Las cifras del último informe del Global Forest Watch sobre deforestación en el mundo encendieron varias alarmas. El documento señala que el planeta ha perdido más de 15 millones de hectáreas de bosque tropical durante 2017. Se trata del segundo año con los peores datos registrados en la pérdida de superficie forestal desde 2001.
Para poder dimensionar esto hay que imaginar que en un año se perdieron todos los árboles de una superficie equivalente a las provincias de Entre Ríos y Corrientes juntas. Cuarenta canchas de fútbol por minuto durante 12 meses seguidos. Casi siempre en nombre del "progreso".

Ese mismo año, a pesar de la excusa de que la Amazonia sufrió una fuerte sequía, se pudo comprobar que casi todos los incendios de esa región fueron perpetrados por personas o empresas que quieren liberar la tierra para destinarla a la ganadería o la agricultura.
Quizás en las grandes urbes pueda creerse que esta pérdida es solo "moral" y solo afecta a quienes viven cerca o dentro de un bosque. Esto pasa porque la gente no se pregunta para qué sirve un bosque.

Si lo hiciera, las respuestas son varias: los bosques sirven para dar sombra, para liberar oxígeno mediante la fotosíntesis, para retener agua, para impedir que las lluvias erosionen el suelo y para capturar dióxido de carbono, que es casi como decir para combatir el cambio climático.
Cumplieron, además, un rol histórico fundamental en el desarrollo económico del país: fueron la fuente de abastecimiento para importantes obras públicas que permitieron el desarrollo de la economía, tales como los durmientes de todas las vías férreas, la leña para las locomotoras, la construcción de vagones, la construcción de muelles, la infraestructura agropecuaria. Proveyeron energía para la industria y también para los argentinos pudieran cocinar sus alimentos y calefaccionar sus hogares.

Los bosques siguen siendo un sostén fundamental de las economías campesinas e indígenas porque son los que las proveen de energía, alimento, forraje para la ganadería, medicina y bienes de intercambio. Y en muchas regiones son el motor más importante del desarrollo turístico.
Por eso los Estados tienen que protegerlos. La Argentina cuenta con varias herramientas de promoción y protección, pero la voracidad de los mercaderes nunca se calma.
El año pasado la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación en su "Informe del estado del ambiente" señaló que la puesta en marcha del Fondo Nacional para el Enriquecimiento y la Conservación de los Bosques Nativos adjudicó durante 2017 más de 550 millones de pesos, inversión que -según Sergio Bergman, titular de la cartera- es "la más alta desde la sanción de la Ley de Bosques".

Sin embargo, en el mismo informe se puede apreciar el problema a que se enfrenta el Estado: aun con un abanico de herramientas de protección de los bosques, la pérdida de tierras forestales para ese mismo año fue de 172 mil hectáreas.
Hay que entenderlo de una vez: sin bosques, la vida en el planeta no está asegurada. Los estados y la sociedad, pero principalmente, los empresarios, deben tomar conciencia de ello.
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