Muchos de ellos no solo nos afectan negativamente, sino que perjudican también a quienes están a nuestro alrededor
Muchos de ellos no solo nos afectan negativamente, sino que perjudican también a quienes están a nuestro alrededor

Aunque estemos convencidos de que cada decisión que tomamos a lo largo del día obedece a la reflexión o a nuestra elección personal, no es así: casi la mitad de nuestras acciones son hábitos, comportamientos aprendidos y repetidos en forma regular, sin demasiada intervención de nuestro cerebro. Es decir, muchas veces funcionamos en piloto automático.

Hacer el mismo camino para ir al trabajo, ducharse primero y desayunar después, comer siempre lo mismo o fumar, son hábitos que, aunque no todos tienen las mismas consecuencias en nuestra vida, la determinan. Es más, muchos de ellos no solo nos afectan negativamente, sino que perjudican también a quienes están a nuestro alrededor.

Los comportamientos no son parte de nuestro ADN, sino adquiridos y, por lo tanto, pueden cambiarse
Los comportamientos no son parte de nuestro ADN, sino adquiridos y, por lo tanto, pueden cambiarse

Hay algunos que son culturales o sociales, que para bien o para mal se aprendieron en el contexto de una familia o una comunidad. Hablar a los gritos, tratarse unos a otros de manera descortés o no saludar al llegar o al retirarse de algún sitio son hábitos que no nos benefician sino que incomodan o lastiman a las personas que nos rodean. Basta pensar en cuánto puede empobrecerse nuestra vida social o laboral si sostenemos este tipo de costumbres negativas.

Si le recriminás a alguien sus malos modales permanentes y te contesta: "Yo soy así", prestá atención. Los comportamientos no son parte de nuestro ADN, sino adquiridos y, por lo tanto, pueden cambiarse. ¿Es una tarea fácil? No siempre, pero en todo caso, no es una misión imposible.

Una rueda peligrosa

Charles Duhigg es un periodista del New York Times que investigó la forma en que los hábitos operan en las personas y en las empresas y acaba de volcar los resultados de su trabajo en un libro titulado The power of habits.

"Es una conducta que empieza como una elección y luego se convierte en un patrón casi inconsciente", explica en su página web. Pone el ejemplo de una persona que está sacando el auto de su garage: la primera vez, lo hará con una enorme concentración, mirando por los espejos, atenta al freno, a los transeúntes o al espacio del que dispone para realizar la maniobra. En lo sucesivo, esta operación se irá automatizando y un poco tiempo será realizada sin mayor reflexión.

Duhigg explica que no importa qué tan simple o complejo sea un hábito; todos tienen la misma estructura: una especie de rueda, o "habit loop" en inglés, que se repite de manera idéntica. Hay un disparador que le avisa al cerebro que se ponga en modo automático; una rutina, que puede ser una conducta física, mental o emocional y una recompensa.

La clave para enfrentar los hábitos no está en el esfuerzo o en la voluntad, sino en entender cómo funciona esta rueda peligrosa (Getty Images)
La clave para enfrentar los hábitos no está en el esfuerzo o en la voluntad, sino en entender cómo funciona esta rueda peligrosa (Getty Images)

Pensemos en cualquier ejemplo de la vida cotidiana, como fumar o comer alimentos muy calóricos: necesitás aliviar tensión (disparador); encendés un cigarrillo o abrís un paquete de snacks (rutina) y luego te sentís realmente más relajado (recompensa).

Para Duhigg, la clave para enfrentarlos no está en el esfuerzo o en la voluntad, sino en entender cómo funciona esta rueda peligrosa. "No se pueden extinguir los malos hábitos –dice. Para cambiar un patrón erróneo, hay que insertar una nueva rutina en la rueda de los hábitos".

El periodista asegura que es más fácil decirlo que hacerlo, pero que es factible. Para lograr el cambio, hay que mantener el mismo disparador (en nuestro ejemplo, la necesidad de aliviar la tensión) y la misma recompensa (sentirse relajado, gratificado). Lo que nos hace saltar fuera de la rueda es cambiar la rutina: ir a caminar en vez de comer, dar una vuelta en bici, o ponerse los auriculares y escuchar buena música.

¿Te imaginás lo revolucionario que puede ser un cambio así en tu vida? Tu salud, tus finanzas, tus relaciones familiares y sociales o tu trabajo pueden mejorar de manera sensible si te focalizás en pegar el salto fuera de esta trampa giratoria.

"Leer" los síntomas

“Descubierto el sentido, desaparece el síntoma” (Getty Images)
“Descubierto el sentido, desaparece el síntoma” (Getty Images)

La impuntualidad es un hábito que parece afectar a millones de personas. Por supuesto, no solo influye en quien llega tarde, sino también en quienes conviven con él. Existen varias razones por las que una persona tiene esta actitud: mala gestión del tiempo, deseo de hacer más de lo que puede, baja autoestima que le hace sentir que no es importante su presencia en determinado evento o, por el contrario, creerse más de lo que vale y considerar que los demás deben esperarlo porque así lo merece.

El psicólogo Enrique Novelli asegura que ser impuntual puede ser considerado un síntoma, y como tal, tiene un sentido que debe ser encontrado. "Descubierto el sentido, desaparece el síntoma", puntualiza.

Ya sea que te propongas analizar tus hábitos para salir de la rueda, o pensar si son un síntoma que está tapando un mensaje que no terminás de descifrar, te espera una tarea detectivesca para dilucidar el enigma. Lo bueno de hacerlo, es que podrás decirle adiós a los comportamientos dañinos y enriquecer tu calidad de vida con decisiones mucho mejor pensadas. Decidirse a dar el primer paso es la clav.

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