Un nuevo estudio pesimista sobre la Gran Barrera de Coral parece difícil de refutar: analizó datos de 91 años, el mayor volumen disponible hasta hoy. (Shutterstock)
Un nuevo estudio pesimista sobre la Gran Barrera de Coral parece difícil de refutar: analizó datos de 91 años, el mayor volumen disponible hasta hoy. (Shutterstock)

En abril de 1922, el profesor H.C. Richards del Departamento de Geología de la Universidad de Queensland en Brisbane, pronunció un discurso ante la Sociedad Real de Geografía de Australasia: “Problemas de la Gran Barrera de Coral”. Lo escucharon con tanta atención que pronto se puso en marcha una expedición científica con investigadores de Australia, Nueva Zelanda y el Reino Unido, impulsada por el Comité del Arrecife de la Gran Barrera y la Sociedad Real de Londres.

Hoy se la conoce como la Expedición de 1928-1929 a la Gran Barrera de Coral, y fue el primer estudio de campo de tal escala que se volvió histórico. Durante un año un equipo de científicos dirigido por Charles Yonge, que llegó a contar con 23 investigadores, se instaló en Low Isles, frente a Port Douglas para estudiar la vida de los corales durante las cuatro estaciones. Contaron con unas escafandras enormes, que hoy parecen cubos con visor, y la colaboración de los aborígenes Yidinji. Pasaron horas bajo el agua, registrando —en vidrio, con un lápiz de madera— estas comunidades complejas.

Una imagen de sarcophyton (un coral blando) expueto, tomada durante la Expedición 1928. (CM Yonge/Biblioteca Nacional de Australia)
Una imagen de sarcophyton (un coral blando) expueto, tomada durante la Expedición 1928. (CM Yonge/Biblioteca Nacional de Australia)

Esa búsqueda fue la base de otras expediciones famosas, como la de 1954, y acaba de servir de guía a una de 2019 que, gracias a aquel trabajo pionero, confirmó la decadencia de estos los corales: la intensidad del estrés ambiental que ha sufrido la gran barrera no sólo es visible en su destrucción, sino que difícilmente se pueda revertir. Nadie más podrá describirla como “un laberinto”, según las palabras del capitán James Cook, en 1770, cuando puso a prueba su habilidad para llevar la nave Endeavour a puerto.

El estudio de las universidades de Queensland y Bar-Ilan (Israel), que acaba de ser publicado en Nature, llevó a biólogos marinos del presente detrás de los pasos de Yonge y sus colegas. En 2004, 2015 y 2019 controlaron la cantidad de especies, el tamaño de las colonias y la temperatura del agua, entre otros datos. Al sumar a esta información la de 1928 y la de 1954 (expedición que incluyó a uno de los científicos de la primera), los autores ha completado el seguimiento ecológico más extendido de los corales. Cuyo análisis, penosamente, arrojó la conclusión de que los arrecifes han sufrido casi un siglo de devastación.

En la comparación con el pasado de la Gran Barrera, los investigadores encontraron pérdida de biodiversidad y reemplazo de corales duros por otros blandos, como este. (Maoz Fine, Universidad de Bar Ilan)
En la comparación con el pasado de la Gran Barrera, los investigadores encontraron pérdida de biodiversidad y reemplazo de corales duros por otros blandos, como este. (Maoz Fine, Universidad de Bar Ilan)

“Encontramos varios lugares donde no había corales, aunque habían sido descriptos como arrecifes hermosos”, dijo a Popular Science Maoz Fine, ecologista marino de Bar-Ilan, uno de los cuatro que participaron en el estudio. “Actualmente no hay nada. No hay corales. No hay invertebrados. Fue realmente triste ver esto en un lugar tras otro”.

“Aprovechamos una oportunidad inusual de comprender la supervivencia de los arrecifes de corales en el contexto de casi un siglo de datos biológicos”, expresó el texto publicado en Nature. “Nuestro estudio revela una decadencia sistemática y de largo plazo en la riqueza de corales e invertebrados en los arrecifes de Low Islands desde la época de la Expedición de 1928-1929 a la Gran Barrera de Coral y un desplazamiento de fase hacia una comunidad coralina de baja complejidad”.

El grupo de científicos que hizo la primera expedición a la Gran Barrera, entre 1928 y 1929, en Low Islands. (CM Yonge/Biblioteca Nacional de Australia)
El grupo de científicos que hizo la primera expedición a la Gran Barrera, entre 1928 y 1929, en Low Islands. (CM Yonge/Biblioteca Nacional de Australia)

El análisis comparó información de 91 años sobre factores claves como la temperatura de superficie del agua, su pH, el aumento del nivel de los mares, el impacto de fenómenos como ciclones e inundaciones, la presencia de la estrella de mar Corona de espinas, que se alimenta de corales duros, y el blanqueo. Comprobó así un cambio importante en Low Islands acompañado por “diferencias visuales sustanciales y escasa prueba de adaptación” de los corales.

El equipo se concentró en dos tipos de espacios: los de zona intermareal (afectados por la variación de las mareas) y los que están siempre cubiertos de agua. Los arrecifes más afectados fueron los intermareales, y cuando de ellos estaban casi completamente perdidos. En las comunidades sumergidas se halló un cambio visible: se pasó de comunidades de corales duros y blandos al predominio de los blandos.

Factores como el aumento de la temperatura del agua, las inundaciones y los químicos de la agricultura vertidos al mar son las principales fuentes de muerte coralina.
Factores como el aumento de la temperatura del agua, las inundaciones y los químicos de la agricultura vertidos al mar son las principales fuentes de muerte coralina.

Ese dato fue una de las peores señales para los científicos: dado que los ecosistemas tratan de resistirse a ese tipo de cambios, la explicación es que si lograron imponerse fue por “cambios ambientales graves”. Fine advirtió que suele ser muy difícil revertir un estado degradado hacia su mejor versión original: “Muchas décadas, si acaso se puede”.

También la riqueza de especies sufrió una caída visible. Y dado que las relaciones en la biodiversidad de los arrecifes es tan especializada, la pérdida de variedad coralina causa la pérdida de especies no-coralinas. En un sitio por ejemplo, donde los corales blandos proliferaron sobre la decadencia de los duros, la riqueza de formas de vida se redujo a la mitad desde 1928 hasta 2004. Hacia 2019 se verificó una caída del 37% adicional.

Despedida de la Expedición 1928-1929 a Low Islands. (CM Yonge/Biblioteca Nacional de Australia)
Despedida de la Expedición 1928-1929 a Low Islands. (CM Yonge/Biblioteca Nacional de Australia)

Uno de los factores de estrés principales, la temperatura de las aguas marinas, subió 0,7ºC desde 1928, una señal del calentamiento global, consideraron los expertos. Pero también hay elementos locales de igual capacidad de alteración del medio natural.

A medida que la población costera creció en Australia, también aumentó la actividad agrícola: los fertilizantes que emplean los productores se pasan al arrecife, y alteran la proporción de nutrientes. Eso beneficia el crecimiento de las algas y causa la muerte de los corales. También el uso y la disposición del agua cambia, de manera tal que no fluye por las 40 cuencas que cubren la extensión de la Gran Barrera: algunos arrecifes se inundan y los corales ya no reciben el sol.

Maoz Fine, de la Universidad Bar-Ilan, es uno de los principales expertos del mundo en corales, y es coautor de este trabajo. (AP)
Maoz Fine, de la Universidad Bar-Ilan, es uno de los principales expertos del mundo en corales, y es coautor de este trabajo. (AP)

Para que exista la posibilidad de que se recuperen estas colonias, “hay que eliminar las perturbaciones locales”, señaló Fine. No es posible hacer demasiado sobre la temperatura del mar, salvo quizá evitar que empeore. Pero hay otras acciones por tomar, concluyó el experto: “Prevenir las inundaciones y evitar que los químicos que llegan desde la tierra pongan en peligro el esfuerzo de estos arrecifes por recobrarse”.

Este trabajo con datos de casi un siglo confirma el pesimismo fundado de otra investigación, difundida en abril, del Centro ARC, de Australia, que mostró un panorama de blanqueamiento masivo tras las olas de calor oceánicas de 2016 y 2017. No sólo murieron muchos corales adultos, sino que por primera vez se observó una pérdida considerable entre los nuevos. “Hay tantos corales y el arrecife se ha visto alterado tantas veces antes”, dijo Andrew Baird, investigador jefe del centro y coautor del estudio. "Pero nunca pensamos que seríamos testigos de esto”, admitió.

La pareja de investigadores Mattie y Maurice Yonge, en la famosa Expedición 1928-1929 a Low Islands. (CM Yonge/Biblioteca Nacional de Australia)
La pareja de investigadores Mattie y Maurice Yonge, en la famosa Expedición 1928-1929 a Low Islands. (CM Yonge/Biblioteca Nacional de Australia)

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