Qué es la “antifragilidad” y cómo se puede aplicar en el mundo laboral en épocas de crisis

Durante este período de pandemia se evidenció el impacto que ha tenido el COVID-19 en las organizaciones. Cómo revertir el diagnóstico

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Diferentes estudios en profundidad realizados recientemente focalizan la problemática del impacto del coronavirus y la cuarentena en la salud mental de la población. Uno de ellos, publicado en The Lancet habla de un incremento de más del 50% en ansiedad y depresión. Otro más reciente de la misma reconocida fuente científica señala que la imprevisibilidad e incertidumbre de la pandemia, los encierros asociados, el distanciamiento físico y otras estrategias de contención más el colapso económico resultante podría aumentar el riesgo de problemas de salud mental y exacerbar las desigualdades en esta dirección. El análisis realizado por la ONG Mind Share Partners a nivel global registra cifras muy similares.

Mucho se ha hablado durante este período de nuestra fragilidad y el impacto que ha tenido en cada uno de nosotros el COVID-19. Según el diccionario, ser frágil implica quebradizo, y que con facilidad se hace pedazos. Débil, que puede deteriorarse con facilidad.

Como contracara, muchas veces pensamos en la robustez. Nuevamente, recurriendo nuestros especialistas de la Real Academia Española, lo explican como fuerte, vigoroso, firme. Que tiene fuertes miembros y firme salud. En situaciones como la que estamos atravesando, solemos pensar quién será poseedor de tales cualidades para poder franquear exitosamente la pandemia, sobrevivir.

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Cuando ponemos nuestra atención en cosas frágiles, nuestra primera actitud es desarrollar un mecanismo de protección para evitar cualquier golpe que pueda dañarlos, de forma tal que permanezca así a lo largo del tiempo. Le generamos un sistema de defensa, y así lo protegernos. Cuando pensamos en nosotros como personas frágiles, tendemos a hacer lo mismo, evitamos cualquier tipo de potencial agresión externa por temor a quebrarnos rápidamente, con lo que nos sostenemos gracias a todo eso externo, en lugar de fortalecernos internamente.

Por el otro lado, si consideramos que algo es lo suficientemente robusto, confiamos en que tendrá a capacidad de responder a los golpes; si una persona aparenta ser fuerte, sobreentendemos que tendrá la capacidad de resistencia ante los embates que le son ajenos. Pero no siempre es así, un buen golpe (o inesperado), también lo puede impactar negativamente y doblegarlo. También vemos personas que aparentemente tienen todas las señales de fortaleza, pero repentinamente no tienen las habilidades para responder apropiadamente y se asemejan a aquellos que eran denominados frágiles.

Sin embargo, la vida y el mundo nos están demostrando que nada es tan blanco y negro, tan puro de un extremo ni del otro. Todos tenemos ciertos rasgos de fortaleza y otros de fragilidad.

En este sentido, hay una idea desarrollada por Nassim Nicholas Taleb, quien ha dedicado su vida a estudiar los problemas de la suerte, la incertidumbre, la probabilidad y el conocimiento, el mismo autor del muy conocido libro El Cisne Negro y del más reciente Jugarse la piel, que nos puede servir de guía para adoptar una actitud alternativa en estos tiempos tan turbulentos: la antifragilidad.

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¿De qué se trata? Los antifrágiles son aquellos que las dificultades, los inconvenientes, las crisis los terminan favoreciendo. Son los que en tiempos complejos crecen más. A mayor nivel de aprietos, mejor se desempeñan. Los estresores los potencian y los benefician, en lugar de debilitarlos. Pueden transitar los momentos de turbulencia e incertidumbre con serenidad y convicción.

¿En qué se diferencia del fuerte, del robusto? No sólo soporta los golpes y la adversidad, sino que ante estas situaciones termina mejorando, optimizando, saliendo más robusto aún, más fuerte, más potente, más preparado.

Un buen ejemplo para descubrir esta cualidad y comprender la situacionalidad de estas ideas, lo podemos encontrar en un boxeador y un adulto mayor. El primero puede ser de contextura física aparentemente indestructible, mientras que mental y emocionalmente endeble. En ese caso, la probabilidad de salir victorioso en sus combates disminuye rápidamente. Mientras que una persona de edad avanzada, con apariencia física deteriorada, puede tener un espíritu que le permita transitar contextos difíciles de una manera muy positiva. Lo interno y lo externo se complementan para lograr salir airosos.

Lo mismo ocurre con muchas organizaciones que tienen excelentes marcas y campañas publicitarias llamativamente impactantes, pero sus culturas son tóxicas y se encuentran poco saludables, sus procesos rígidos, su liderazgo desgastado y su capacidad de respuesta en condiciones muy deterioradas. Sólo les queda la herencia de lo que fueron y aparentan, pero ya no le es suficiente para las demandas del presente y los desafíos del futuro. Hipotecaron su destino, pensando que eternamente se sostendrían con lo que fueron, y van languideciendo, solo esperando el golpe de gracia, que posiblemente no tarde en llegar. Del mismo modo, nos sorprendemos positivamente al observar cómo muchas empresas están reaccionando y generando respuestas superadoras, basado en su talento y capacidades internas, independientemente de sus externalidades aparentes o de lo que hubiéramos esperado previamente de ellas.

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Y se aprende a ser antifrágil haciendo, porque es justamente a partir de la acción cuando vamos adquiriendo esa capacidad. No es una idea teórica. Pensemos en el caso de todos aquellos que nos hemos formado en la escuela y la universidad pública, en la cantidad de situaciones que hemos tenido que atravesar (no por diseño, sino por defecto!). El tener a veces frío en invierno y calor en verano en las aulas, el tener que luchar por una nota que no aparecía en nuestro legajo, el tener que llegar temprano a una clase para poder tener un lugar para sentarnos. Todo ello nos fue generando una serie de “anticuerpos” que, a la hora de enfrentarnos a una dificultad laboral, nos situaba con más preparación para responder apropiadamente. Fue esa experiencia que nos fue nutriendo y equipando. Es el aprendizaje que está fuera de los planes de estudio, pero que tan útil nos resultó. Así también, aquellos que ya hemos recorrido otras crisis previamente, vemos a la presente con otros ojos. No la menospreciamos, pero conocemos ciertos rasgos que nos permiten atravesarla de otra manera.

¿Es lo mismo resiliente que antifrágil? No, la resiliencia es la capacidad de resistir los golpes y permanecer igual e intacto, no verse afectado negativamente. Es la capacidad de una persona para adaptarse exitosamente al estrés, trauma o adversidad. La capacidad de adaptación es su fundamento clave para resistir las amenazas externas y sobrellevar los acontecimientos estresantes. Y mucho se está hablando en estos días de ella. Mientras que el antifrágil, por su parte, no solo logra sobrellevar la situación adversa, sino que aprende y se mejora con los desafíos que enfrenta. Tiene la virtud de hacerse más fuerte con la aleatoriedad, la incertidumbre, la volatilidad, la complejidad, lo ambiguo, lo desconocido, lo incomprensible y los errores.

Y tal vez ahí está la clave: el antifrágil se prepara para poder enfrentar esas situaciones y es a partir de ellas que va desarrollando más y mejores capacidades.

Porque, sin dudas, la presente crisis en algún momento – ojalá que muy pronto- terminará, pero no quedaremos inmunizados y nada garantiza que próximamente no tengamos que vivir otra de una magnitud similar. Para ese momento, los antifrágiles estarán mucho mejor equipados y experimentados para poder afrontarla con coraje y valentía y responder con los mejores recursos que dispongan. Y, en definitiva, es la mejor estrategia para enfrentar a cualquier cisne negro que se nos presente.

*Alejandro Melamed es Doctor en Ciencias Económicas (UBA), speaker internacional y consultor disruptivo. Autor de varios libros entre ellos Diseña tu cambio (2019) y El futuro del trabajo y el trabajo del futuro (2017).

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