En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el psicólogo deportivo Gustavo Ruiz analizó las claves del entrenamiento mental en el alto rendimiento. Con más de 30 años de experiencia junto a deportistas de élite, explicó cómo se aplican las técnicas de visualización, respiración, meditación y autodiálogo, y por qué aprender a tolerar la incomodidad y aceptar la posibilidad de perder es fundamental para afrontar los desafíos competitivos.
Además, el experto analizó qué distingue mentalmente a los atletas, cómo afrontar una derrota sin quedar condicionado por el resultado y por qué la clave está en enfocarse en el proceso y no solo en la meta. También compartió herramientas para aplicar en la vida cotidiana y destacó la importancia de la autoobservación para gestionar las emociones, superar obstáculos y seguir creciendo. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
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Gustavo Ruiz es licenciado en Psicología, especialista en Psicología Clínica y Deportiva, y magíster en Psicología de la Actividad Física y del Deporte. Con más de 30 años de experiencia, se dedica al entrenamiento mental y al acompañamiento de deportistas de alto rendimiento, entre ellos atletas olímpicos y campeones internacionales. Es fundador de GR Mentoría, donde desarrolla un sistema de entrenamiento mental orientado a mejorar la toma de decisiones, la concentración y la gestión emocional bajo presión. Además, es autor del libro La cabeza del campeón, en el que traslada herramientas de la psicología deportiva a la vida cotidiana para afrontar desafíos, superar obstáculos y desarrollar una mentalidad ganadora.

—Sos psicólogo especializado en deporte, el psicólogo de muchos de los deportistas de élite que hoy conocemos, como Franco Colapinto, Juan Martín del Potro, Paula Pareto y los hermanos Benavídez. No sé si hay alguno más del que nos estamos olvidando. ¿Cómo se desarrolla una sesión de psicología enfocada en el rendimiento deportivo y qué diferencias tiene con una sesión de psicología tradicional?
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—Lo primero es lo que se llama encuadre. Un psicólogo deportivo no tiene la necesidad de estar en un consultorio. Puede ser una atención online, que hoy está muy en boga. Yo he tenido sesiones desayunando, almorzando o cenando. Pueden ser en el lugar donde el atleta entrena, antes o después del entrenamiento. Esos son los contextos en los cuales nos manejamos.
La diferencia es que, específicamente en lo deportivo, buscamos el asesoramiento para mejorar capacidades de concentración y confianza, sin dejar de lado toda la parte del bienestar, lo que tiene que ver hoy con la salud mental, que es todo un tema en el alto rendimiento. Intentamos combinar las dos porque no se oponen: se complementan. Pero hay que saber bien cómo manejar esas dos áreas en la élite.
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—Pienso en cuando voy al psicólogo: aunque hablamos del presente, la conversación a veces está enfocada en el pasado, en por qué interpreto las cosas de determinada manera o qué experiencias me llevan a reaccionar de esa forma. En este caso, ¿se trabaja más sobre el futuro?
—Si nos enfocamos directamente en el rendimiento, que es un poco la línea específica cuando trabajás con deportistas de élite, sí nos centramos en el presente y en lo que va a venir. Planteamos objetivos, buscamos y vemos qué es lo que deberíamos trabajar. Las variables se integran todas, pero las trabajamos de manera separada. Por ejemplo, tolerar la frustración y gestionar mejor las emociones.
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Utilizamos técnicas para eso, pero también podemos ir a la historia del paciente. Ninguno de nosotros interpreta una misma situación de la misma manera.
Y eso, más allá de que tiene muchos factores, tiene que ver con lo que nosotros llamamos predisposición psicológica. Hay factores genéticos, hereditarios y de historia de vida. Los deportistas son personas que también tienen una historia de vida y, dentro de esa historia, puede haber ciertas vivencias que me generen mucha información para trabajar, mejorar o tratar de reflexionar y evaluar con el deportista. El marco del trabajo de intervención es amplio.
—Me gustaría que nos cuentes qué herramientas y técnicas concretas utilizás para trabajar con deportistas. ¿Cuáles son los objetivos más frecuentes que abordás?
—Los objetivos tienen que ser siempre muy claros, reales y, de alguna manera, desafiantes. A partir de ellos delineamos una planificación. Y, desde ahí, entre el trabajo que a mí más me gusta —el que te contaba antes: bucear en la historia y trabajar un poco más la personalidad, la autoconciencia y demás—, aparecen también las técnicas.
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Ninguna es más importante que otra. Todas tienen su función y no todos los deportistas se llevan bien con una o pueden manejarse satisfactoriamente con alguna de ellas. La rutina precompetitiva me parece clave porque, cuando un deportista va a competir, tiene que estar en un rango de activación física y mental específico. Si tenés miedo o ansiedad y no podés reconocerlo, no tenés conciencia de eso, posiblemente rindas por debajo. Tu energía puede estar baja y no estar dentro de ese rango de activación, o puede estar por encima. Las rutinas se utilizan mucho en el precalentamiento del atleta.
—¿Qué es un rango de activación?
—Es un estado fisiológico y psicológico en el que tenés la energía equilibrada como para poder enfocarte en lo que tenés que hacer. Podés estar por debajo del rango, con una activación baja, cierto desgano o falta de motivación.
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Un atleta entró a un estadio el día previo a una competencia y me decía: “Estoy entusiasmado, esto va a ser increíble”. Al otro día estaba muerto de miedo, le fue muy mal y llegamos a la conclusión de que todo ese contexto le había bajado la energía. No supo cómo lidiar con eso.
También podés estar totalmente sobreexcitado. Puede haber sobreconfianza. Las variables psicológicas siempre se integran. Eso hace que estés en un estado mucho más alterado y, por ahí, entres a competir no tan enfocado, sino con otras cosas en la cabeza: tu rival, el resultado y un montón de cuestiones que te sacan de lo que tenés que hacer.
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Entonces, las rutinas precompetitivas son fundamentales para mí. La visualización es otra de las técnicas que considero muy importante. El cerebro no distingue la fantasía de la realidad. Entonces, si ahora me imagino cómo voy a patear un penal, con toda la realidad posible en mi cabeza y con todos los sentidos, el cerebro cree que en ese momento estoy pateando el penal. Ayuda mucho a la concentración, a disminuir el estrés y a generar confianza.
Depende del deportista. En el automovilismo se puede visualizar la noche previa, según el protocolo. Hay algunos que visualizan dos o tres curvas entre la clasificación, entre Q1 y Q2 o Q3. También depende del deporte.
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Después está el autodiálogo, esto de hablarte. Sabemos que somos una máquina de pensar: nos pasan mil cosas por la cabeza y al deportista también. Se trata de hablarse desde un lugar más técnico. Por ejemplo, en los atletas de fondo, de maratón y demás, poder hablarse y enfocarse más en la técnica los ayuda a sobrellevar el dolor físico y lo que la cabeza les va diciendo: “Ya está, pará, terminá, falta mucho”.
El autodiálogo es una técnica bastante difícil porque tenés que elaborar bien lo que querés decir, definir si tiene un tono motivacional o más de instrucción técnica y creértelo. Un atleta me dijo: “Mirá, me hablé, pero no creí nada de lo que me estaba diciendo”.
Implica un entrenamiento, como cuando hacés actividad física. Si visualizás una vez, no te va a servir. Si te hablás una vez, tampoco.
Las otras dos son mis preferidas. Soy profesor de tai chi, chi kung y meditación. Son disciplinas orientales chinas. La respiración y la meditación son herramientas con las que trabajo mucho. A partir de ahí, debe haber otras técnicas que seguramente se me están pasando, pero voy viendo y generando acuerdos con el deportista sobre con qué se siente más cómodo.
Por ahí, al inicio del trabajo, el autodiálogo le sirve mucho y después ya no siente que le ayude a concentrarse, por lo que utiliza más la respiración. Depende del atleta y del deporte.

—Empecemos por el autodiálogo. Muchas veces, la forma en que nos hablamos es automática. ¿Cómo trabajás con un deportista para que pueda identificar esos pensamientos y transformar su diálogo interno? ¿Le das pautas? ¿Cómo lo guiás?
—Lo primero que hay que trabajar, para mí, es lo que yo llamo un nivel de alta calidad de autoconciencia: que el deportista se dé cuenta de lo que está pensando, de lo que le pasa por la cabeza. Qué piensa cuando piensa. Sería la famosa metacognición. Parece fácil, pero no lo es.
Cuando el atleta logra empezar a identificar esos pensamientos y, por ende, ciertas emociones, entra en un camino de autoconocimiento que le va a permitir saber qué le sirve y qué no le sirve decirse, porque ya sabemos qué es lo que está pensando en determinada situación.
Por ejemplo, un atleta que, cuando le faltaba muy poco para terminar la competencia, en vez de ver eso como: “Bueno, queda poco, vamos a apretar hasta el final”, decía: “Uf, falta todo esto y no sé si voy a poder terminarlo”. Primero hay que cambiar ese pensamiento por otro, al contrario: “Queda poco, ya llegué hasta acá, vengo bien, sigo apretando”. Y, desde ese lugar, hablarse para darse, en este caso, una autoinstrucción de ánimo para terminar la competencia.
Yo suelo tener conexión continua con los atletas, no solamente durante la sesión. Nos enviamos mensajes el día previo a una competencia y, muy abierto, el atleta me dice: “¿Qué hacés, Gus? Estoy cien por ciento mental, estoy a full, estoy muy bien físicamente”.
Ya me sonaba raro escucharlo decir eso. Al otro día pude ver la competencia: lo vi entrar, estaba pálido, perdió. Le mandé un mensaje, me contestó rápido y me puso: “No sé, me pasó, estaba nervioso”.
Cuando empezamos a charlar después, en realidad estaba nervioso desde hacía dos semanas porque venía la competencia y no quería afrontar esa situación. Cuando barrés algo y lo dejás debajo de la alfombra, va a salir. Si lo querés tapar, esa situación se agranda. Entonces, son momentos específicos que te permiten generar esa gestión o control de la mente.
—¿Cuál es la alternativa que ese atleta debería haber tomado?
—Cuando el atleta lo oculta, lo tapa o lo reprime, obviamente no es consciente de eso. ¿Qué quiere decir esto? Que, si se da cuenta de que está nervioso, no va a querer competir, se va a querer ir. Acá estoy hablando de los procesos de desarrollo. Cuando el atleta es de élite, esto lo tiene que tener manejado.
Dentro de ese contexto, para eso tenemos nuestras charlas. Porque yo, o el profesional, tiene que darse cuenta de que ahí hay algo que él está tapando. A veces, con una sola pregunta —“¿Estás nervioso?”— te va a decir que no, pero ya lo llevás directo hacia la competencia dos semanas antes y te das cuenta de que no quiere hablar o lo minimiza.
Ahí empezás a abrir el tema y él empieza a darse cuenta de que sí tiene cierta tensión ante esa competencia. Entonces, lo podemos poner sobre la mesa y trabajarlo con las técnicas.
No trabajamos para sacar la duda, el miedo o la frustración, sino que intentamos darle recursos a la persona deportista para que pueda afrontar de manera funcional esa situación competitiva que, en el alto rendimiento, es realmente extrema y exige mucho foco.

—Si usamos este ejemplo, ¿cómo se verían las cinco tácticas que me acabás de nombrar?
—Si elegimos, por ejemplo, la visualización, él me dice: “Lo que me afecta es el inicio de la competencia”. Depende del deporte, pero al inicio de la competencia tiene que tener una conducta y una postura determinadas. Entonces, lo que hacemos es: “Vamos a visualizarte en esa situación y cómo te tenés que ver”.
Si estamos en una sesión online o presencial, lo guío yo. Después, a partir de ahí, él lo tiene que hacer. Generalmente, le digo que lo haga todos los días: mínimo, cinco minutos de visualización, que es un montón. Como decía antes, el cerebro no distingue entre realidad y fantasía.
Tuve un atleta al que le hice visualizar entre 30 y 40 minutos porque no pudo entrenar para una competencia y logró un podio. Obtuvo la medalla de bronce, pero, por diferentes circunstancias y adversidades, no tuvo el material para entrenar. Decidimos salir un poco de ese estado de angustia y enojo y pensar cómo iba a competir de todas formas.
Durante varios meses, trabajamos todos los días con sesiones de visualización de entre 30 y 40 minutos. Eran dos pasadas, dos series de 30 segundos. Imaginate: dos pasadas de 30 segundos que repetía en su cabeza hasta el cansancio durante 30 minutos. Esto sirve para entender la importancia y el poder que tiene la visualización deportiva.
—Para alguien que es escéptico y no cree que imaginarse algo pueda tener efectos en la realidad, ¿qué le podés decir sobre cómo funciona la ciencia de la visualización?
—Te voy a dar mi parecer desde el punto de vista profesional. Que repitas una situación o la manifiestes no implica que esa situación vaya a suceder o venga hacia vos. Desde el punto de vista psicológico, cuando ya tenés un objetivo en la cabeza, un propósito de vida, un sentido y, a partir de ahí, una preparación con hábitos y demás, ya estás actuando en dirección a eso.
Somos nosotros los que vamos hacia la situación; no es que, por pensarla, la situación viene hacia nosotros. Es importante que se sepa que, en el alto nivel, nadie te regala nada: todo es a base de esfuerzo. La preparación y el hábito son fundamentales. El estado de competitividad, ese deseo de ganar y de afrontar el desafío de una manera competitiva, es lo que mueve al atleta. Eso es lo que más me atrae de los deportistas de élite.
—¿Cómo se explica que pueda visualizar una pasada de 30 segundos y que eso después me ayude en mi rendimiento real? ¿Qué está pasando en el cerebro?
—Si bien estudié neurociencias, no soy especialista. Pero no tiene nada que ver con la manifestación. La manifestación, por lo menos como yo la entiendo, es más un decreto que visualizar.
Cuando visualizás, no estás deseando que eso pase, sino que estás viviendo eso en el presente. Si ahora te hago cerrar los ojos y hacer un gesto deportivo, no estás imaginando que ese es el gesto que vas a hacer: simplemente estás conectada con ese gesto. Por ahí, lo que trabajamos es soltar el brazo en tu derecha de tenis.
Ahí hay un trabajo mucho más enfocado en el aquí y ahora, en esa construcción y ese proceso. No quiere decir que vayas a ganar o a conseguir una medalla, pero, como dijiste antes, sí podés enfrentar esa situación competitiva de una manera diferente.

—Vamos por las otras técnicas. Hablamos de respiración y de meditación. ¿Cuáles son las otras?
—Las rutinas precompetitivas. Hay mucha información y estudios sobre respiración y meditación. Existen muchas técnicas de respiración. Ahí tenemos que ver el deporte y el deportista; por eso también es difícil ser específico sobre cuál es la que mejor le sienta. Eso se acuerda con el deportista y depende de la disciplina.
Generalmente, las respiraciones con las que yo trabajo son la respiración diafragmática, que es la más conocida: inhalar, con el abdomen que se expande suavemente, y exhalar lento, mientras va hacia adentro. Esto genera un estado de relajación y baja mucho la ansiedad.
Yo siempre digo que la respiración es como un puente entre el cuerpo y la mente porque terminan siendo una misma cosa. Y el cuerpo es la herramienta del atleta.
¿Cómo trabajamos con la respiración? Una vez que decimos: “Bueno, mirá, vamos a hacer estas dos respiraciones: esta la vas a hacer adentro del auto y esta el día previo”, también hay que entrenarlas. Entonces, generalmente después de un entrenamiento o en algún momento del día, trabajamos esas técnicas.
Por lo menos yo, no considero conveniente trabajar la respiración para relajarse cuando el atleta está por acostarse, porque se duerme y no puede trabajar bien ese tipo de técnicas.
La meditación es muy específica. A algunos les gusta y ayuda mucho a redirigir el foco, que es clave en el deporte de élite. Se recomienda meditar entre 10 y 15 minutos, como mínimo. El atleta no aguanta tanto al principio: puede empezar con cinco minutos y, de manera progresiva, si le gusta y le sirve, aumentar la cantidad de tiempo.
Con la meditación buscamos usar también la respiración como herramienta para mantener el foco. Ayuda a relajarse, a sentirse mucho más seguro, cambia un poco el humor y permite manejar mejor la ansiedad y esas emociones que andan dando vueltas. Muchos lo hacen antes de competir o el día previo. Pero es un trabajo continuo, como el entrenamiento físico.
—Nada de esto sirve si lo hago dos veces por semana. Tiene que ser parte de la rutina, casi una segunda naturaleza.
—Sí. En el alto rendimiento, la presión es muy grande. Quieras o no, el resultado vale. Ahí empieza la discusión sobre la salud mental: llegás porque ganaste y, para mantenerte, tenés que seguir teniendo resultados. Eso es indiscutible.
Hay incertidumbre: no sabés con qué te vas a encontrar. Hay factores que no vas a poder controlar. Hay evaluación: te evaluás a vos misma y te evalúan tus compañeros, el staff, los rivales, el público y el periodismo. También tenés un tiempo límite. Las decisiones tienen que tomarse en milisegundos. No podés pensar. Por eso son fundamentales la preparación y el hábito. Y un error cuesta carísimo.
El resultado es importante y despierta ese deseo de ganar, pero lo importante es trabajar y volver al inicio de la charla: combinar la salud mental y el rendimiento, sin que el resultado te defina. A quienes están ahí arriba no les gusta perder, pero aceptan que pueden perder. Para mí, eso es clave y es lo que los hace diferentes.

—¿Lo que hace diferentes a los número uno es que tienen aceptado que perder es una posibilidad?
—Exacto. Pierden y se sienten mal, lloran, pero les dura horas. Después dan vuelta la página rápido. Aprendemos qué pasó: si hubo responsabilidad, si fue algo físico, técnico, táctico o mental. Y después se sigue.
Tenés que manejarte muy bien en la incomodidad porque, durante la preparación, te sentís incómodo de manera continua. Yo creo que la mente está en todo. El talento es como la base de la pirámide: es fundamental, pero muchos talentosos se quedan en el camino.
En la parte física también está la mente. Si estás entrenando, como atleta de élite o con esa proyección, y hacés una sentadilla mientras hablás con el compañero de al lado o mirás un video en la televisión, tu mente no está en la sentadilla. Tenés que sentir, porque ahí es donde conectás con el cuerpo. Si no, tenés la mente en otro lado y el cuerpo sube y baja con el peso.
—Hace poco leí un estudio que me hizo acordar a lo que mencionabas. Analizaba cómo visualizar el músculo que se trabaja durante un ejercicio, como una sentadilla, podía influir en su crecimiento en comparación con hacerlo de manera distraída. ¿Es así?
—Sí. Es estar conectado con lo que hacés. Saber también por qué lo hacés. No se trata de pensar: “Estoy haciendo esto, me va a dar potencia y voy a saltar dos centímetros más”. Pero la conexión con el cuerpo y el movimiento, además de entender por qué lo hacés, acelera esos procesos físicos y la conexión entre cuerpo y mente.
Para mí, la mente puede estar en algún lugar de la pirámide, pero también está en los otros lugares, incluso en la alimentación. No podés comer en cinco minutos. Podés comerte una hamburguesa, por supuesto, pero no un día antes de competir. Tener esos estados de conciencia te permite ser prolijo y ordenado en el proceso de tu carrera, si querés llegar a algún lado.
—Vamos a las rutinas precompetitivas. ¿Cómo son?
—Son muy variadas porque dependen del deporte y también se establecen con el deportista. Hay rutinas que se hacen durante la competencia. Algunas no son preparadas, sino que surgen de manera inconsciente durante el proceso de desarrollo o la adolescencia del deportista.
Se me ocurre el tenis como ejemplo. Antes de sacar, un jugador pica la pelota ocho veces. Entonces, ya sabe que, al picarla ocho veces, tiene una rutina. También puede respirar, acomodarse la remera o, cuando juegan sobre polvo de ladrillo, sacarse el polvo. Todas esas cuestiones, muchas de las cuales pueden ser generadas y otras inconscientes, forman parte de una rutina que ayuda, básicamente, a redirigir el foco hacia lo que tenés que hacer.
Después están las que podés establecer en la previa: qué vas a hacer el día anterior. Si compito un domingo y es una competencia de un solo día, no puedo pasar el sábado a la mañana pensando en la competencia: tengo que buscar despejarme. Después, de a poco, como un embudo, hacia la tarde, empiezo a conectar.
Dentro de esa rutina puede estar hacer respiraciones o visualizar. Al otro día, cuando te levantás, acomodás el bolso de una determinada manera y tratás de desayunar, no siempre lo mismo, pero sí en horarios en los que te sentís cómodo. Eso le da seguridad al deportista y lo mantiene en su carril interno para que pueda exponer o expresar su rendimiento en la competencia.

—Me sorprende que muchas de estas herramientas, aunque las abordemos desde el deporte, son aplicables a cualquier ámbito de la vida en el que necesitamos rendir. Son técnicas que parecen simples, pero pueden tener un impacto significativo, ¿verdad?
—Sí. Es interesante lo que decís para que la gente que no es deportista, o que hace deporte, ejercicio o actividad física solo por salud, entienda que también sirven en el trabajo. La cuestión es empezar a observarse. Para mí, es importante el estado de observación, que te lleva al autoconocimiento y a generar esa autoconciencia.
Entonces, empezás a darte cuenta de qué estás haciendo para alcanzar un objetivo. Vos te preparás para esta entrevista, yo vine preparado para esta entrevista. Podés preguntarte si hacés siempre lo mismo o si sentís que querés cambiar algo.
Esas cosas simples y cotidianas ayudan a que, por ejemplo, en una oficina, uno pueda estar un poco más enfocado. Hay herramientas del alto rendimiento que, adaptadas en intensidad y duración a la vida cotidiana, cualquiera de nosotros ya hace o podría empezar a hacer.
—¿Creés que el deportista que mejor rinde es el que sigue estas herramientas y rutinas con mayor disciplina? Te lo pregunto porque hay empresarios muy exitosos que llevan una vida caótica y no necesariamente aplican estos hábitos. ¿En el deporte la diferencia está en hacer bien el trabajo fuera de la competencia?
—Yo siempre voy a ir por el lado del equilibrio. Creo que el deportista es una persona a la que hay que acompañar. Primero, porque apunta a cosas muy grandes. Segundo, porque para apuntar a eso tenés que tener una cabeza específica, no sumisa y, a veces, difícil de llevar. Por eso, el profesional que trabaja con ese tipo de personas no le puede vender humo: tiene que saber. El deportista quiere ver resultados.
Muchas veces se hace difícil bajar una línea de trabajo. Pero, desde mi experiencia profesional, todos aquellos deportistas que se han entregado al trabajo y se han alineado con él se ordenan y son los que más posibilidades tienen de lograr resultados.
Dentro del vínculo de trabajo, eso es de lo más importante: saber y saber cómo aplicarlo. El deportista busca eso. Pero después está el vínculo y la confianza que uno va construyendo. No hablo de amistad, sino de que exista un ida y vuelta donde yo sienta que me estás escuchando, que estás comprometida con el trabajo, y que vos también estés satisfecha con lo que hacemos y hacia dónde vamos, incluso si todavía no tenemos los resultados que esperamos, pero sabemos que estamos en ese camino.
—Dijiste que el deportista es una persona “no sumisa”. ¿Creés que hay alguna característica común? Sobre todo, porque estamos hablando de las personas con las que trabajás, que llegaron a la élite en lo que hacen. ¿Hay una personalidad común?
—Sí, encontrás un poco de todo. Con esta cuestión de no ser sumiso me refería a que el deportista tiene la cabeza puesta en lograr lo que quiere, lo que se propuso como objetivo. Al buscar eso, se pone muy celoso de qué tiene que hacer y de qué trabajo le vas a dar.
Después, hay características. Una persona que sea un poco más quedada —y no hablo de un temperamento introvertido, porque hay deportistas introvertidos con buenos resultados—, pero que tenga un carácter más pasivo o al que le cuesten las cosas, obviamente va a tener más dificultades para alcanzar ciertos resultados.
Pero no hay, o por lo menos yo no conozco, una estructura o un patrón específico de personalidad deportiva. Sí identificamos, o yo identifico porque trabajo con varios deportes, que quienes practican automovilismo suelen ser de una determinada manera y quienes hacen deportes de combate también tienen sus particularidades.
A todos, como yo se los digo a ellos, les falta un tornillo, porque para llegar ahí arriba necesitás tener una tuerca floja. Si no, es incomprensible.

—Hay algo en la poca conciencia de los riesgos. Hace poco entrevisté a los hermanos Benavídez y quedé impactada por el poco miedo que le tienen a la fragilidad del cuerpo humano. ¿Podrías profundizar sobre esta idea?
— Está bueno lo que decís porque no es que tengan poco miedo. Si hablás con un deportista de combate, de MMA, tiene miedo cuando va a subir. Kevin, Luciano y todos los que hacen deportes de riesgo tienen ese miedo. Pero ahí hay una combinación de cierta adrenalina, un deseo más fuerte de competitividad y de afrontar un desafío, que hace que ese miedo quede un poco de lado. Pero el miedo está.
—En tu libro planteás: “¿La mente ganadora contiene algo especial? ¿Es diferente a la del común de los individuos?”. Después de tantos años de experiencia, ¿qué características distinguen a los deportistas de élite del resto de las personas?
—Se manejan muy bien en la incomodidad. Ven cada situación como un desafío, no como una amenaza. Eso ocurre porque manejan o gestionan bien las emociones. Si yo tengo miedo de algo, voy a ver lo que hago más como una amenaza. Al verlo como un desafío, ven siempre una oportunidad.
Cuando algo no sale bien, lo sienten, pero vuelven a darse otra oportunidad y quieren, no sé si una revancha, pero sí mejorar. Lo que más me gusta es la competitividad que hay en ese nivel. Cuando los ves entrenar, hay una energía. Tiene que ver con ese deseo de ganar, de llegar, y con una intención tan fuerte que los va llevando. He estado en entrenamientos de un atleta, conversando con la entrenadora, y sentía un ruido raro. Cuando miré, estaba haciendo flexiones de brazos y pegaba la frente contra el parqué, simplemente porque era la última serie y quería hacerla perfecta, subir hasta arriba.
Cuando ves eso, decís: “Bueno, ¿qué está pasando acá?”. Ahí hay incomodidad y capacidad de sufrimiento, que es tolerar esa incomodidad. Pero para eso hay que trabajar. Por eso te digo que todas las variables se integran, y esto puede marear un poco, pero tenés que trabajar la confianza, saber cuáles son tus capacidades, habilidades y fortalezas, y creer en eso.
Hay muchos aspectos y factores que generan esa mentalidad ganadora. La conocida como resiliencia, que es la capacidad de saber que estás pasando por algo malo, pero que de ahí vas a salir fortalecido. También están la adaptación y la persistencia.
La adaptación me parece una variable que quizá no se tiene tan en cuenta, pero que los atletas de élite tienen mucho. Se adaptan muy rápido a la situación. Lo que veo y trabajo sobre la adaptación es que logren asimilar la situación. Como están incómodos, se encuentran con situaciones nuevas o inesperadas. Y, si no estás preparado, eso te lleva puesto.
Entonces, hay que asimilar y conectar desde la percepción, no desde la cabeza. Sentir lo que esa situación te está diciendo. En el automovilismo, podés tener un auto que no está bien seteado para vos y que, en algunas curvas, se va de cola o de trompa. Y sabés que tenés que correr así.
Si empezás a pensar: “Yo con esto no puedo correr, voy a salir último”, probablemente te vayas en alguna curva. Ahora, si empezás a decir: “Bueno, sé que en la 13 se me va de cola; voy a frenar antes o voy a salir traccionando de esta manera”, porque sentís el auto y sabés cómo llevarlo, automáticamente ya te adaptaste a una situación que no era la que esperabas.

—Hay algunas frases que marqué de tu libro y me gustaría que las profundicemos. La primera dice: “La recompensa es la propia realización de la tarea”.
—Lo podemos orientar desde dos lugares, pero está vinculado con el proceso. Yo observo y trabajo mucho con los atletas. Hay muchas teorías sobre la motivación, pero hay una que está muy buena y divide la motivación en orientación motivacional competitiva y orientación motivacional hacia la tarea.
La orientación motivacional competitiva es: yo me motivo cuando me comparo. No es mala, pueden coexistir las dos. Todo el mundo se compara en el deporte. Si me comparo con vos y te gano, perfecto, me motivo más. Ahora, si me comparo con vos, me estás ganando y eso me frustra, no es una orientación motivacional que me sirva en ese momento.
Entonces, yo prefiero trabajar —y creo que esto lo hacemos la mayoría— desde la orientación motivacional hacia la tarea, que consiste en enfocarse en la mejora, en el crecimiento diario y en el proceso, que es fundamental para llegar.
Hoy la juventud me sorprende porque quiere todo ya, quiere cosechar antes de sembrar. Me pasó con un par de atletas: terminamos la sesión y sentí una energía rara. Después les pregunté: “¿Vos pensaste que esto lo íbamos a resolver hoy?”. “Sí”, me dijeron. Y les respondí: “No, es un tema profundo. Esto nos va a llevar tiempo. Tenemos que trabajarlo de determinada manera”.
Que el atleta, o cualquiera de nosotros, entienda que en la tarea y en el proceso están la mejora y el crecimiento no significa que siempre vamos a mejorar y crecer. Vamos a tener obstáculos y adversidades. Pero ahí es donde aparece el estado de realización.
—Suelo escuchar a Alex Hormozi, un emprendedor que plantea que “el premio es el trabajo en sí mismo”. Es decir, que la recompensa no está necesariamente en ganar un Mundial o, en mi caso, tener el podcast más escuchado del año, sino en disfrutar el proceso y el trabajo cotidiano. ¿Coincidís?
—Sí, coincido con eso. Llevado al alto rendimiento, hay que sumar que el atleta compite para ganar. El atleta está preparado para ganar, pero tiene que entender, justamente desde la salud mental, que si eso no sucede, no lo define, como decía antes.
Ahí trabajamos las dos cosas: que el proceso te deje la tranquilidad de que diste todo y que, cuando vas a competir, intentes llevar a la competencia todo lo que entrenaste. De esas dos maneras se trabaja en la élite.
Quizá, si lo bajamos a la vida cotidiana, cobra más fuerza esta idea de que en esos pasos, en ese camino y en ese proceso encontramos satisfacción. Tuve la oportunidad de acompañar a muchos atletas que fueron campeones y que lo son. Luis Scola, exbasquetbolista argentino, decía que lo primero que sintió fue alivio. A mí me pasó con muchos atletas: cuando ganan o son campeones, sienten alivio. “Uf, ya llegué, ya lo hice”. Después aparece la felicidad, pero ya estás arriba de la montaña y ves otra. Entonces, hay que seguir. Esto pasa en el alto rendimiento.
Si lo llevamos a la vida cotidiana, yo revisaría esa parte porque, si no, funcionamos de manera automática. Estoy de acuerdo con usar conceptos de la élite, pero también hay que tener en cuenta que tenemos otros objetivos, más cotidianos, y que no podemos estar todo el tiempo buscando rendir. Creo que eso es lo que está pasando ahora: estamos en una etapa de rendimiento, con la exigencia de rendir bien. Y está radicalizada porque todo tiene que ser ya.

—Hablamos de las técnicas para llegar a una competencia o un campeonato. ¿Qué técnicas usás cuando hay una derrota, cuando el resultado no fue el que esa persona esperaba, para que la recuperación sea lo más rápida posible?
— Cuando hay una derrota, yo por ahí ahondaría en la pregunta: ¿cómo trabajás? Porque la técnica específica forma parte de la propia conversación que uno puede llegar a tener con el atleta. Pero, cuando hay una derrota, también depende del deporte: si compite a los cinco días o al otro día, como pasa con Luciano y Kevin, que tienen 12 días de competencia. Yo tengo charlas con ellos todos los días.
—¿Mientras compiten?
—Sí, de 15 minutos. Porque en el Dakar vas a 160 entre piedras, muy rápido, con mucho peligro de vida. Y si en una etapa no te fue bien, te perdiste o perdiste 15 minutos, llegás al vivac después de 10 horas de moto totalmente enojado, con ansiedad, mal y demás. Si así te vas a dormir y salís al otro día, tenés muchas más chances de volver a perderte o tener alguna caída.
Entonces, hay que analizar y limpiar un poquito lo que pasó, gestionar esas emociones y enfocarnos específicamente en lo que se tiene que hacer. Yo tengo cierta intensidad para trabajar, soy muy obsesivo. Generalmente, con casi todos envío un mensaje de inmediato: “¿Cómo estás? ¿Cómo te sentiste? Contame cuando puedas”.
Algunos atletas responden de inmediato, otros te llaman directamente; otros, por ahí, al otro día, más tranquilos. A veces pasan dos días, depende. Como hay un equipo de trabajo, siempre uno está atento para saber, sobre todo en los casos de quienes tienen entrenadores y demás, cómo está ese atleta.
Después, cuando llega la charla, lo que hacemos es analizar. Entendemos la derrota como parte del proceso, como una situación en la que hay algo que tenemos que analizar, reflexionar y aprender.
Quizás a veces perdimos bien, dimos todo, no había más y perdimos. Pero quizás falta más trabajo físico, hay que cambiar la alimentación, la preparación y los hábitos no son los correctos, o todavía no se están gestionando bien las emociones dentro de la competencia. Esa es la manera en la que, en sesión, empezamos a analizar la derrota para sacar provecho y que nos sirva para que la próxima vez no vuelva a suceder.

—Otra máxima de tu libro que me gusta es: “El paso a paso posibilita siempre empezar de cero”.
—Sí, la escribí porque Paula fue una de las primeras deportistas de élite que tuve la posibilidad de acompañar. La acompañé durante toda su carrera, desde los 20 años hasta los 35, cuando se retiró. Con Paula trabajamos mucho esta cuestión de que siempre empezamos de cero.
¿Qué quería decir esto? ¿Ganamos? Buenísimo. Ahora, ese triunfo, para vos y para la gente —sobre todo cuando Paula empezó a tener mucha más repercusión—, no quiere decir nada de cara a la próxima competencia. Eso es lo que tiene la élite: hay que volver a ganar. No nos podemos relajar. Entonces, empezar de cero tenía que ver un poco con eso.
En la derrota también hacemos análisis, pero lo hacemos en las victorias, porque es muy importante, sobre todo con los jóvenes, que la victoria no se les suba a la cabeza y los afecte de otra manera.
Trabajar estas cosas hace que el atleta sume recursos y aprendizajes, y que sepa que después los tiene que volver a aplicar. Ahí empieza de cero. Eso no invalida la construcción previa que tuvo en cuanto a los logros anteriores. Pero, a mi criterio, ayuda mucho a soltar esa mochila de “gané, tengo que volver a ganar” o “perdí, puedo volver a perder”.
Es como un doble trabajo. El atleta sabe lo que viene construyendo, pero también sabe que, en el momento que viene, esa construcción le habrá generado confianza, aunque no necesariamente un resultado específico. Entonces, la mochila no tiene carga, sino información.
Por eso, para cada competencia nos preparamos igual, pero de manera diferente, porque todo es diferente. Antes, cuando hablaba de revancha, para mí no existe, salvo que sea un partido de ida y vuelta. Tiene más que ver con enfocarnos en una competencia como algo nuevo que vamos a realizar, con todo el aprendizaje, el crecimiento y la mejora que traemos de las victorias, las derrotas y el proceso que venimos realizando.

—Mencionaste la palabra autoconocimiento, que es una de las claves para poder interpretar quiénes somos, qué queremos y qué buscamos. ¿Qué es el autoconocimiento para vos? ¿Cómo lo definís?
—Gran pregunta. Conocerse a uno mismo no es tan fácil. El concepto se ha banalizado mucho. No sé si tiene una definición puntual, pero sí implica poder mirarte a vos mismo, hacia adentro, observarte.
El recurso más efectivo que tiene el autoconocimiento, para mí, es la autoobservación. En esa autoobservación, tenés que mirar qué pensás, qué sentís y cuáles son tus conductas, pero desde un lugar muy honesto con vos mismo.
Por eso la terapia es recomendable, aunque la persona tiene que querer hacerla, porque el trabajo terapéutico sobre el autoconocimiento es muy grande. La autoconciencia es clave, porque no se trata de estar todo el día observándote: cuando ya estás en ese proceso, te vas dando cuenta.
Son procesos internos en los que tratás de conectar un poco más con vos. Si me preguntás qué me preocupa, te diría que es la falta de conexión con uno mismo en un mundo hiperconectado. Creo que esa conexión es la que nos permite estar mucho mejor vinculados con nuestro trabajo, con nuestros vínculos y con aquello que hagamos.
El autoconocimiento tiene que ver, específicamente, con observar tus pensamientos, tus emociones y tus conductas, y tratar de aprender de lo que te pasa. También implica observar tus sufrimientos, dolores, angustias y miedos, y ver si podés enfrentarlos o no. Por eso digo que no es tan fácil conocerse. Muchas veces, una ayuda vendría bien.
—El autoconocimiento no es un destino al que se llega, sino un proceso que se construye día a día. Para quienes no hacen terapia ni cuentan con un espacio para explorar estas cuestiones, ¿qué pueden hacer por su cuenta para empezar a conocerse mejor?
—Esto lo recomiendo y también lo hacemos con los deportistas como técnica: escribir. La escritura es una técnica psicológica, incluso con demostración científica, que ayuda mucho a conectar con lo que te está pasando.
Tengo un ejemplo de un deportista, creo que fue el año pasado, muy introvertido. Yo hablo mucho en las sesiones, entonces había intercambio, pero le dije: “Vamos a escribir”. Me preguntó: “¿Qué hago?”. Le respondí: “No sé, lo que quieras. Poné la misma palabra, insultá, hacé lo que quieras”.
En la sesión siguiente, cuando me mostró lo que había escrito, le dije: “Sos Neruda”. Era impresionante. Lo que más me impactó fue lo que me dijo: “Eso que yo estaba escribiendo, yo sabía lo que estaba escribiendo, pero cuando lo agarré y lo leí, lo vi de otra manera, lo interpreté de otra manera, mucho más profundo”.
¿Qué podemos escribir? Qué cosas hicimos bien durante el día, por qué cosas sentimos agradecimiento o qué nos pasa cuando no nos sentimos bien. También está demostrado que ser agradecido baja los niveles de ansiedad. El famoso diario, que generalmente usaban las mujeres hace mucho tiempo, ayuda muchísimo, en este caso, a conocerse.

—¿Es un buen espejo porque nuestra memoria es limitada?
—Sí, y es subjetiva. Entonces, cuando escribís, es como firmar un contrato. Ahí hay algo que pusiste, que no es ni bueno ni malo, pero que representa lo que en ese momento pensabas y sentías. De hecho, te puede ayudar mucho, sobre todo cuando lo leés tiempo después.
También podés decir: “Mirá cómo cambié para bien” o “Esto todavía me sigue costando”. No digo que haya que estar todo el día analizándose, pero estar conectado con uno mismo desde estos lugares sirve y ayuda mucho al crecimiento personal.
—Otras dos frases de tu libro que me llamaron la atención. “Ante el desgano, lo mejor es moverse” y “avanzando, probablemente la respuesta se nos revele en algún momento”.
—Las dos tienen relación. Lo primero que se me viene a la mente es que la pareja de una amiga, hace un par de años, quería hacer algo, pero estaba indeciso y no terminaba de hacer nada. Moverse tiene que ver con eso: arrancar, empezar.
Esto quizá lo pueda explicar mejor un empresario o un emprendedor, pero tiene que ver con eso. Cuando te movés, empezás, incluso a nivel físico, biológico, psicológico, emocional y vincular, a generar cosas que te permiten avanzar. No es que las cosas vengan hacia vos, sino que vos te movés hacia ellas. Empezás a entrar en un mundo mucho más de descubrimiento.
Si, además, tenés una actitud curiosa y estás dispuesto a recorrer un camino que quizá no te convence de entrada, pero que sabés que es lo que en ese momento sentís que tenés que hacer, eso te destraba.
Si lo llevamos a la élite deportiva, para mí el deportista no debería enfocarse solo en la élite. Antes era así; ahora creo que, por salud mental, necesita tener otro tipo de actividad. Por supuesto, no tiene que interferir demasiado, pero sí debería tenerla.
Si lo bajamos un poco a la vida cotidiana, esas personas que están dentro de una rutina más monótona o estancada y no saben qué hacer pueden decir: “Me gusta esto, creo que es por acá, pero no sé”. Bueno, empezá, mandate, hacelo. Desde ahí, vas a empezar a descubrir un mundo que te va a llevar a algún lugar.
—Gustavo, voy a hacerte la última pregunta que le hago a todos los invitados: si pudieras dejarnos algo que creas de valor para terminar el episodio. Hay gente que deja una frase, un libro, una recomendación, un hábito o una idea. Algo que te gustaría dejar como mensaje final.
—Qué gran pregunta. Yo suelo escuchar no solamente con la cabeza, sino también con el corazón. Como es una pregunta personal, me toca mucho. Lo primero que se me viene a la cabeza es no dejar de luchar. Sobre todo en un mundo complejo y difícil, no rendirse.
No es fácil, pero cuando uno tiene esa disposición interna y sabe que en el camino van a aparecer cosas buenas y no tan buenas, esa capacidad de lucha —que no tiene que ver solo con caerse y levantarse, sino con afrontar las cosas dando lo mejor que uno pueda—, y esa capacidad de sufrimiento de la que hablamos durante toda la charla, es lo que permite salir de situaciones difíciles, mejorar, avanzar o crecer. Entonces, darle batalla a la vida y a las cosas me parece fundamental.
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