduardo Horta Arentz.

Ambas embarcaciones figuran como sancionadas por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, de acuerdo a la Orden Ejecutiva 13599. Lula sabía en qué se estaba metiendo. Y continuó. Ahora, es posible que reciba al presidente del régimen, Ebrahim Raisi, quien prepara un viaje por América Latina. Quizás sea su oportunidad para hacer algún tipo de reclamo por los atentados terroristas cometidos en 1992 y 1994 en Buenos Aires y le pida a Raisi que entregue a los funcionarios iraníes que reclama la justicia argentina.

Pero el de los barcos no fue el único acto de cronología inversa de Lula. Hace sólo cinco días, desembarcó en China. Su gira estuvo llena de simbolismos: recorrió una planta de Huawei en Shanghai. La empresa tecnológica fundada por un ex militar del Ejército de Liberación Popular (ELP) es controlada por el régimen de Beijing y actúa como punta de lanza en la carrera digital para imponer su propia red de 5G en todo el mundo. “La visita a Huawei es una demostración de que queremos decirle al mundo que no tenemos prejuicios en nuestra relación con China”, dijo tras probarse unas peculiares gafas de realidad aumentada, foto que eliminó luego de sus redes sociales.

En el mismo y multitudinario tour se reunió con Xi y anunció que propiciaba un nuevo modelo de negocios en el que ya no se dependiera del dólar como moneda de intercambio. ¿Lula quiere someter su economía al yuan? ¿Al rublo? ¿O pretenderá que sea China la que acepte reales en su banco central?Buena suerte con eso”, le deseó el ex embajador norteamericano en Brasilia, Thomas Shannon, al presidente latinoamericano.

En Beijing, Lula había transmitido otro mensaje que pasó casi inadvertido. Junto a Xi Jinping otorgaron un nuevo impulso al Nuevo Banco de Desarrollo. Es la entidad bancaria empujada por los países que conforman el BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y que se propone otorgar créditos a países en desarrollo. El Kremlin alentó en 2022 que este año sean considerados Irán y la Argentina como nuevos adherentes al bloque. Lula premió a su siempre leal Dilma Rousseff, ex presidenta brasileña, como la encargada de conducir el banco. Sus socios aceptaron. ¿Ese flamante ente crediticio servirá para financiar a regímenes golpeados por las sanciones internacionales? Es una sospecha.

Este lunes, ya de vuelta en casa y luchando contra el jet lag, el brasileño recibió a Sergei Lavrov, el canciller ruso que recorrerá varios países de la región, entre los que figuran las florecientes democracias de Venezuela, Nicaragua y Cuba. No se sabe de qué hablaron. Un rumor indica que quizás el brasileño le haya propuesto un intercambio de prisioneros: la liberación del periodista Evan Gershkovich del diario The Wall Street Journal -detenido bajo el absurdo cargo de espionaje- por el agente ruso preso en Brasilia, Sergey Cherkasov. Podría ser interpretado como una rama de olivo para Washington ante tanto descalabro ideológico.

Otra alternativa sería que Lula y Lavrov además hayan hablado de la obsesión de Rusia y de China, a la que podría sumarse Brasil como un activo socio latinoamericano: configurar el nuevo orden mundial que promueven Putin y Xi. Uno en el que se encarcelan políticos disidentes, periodistas, se invaden países y se cometen crímenes contra la humanidad. En el actual contexto de transformación, es insospechado hasta dónde puede llegar el curioso caso de Lula da Silva.

Twitter: @TotiPI

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