(IStock)
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¿Qué tiene la computadora que la vuelva imposible de manejar a una persona de 70 u 80 años? Nada. O mejor dicho: nada más que los prejuicios del eventual usuario y de quien se ofrezca a contarle los primeros secretos del asunto. Hoy, más que nunca, pensar de una manera rígida y cerrada, nos pone fuera de la realidad y de las posibilidades que nos ofrece.

En los últimos 50 años se ha generado más información que la que la humanidad había producido a lo largo de toda su historia. Y la tendencia no se detiene: James Appleberry, presidente de la Asociación Estadounidense de Colleges y Universidades públicas de EE.UU., anticipa que para 2020 ese cúmulo interminable de datos y datos se duplicará cada 73 días. Hay que estar abiertos y atentos para no quedarse al costado del camino.

Dice la licenciada Beatriz Vera Poseck, psicóloga y catedrática de la Universidad Complutense de Madrid: "En el campo de la salud mental es frecuente que existan ideas esquemáticas sobre la respuesta del ser humano frente a la adversidad, basadas en prejuicios y no en hechos comprobados. Esto llevó a una visión pesimista de la naturaleza humana. Sin embargo, el ser humano tiene una enorme posibilidad de adaptarse, de encontrar sentido y crecimiento personal aun ante las experiencias más terribles. La gente normal puede resistir con insospechada fortaleza a los
embates de la vida".

Lo más probable es que al abuelo o a la abuela de 70 y pico comunicarse con su hijo o nieto a través de la computadora le resulte más complejo que a un chico nacido y criado en una cultura digital, pero de todos modos, luego de las primeras incursiones lo logrará y el entusiasmo por el desafío aceptado y superado será una inyección de optimismo. Eso, claro está, siempre y cuando no ponga por delante el prejuicio de creer que no podrá y se quede afuera del intento.

El prejuicio, como sinónimo de anticipación al juicio, no es otra cosa que una suposición. Dice el psicólogo norteamericano Martin Seligman, fundador de la Psicología Positiva, que la mayoría de nuestras creencias son exactamente eso -prejuicios- y, por lo tanto, inútiles. Y apunta que un método interesante para confrontarlos es preguntarse internamente y con la mayor honestidad: ¿qué me pierdo por estar atado a este preconcepto/prejuicio?

Ejemplos hay a montones: desde estar convencido de que a cierta edad es imposible aprender computación -o bailar hasta asegurar que todos los que estudian tal o cual carrera son de una determinada manera o que si alguien vive en un barrio equis tiene que ser o muy bueno o muy malo.

Ser o parecer

(Shutterstock)
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Los prejuicios son parientes cercanos de los estereotipos: por un lado, generalizan (decir, por ejemplo, que "los hombres son infieles por naturaleza"), y por otro sesgan o parcializan (toman en cuenta un caso y lo vuelven postura definitiva, lapidaria).

El psicólogo norteamericano John Dollard afirma que el prejuicio nace de la frustración y la rigidez. ¿Por qué dificulta tanto nuestras relaciones? Porque los prejuicios están profundamente enraizados y se mantienen durante mucho tiempo o se pasan de generación en generación en una misma familia, en un grupo o en una cultura.

Otras características de la personalidad no tienen tanto impacto sobre la vida social, pero el prejuicio siempre se manifiesta socialmente y va de la mano de la discriminación. Una educación de estilo autoritario o en la que se ponga mucha fuerza en las metas o exigencias es caldo de cultivo para la formación de una personalidad prejuiciosa.

Dice la licenciada Solange García Bardot, psicóloga de Hemera, que la comparación y el juicio son dos de los errores más frecuentes que se cometen en la educación emocional de los chicos. "Estamos acostumbrados a comparar. Parece que siempre tuviéramos que ser parecidos o diferentes de alguien y nunca, simplemente, ser nosotros mismos. Cuando se compara se generaliza y no se tiene en cuenta la especificidad del otro -explica la psicóloga-. La comparación siempre excluye algo y es el camino más funcional para excluir en lugar de aceptar."

Juzgar y generar culpa son los pasaportes seguros hacia la frustración y el prejuicio. "Vivir en un ambiente donde se sienten emociones negativas, como la culpa por no alcanzar una meta o el rechazo porque simplemente algo no es 'aprobado', aporta poco al crecimiento y desarrollo –agrega la licenciada García Bardot-.

Cuando juzgamos negativamente, castigamos, avergonzamos y disminuimos, abusamos de nuestro poder como adultos. Si no nos gusta que un hijo, por ejemplo, tenga su cuarto desordenado podemos decírselo directamente y agregar que no tenemos por qué arreglar su desorden, pero evitemos catalogarlo de vago, sucio, o lo que creamos en ese momento que es. Porque además, él (ni nadie) no es únicamente lo que hace o deja de hacer." Entonces, comencemos por educar a nuestros hijos sin ideas preconcebidas para generar un efecto multiplicador en las próximas generaciones.

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