
El terremoto y el desastre nuclear de Fukushima en 2011 dejaron una cicatriz que la ciencia y la tecnología no pudieron suturar. Quince años después, un profesor de la Universidad Doshisha en Kioto convirtió esa herida en el punto de partida de una nueva filosofía educativa que coloca el sufrimiento, la vulnerabilidad y la incertidumbre en el centro del aprendizaje, en lugar de tratarlos como obstáculos a eliminar.
El estudio, publicado en la revista Educational Philosophy and Theory, fue elaborado por Fumio Ono, docente de la Facultad de Estudios Globales y Regionales de la universidad japonesa. En él, el autor argumenta que la educación moderna está dominada por lo que denomina “racionalidad tecnológica”: planes, métricas, eficiencia y la premisa de que cualquier problema puede resolverse mediante intervención racional. Sin embargo, ese modelo colapsa cuando la vida presenta situaciones que escapan al control, como la enfermedad, la pérdida o las catástrofes naturales.
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El Gran Terremoto del Este de Japón impulsó la investigación
“Los devastadores sucesos de marzo de 2011, incluido el Gran Terremoto del Este de Japón y el desastre nuclear de Fukushima, me hicieron darme cuenta de que era necesario desarrollar una forma de pensamiento capaz de responder a eventos tan inesperados y catastróficos”, explicó Ono sobre el origen de su trabajo.
Más allá de la destrucción física, el terremoto y la crisis nuclear de la planta Fukushima Daiichi fracturaron comunidades, relaciones intergeneracionales y culturas locales, con consecuencias sociales y éticas que persisten hasta hoy. En el ámbito académico japonés, esos hechos abrieron un cuestionamiento profundo de los modos instrumentales de relacionarse con la naturaleza, pero dentro de la filosofía de la educación las revisiones conceptuales habían permanecido limitadas. Es esa brecha la que Ono se propuso abordar.
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Una lógica que admite un “camino intermedio” entre opuestos
Para construir su propuesta, el investigador recurrió a dos marcos teóricos de la filosofía japonesa que funcionan como puentes entre el pensamiento oriental y el occidental. El primero es la mesología (fūdo-gaku) del geógrafo y filósofo francés Augustin Berque, desarrollada en diálogo con el filósofo japonés Tetsurō Watsuji. Esta disciplina estudia la relación entre las personas y su entorno, y sostiene que el ser humano y su medio forman un acoplamiento dinámico: separados, ambos son solo abstracciones.
El segundo pilar es la “lógica del lema” del filósofo Tokuryu Yamauchi (1890-1982), un sistema no aristotélico basado en la filosofía Madhyamaka del pensador budista indio Nāgārjuna. Mientras la lógica occidental opera en términos binarios —verdadero o falso, ser o no ser—, la lógica del lema admite un “medio” entre A y no-A. Como escribió Yamauchi en su obra Logos y lema, “ser un medio no es solo estar entre dos términos, sino también no ser ni uno ni otro y, en consecuencia, ser uno y otro”. Para Ono, esta lógica ofrece herramientas conceptuales para repensar las distinciones rígidas que dominan la educación.
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El “conocimiento del pathos” cambia la pregunta central de la educación
A partir de esos fundamentos, Ono desarrolló la idea del “conocimiento del pathos”, un enfoque que reconoce la pasividad, la fragilidad y los aspectos incontrolables de la existencia. El concepto tiene tres fuentes intelectuales: el filósofo Yūjirō Nakamura, que distinguió esta forma de saber de la analítica propia de la ciencia moderna; el psiquiatra Viktor von Weizsäcker y su obra Pathosophie, dedicada al significado intelectual del sufrimiento humano; y la tradición griega del pathei mathos, que valora el aprendizaje adquirido a través de la experiencia vivida.
En la práctica, la propuesta transforma la pregunta central que guía a los educadores. En lugar de “¿Qué se debe hacer para resolver un problema?”, el enfoque plantea: “¿Qué está experimentando la persona?”. No se trata de glorificar el sufrimiento ni de negar la utilidad del conocimiento científico, sino de incorporar al ámbito pedagógico las experiencias que la racionalidad tecnológica deja fuera.
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La propuesta se extiende más allá del aula
La filosofía del pathos también cuestiona las categorías estancas con las que la educación suele operar: fuerte o débil, éxito o fracaso, normal o anormal, víctima o perpetrador. Ono argumenta que esas clasificaciones son insuficientes para captar la complejidad de las vivencias humanas, y que dejar espacio para la contradicción y la ambigüedad permite una comprensión más profunda.

El estudio señala que, tras una catástrofe o una pérdida, la tarea educativa va más allá de restaurar conocimientos y habilidades. Los desastres, las guerras, el duelo, las enfermedades y las crisis sociales pueden desarticular los valores y la comprensión del mundo de las personas. La educación, sostiene el autor, puede ayudar a reconstruir no solo competencias, sino también la relación de cada individuo con su entorno y consigo mismo.
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“A través de la filosofía del pathos propuesta, la educación puede entenderse no solo como una forma de desarrollar las capacidades de las personas, sino también como una forma de ayudarlas a dar sentido al sufrimiento y a reconfigurar su relación con el mundo”, afirmó Ono.
Ono proyecta una transformación de la cultura educativa en la próxima década
Las implicaciones del enfoque no se restringen a la enseñanza formal. Según el estudio, la filosofía del pathos podría aplicarse en servicios de orientación psicológica, atención médica y bienestar social. En todos esos ámbitos, el giro consistiría en dejar de individualizar el sufrimiento asociado al fracaso, la enfermedad o el desastre, y reconocerlo como una experiencia social y relacional.
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De cara al futuro, Ono sugiere que en los próximos cinco a diez años la práctica educativa podría valorar más la capacidad de los docentes para permanecer en situaciones donde no existen respuestas sencillas, en lugar de premiar exclusivamente la resolución rápida de problemas. El estudio aboga por una comprensión más amplia de los valores educativos: más allá de la eficiencia y el rendimiento cuantificable, la educación también debería reconocer la sensibilidad hacia los demás, la búsqueda de significado, la transformación personal y la restauración de las relaciones.
Ono, doctor en Educación por la Universidad de Kioto y autor de más de 70 publicaciones sobre educación, ética, ciencia y existencia humana, ha dedicado parte sustancial de su carrera a este proyecto. Entre sus trabajos previos figuran la obra colectiva The Patho-logical Turn in Education (2021) y el libro The Ethics of ‘Non-Being’: A Philosophy of Hospitality for the Sake of Mere Life (2022), en los que ya indagaba sobre la vulnerabilidad y la aflicción como dimensiones filosóficas de la vida. Su artículo más reciente aspira a llevar esas ideas al terreno concreto de la práctica educativa global.
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