En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, la tiradora olímpica Fernanda Russo repasó su trayectoria en el alto rendimiento, su participación en tres Juegos Olímpicos y la exigencia que marcó gran parte de su carrera. Habló sobre la disciplina, la introspección y la búsqueda permanente de la perfección, y explicó cómo el tiro deportivo le permitió desarrollar una profunda conexión entre cuerpo y mente.
Además, contó cómo la presión por alcanzar el máximo rendimiento impactó en su salud mental, especialmente después de los Juegos de Tokio, y cómo ese proceso la llevó a redefinir el éxito y a entender que un resultado no define quién es. También reflexionó sobre la importancia de los vínculos, la necesidad de construir una identidad más allá del deporte y la posibilidad de transformar las experiencias difíciles en aprendizajes. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
PUBLICIDAD
Fernanda Russo es una tiradora argentina especializada en rifle de aire de 10 metros, nacida en Córdoba y criada en La Rioja, donde comenzó a practicar tiro deportivo a los 10 años. Con apenas 14 años participó en los Juegos Olímpicos de la Juventud de Nanjing 2014, donde ganó la medalla de plata en la prueba de rifle de aire 10 metros por equipos mixtos internacionales. Dos años después, a los 16, debutó en los Juegos Olímpicos de Río 2016 y luego representó a la Argentina en Tokio 2020 y París 2024, consolidándose como una de las principales referentes del tiro deportivo argentino. A lo largo de su carrera cosechó medallas en Juegos Panamericanos y Suramericanos y, en septiembre de 2026, se convirtió en tricampeona suramericana en rifle de aire 10 metros femenino, tras conquistar el oro en Cochabamba 2018, Asunción 2022 y Santa Fe 2026. A los 27 años, continúa compitiendo al más alto nivel y es una de las figuras más experimentadas del tiro argentino.
—Tenés 26 años y una trayectoria de 15 en el tiro deportivo. Para quienes no conocen esta disciplina, ¿en qué consiste y cuáles son sus principales características?
PUBLICIDAD
—El tiro deportivo es uno de los primeros deportes olímpicos desde la era de la modernidad. Después de que Pierre de Coubertin fundó los Juegos Olímpicos modernos, a partir de 1896 en adelante, el tiro estuvo presente en esa cita y a partir de ahí nunca salió del calendario olímpico. Mi especialidad es el rifle de aire. Yo compito con una carabina de aire. Como lo dice el nombre, es aire comprimido a diez metros y a un blanco fijo. Es decir que son diez metros de distancia entre el tirador y el blanco. Y el blanco tiene cinco centímetros de diámetro, y el diez tiene el tamaño de la cabeza de un alfiler. Nosotros intentamos pegarle a la cabeza de ese alfiler estando quietos a diez metros. Es complejo. A los 10 años aprendo a tirar; a los 12 empiezo con la disciplina con la que actualmente compito, que es rifle de aire. Uno hace un camino en las escuelas de tiro. Yo soy de La Rioja y en las escuelas de tiro provinciales y de toda Argentina se maneja más o menos igual. Uno empieza con un rifle de iniciación, que es el mismo con el que se compite en los Juegos Evita. Y pasás a disciplinas olímpicas cuando tenés la edad física y mentalmente madura para sostener un rifle de competencia olímpica.

—Me imagino que de los 12 a los 20 años, el tiempo que le tuviste que dedicar fue mucho. ¿Qué te pasaba por dentro? ¿Qué te impulsaba?
PUBLICIDAD
—Amaba pegarle al diez. Al día de hoy amo la sensación física que me produce hacer las cosas bien, la sensación de recompensa que me produce ejecutar un disparo de una manera limpia y prolija. Y me aferré a eso durante mi infancia, mi preadolescencia, mi adolescencia y al día de hoy sigue siendo así. Inclusive en los momentos más difíciles, es la sensación a donde me anclo. La sensación de prolijidad es como un cosquilleo que siento en la boca del estómago de hacer las cosas bien y la perseguí durante mucho tiempo.
—¿Encontraste en el tiro una forma de canalizar ese perfeccionismo?
—Totalmente. No me definía como perfeccionista hasta que empecé a competir. De hecho, competía en natación y me acalambraba en la pileta. Nadie en la vida se imaginó que yo podía llegar a un Juego Olímpico. Pero a los 10 años no entendés mucho qué es lo que estás haciendo y qué es lo que querés hacer, no podés tomar decisiones de vida. Para mí se volvió una decisión de vida muy primaria y muy fácil. Es como caminar.
PUBLICIDAD
—Hay muchos deportistas que después hablan de cómo lo que aprendieron en la cancha lo trasladan a la vida cotidiana. ¿Sentís que el tiro tuvo algo que hoy reconoces en actitudes, formas de pensar o de actuar?
—Uno tira como vive. Eso es seguro. Dentro de la cancha es lo que es afuera y viceversa. No deja de ser una forma de manifestación de la esencia de uno mismo. Sí creo que toda esta introspección me ayudó a ver la vida desde las dos caras de la misma moneda. Ver un poco más allá de lo que el otro te está contando. No solamente lo que te está ofreciendo, sino cuál es su historia. ¿Por qué me estás diciendo todas estas cosas? ¿Qué es lo que me querés transmitir? No solamente quedarme con la palabra misma. De hecho, por eso me dediqué a trabajar en comunicación más adelante. Creo que todo está conectado. Pero si hay algo que me llevo del deporte es eso: poder ver más allá. No es solo la punta del iceberg, siempre hay algo detrás. Y en el deporte de alto rendimiento es tan grande la máquina que mueve que nunca es solo lo que uno ve en la pantalla.
PUBLICIDAD
—¿Qué es el alto rendimiento para vos?
—Es la perfección o la búsqueda de la perfección permanente. El alto rendimiento es disciplina. No es solo talento. Es disciplina para ir más allá de lo que uno quiere hacer. Vos querés llegar a determinado lugar y para eso hay que planificar, buscar recursos, sortear obstáculos en el camino y a veces hay que barajar y dar de nuevo.
—Quiero que nos metamos en tus grandes hitos: estuviste en tres Olimpiadas y ¿fuiste la primera argentina en representar al tiro en el país?
—Fui la primera argentina en competir en la única liga profesional del mundo que hay en mi deporte, que es la Bundesliga. Muchas mujeres argentinas hemos pasado por Juegos Olímpicos en el tiro, en distintas disciplinas. Amelia Formella ha sido una, Melisa Gil ha sido otra. Son de las exponentes más actuales en términos de género. Mi disciplina sobre todo, no está muy bien difundida, pero si uno lo estudia es un deporte femenino. Las mujeres, por una predisposición física, tenemos las caderas más anchas, lo que nos convierte en una pirámide. La base ancha, en comparación al varón, nos genera estabilidad, que es lo que nosotros como tiradores necesitamos para rendir bien. Desde la técnica es un deporte 100% femenino. De ahí que haya tenido otras aplicaciones bélicas y que los varones estén menos predispuestos a practicarlo porque la sociedad está configurada de esa manera, es una eventualidad. Pero es lo que pensamos en Argentina sobre esto, pero en el mundo no es así. De hecho, en esta disciplina, varones y mujeres podemos competir. Es uno de los pocos deportes donde un varón y una mujer tienen igualdad porque no hay un condicionante de desarrollo de fuerza física, como lo puede ser el tenis, por ejemplo, o cualquier deporte de contacto.
PUBLICIDAD
—Uno siempre piensa en el entrenamiento deportivo con un fuerte foco en la nutrición y la preparación física. Me gustaría que me cuentes cómo era tu entrenamiento diario de chica y qué otros aspectos, además de lo estrictamente deportivo, tenías que cuidar
—El alto rendimiento tiene entrenamiento invisible. Pero la preparación de un deportista tiene un montón de aristas: física, técnica y mental son las básicas. La física va por el entrenamiento, de preparar el cuerpo para que esté predispuesto a hacer la actividad técnica específica de cada deporte. La mental es la predisposición mental, valga la redundancia, para poder sostener ciertos tipos de presión. De ahí la nutrición, el sueño y todas las ciencias aplicadas al deporte, pero que son tangenciales y que finalmente también tienen su campo de aplicación dentro del alto rendimiento. Y en el tiro no es ajeno. Quizá a mí me ves caminando por la calle y no tengo el biotipo de una persona que hace lucha, judo o un deporte donde el físico hace una súper diferencia respecto de su rival. Vos me ves y soy una piba común, pero también hay un componente.
PUBLICIDAD
Cuando yo era chica, quizá mi entrenamiento iba más acompañado a cuidar mi desarrollo físico y yo no lo notaba. Yo quería ser lo mejor que pudiera en todo. Entonces, mi entorno, mis padres, mis entrenadores y el cuerpo técnico nacional, cuidaban de que esa nena de 10, 12 o 14 años, que fue mi primera representación en los Juegos de la Juventud, estuviera en pleno desarrollo. A los 16 años clasifiqué a mi primer Juego Olímpico y era impensado. Entonces, había que cuidar que esa nena no se rompiera, que pudiera entrenar de cierta forma para que su cuerpo acompañara su rendimiento, pero que también acompañara su desarrollo porque tiene que vivir. Hay vida después del alto rendimiento y durante el alto rendimiento. Uno a veces está acostumbrado a ver que somos un poco caballos de carreras cuando en realidad somos personas, que nos pasan cosas igual que a cualquiera.

—Imagino que debe haber sido difícil asumir un compromiso tan grande como ir a los Juegos Olímpicos con apenas 16 años. ¿Qué pasaba por tu cabeza en ese momento? Y hoy, mirándolo con toda esta experiencia, ¿cuál fue el desafío más grande?
PUBLICIDAD
—Estamos en 2026 y ya se cumplieron 10 años porque fueron en agosto los Juegos Olímpicos de Río. Yo estaba en pleno colegio secundario y clasifico en los Juegos Panamericanos de 2015, o sea, un año antes. Olimpiada se le llama al ciclo de cuatro años. Juego Olímpico es la cita. En esos cuatro años hay instancias de clasificación y yo estaba muy verde en términos de que no entendía bien cuáles eran las instancias, porque eran un sueño los Juegos Olímpicos. El tema es que iba avanzando a medida de las metas que yo misma me iba poniendo, independientemente de si iba a ir a representar Argentina o no. O sea, ir a un Juego Olímpico no era un objetivo para mí. Yo quería ser lo mejor que pudiera en la línea de tiro. Eso me terminó llevando a que a los 16 años llegué a ese lugar. Recuerdo ser la más chica del equipo de tiro.
En ese momento había un promedio de edad de 40 años. Imaginate la brecha que había entre la persona más grande del equipo nacional de tiro y yo. Era un equipo muy añejo. Todavía no le había llegado el recambio, pero hoy en día sí. Hoy el promedio de edad ha bajado muchísimo. Pero, al ser un deporte donde vos podés competir por tanta cantidad de años, hay una predisposición a que las personas con más experiencia tengan ciertas capacidades que, por ahí, un joven que es un poco más impulsivo no las tiene. De hecho, yo lo noto ahora con diez años de experiencia que ya no soy la nena que era antes, pero no por falta de capacidad, sino más bien por la paciencia que he desarrollado en estos años. Y me siento vieja diciendo esto porque tengo 26. Tuve la gracia de Dios y de todo el equipo que me acompañó de haber podido ganar estos diez años y llegar a la edad teórica óptima de un tirador, que son más o menos los 30 años. En el momento que yo clasifico, ganando una medalla de plata en los Juegos Panamericanos de Toronto 2015, cuando veo la pantalla de clasificación fue como ¿qué está sucediendo? ¿Qué acaba de pasar? Pensaba que en cualquier momento me iban a despertar para ir al colegio.
—Dijiste varias veces: “Yo quería ser la mejor en lo que hiciera”. Terminaste desarrollando una pasión por el tiro deportivo, pero tu gran obsesión no parecía ser el reconocimiento, ganar un premio o una medalla, sino ser la mejor en aquello que hicieras. ¿De dónde venía esa necesidad? ¿Y es una característica que todavía te acompaña?
—¿De dónde viene? Traumas (risas).
—¿Por qué viene de traumas?
—Un trauma en el buen sentido de la palabra. Lo terminé canalizando de alguna manera que fue positiva. ¿De dónde sale? No tengo idea. Mi viejo es súper autoexigente, mi mamá también, ambos en sus ámbitos. No he nacido de un repollo tampoco. Pero no era una exigencia directa de mis padres. En ese sentido creo que fui el experimento perfecto, en el punto de que me inculcaron ciertos niveles de exigencia sin exigirme de forma directa y sin castigarme. El resultado fue una perfeccionista, pero terriblemente terca, con unos niveles de autodestrucción al punto de caer en un pozo depresivo por no ganar un Juego Olímpico. O sea, por no ser la mejor del mundo en algo. Y en algún punto, cuando uno es adulto y empieza a tomar decisiones, dejás de culpar a sus padres por las cosas que no hicieron o por las que hicieron y empezás a hacerte cargo de cuál es la vida que querés llevar. Al día de hoy, quiero ser la mejor tiradora del mundo algún día. ¿Lo estoy persiguiendo? Sí, por supuesto. Si eso no llega, ¿voy a ser infeliz? No. Porque entendí que la perfección no es solamente la medalla de oro que te cuelgan en el cuello el día que ganás. Esa medalla de oro es un momento puntual en el que ejecutaste el último tiro de la final. Ni siquiera es cuando te la cuelgan. Después de eso te bajaste del podio y seguís siendo el mismo simple mortal de todos los días. El mismo mortal que llora, tiene problemas y dificultades como cualquiera en sus ámbitos de aplicación. Aprendí a regular esa autoexigencia para que, el día de mañana, cuando cierre los ojos y haga un balance de mi vida, pueda decir: “Sí, gané. Gané de alguna forma”. Y hoy en día lo veo para atrás y gané muchísimas cosas. Gané experiencia, amigos e incluso las cosas que perdí, igualmente las gané.

—Quiero que me lleves un poco por ese camino que recién mencionaste: “Me ponía tanta presión que, un día, esto terminó desbordándome”. ¿Cuándo empezaste a notar que esa exigencia podía convertirse en un problema?
—En realidad, noté que esto podía ser un problema en el momento que el problema se sentó conmigo en la mesa y que ya estaba instalado. En los Juegos Olímpicos de Río, yo quedo a un punto y medio de la final con 16 años. Un punto y medio es muy poco para nuestro deporte. Me propongo clasificar a los Juegos de Tokio con mucha más conciencia, preparación, porque los Juegos de Río de alguna manera me encontraron. No es que yo los fui a buscar, me tocaron la puerta. Y lo difícil del deporte no es llegar sino mantenerse. Llegar a un Juego Olímpico no es difícil, pero ir a dos, tres o cuatro, sí. Hay gente que tiene seis Juegos Olímpicos en algunos deportes. Yo me quería mantener. Quería cerrarle la boca a todo el mundo que decía: “Esta piba es una chispa de inexperiencia y le salieron las cosas simplemente porque le salieron”. Clasifico a los Juegos de Tokio y se declara la pandemia. Yo venía muy preparada, independientemente de toda la cantidad de fases que tuvimos que atravesar en la pandemia. Parte de mi preparación la hice en La Rioja y estaba haciendo las marcas que me hubiesen habilitado a clasificar a una final olímpica. Por una cuestión de protocolo, 96 horas antes del vuelo nos testean y yo doy positivo de COVID sin ningún síntoma. Los síntomas empezaron a venir después, cuando el virus se fue de mi cuerpo y yo finalmente pude viajar a Japón a competir. Tiré por lo menos 15 puntos menos de lo que había entrenado, que es una locura en nuestro deporte. Ahí dije: “Estoy metida dentro de una película de terror”. Eso de “alguien me va a despertar para ir al colegio”, que sentía a los 16, fue “ojalá alguien me venga a despertar para ir al colegio ahora que estoy viviendo todo esto y me siento una fracasada”, porque yo me había preparado para algo que no llegó jamás. Hoy lo veo en perspectiva y digo: “Por lo menos le pude poner un final al cuento”.
Pude ir a competir, a representar a mi país, pude estar, que hay atletas que no pudieron, ya sea porque se enfermaron, porque tuvieron síntomas allá y los pusieron en cuarentena o por las diversas circunstancias de la vida que nos dejó la pandemia como resabio. Hoy lo veo desde ese lugar, pero volver a la habitación de la Villa Olímpica el día que había competido fue, al día de hoy, lo peor que me pasó, porque había salido con ganas de comerme el mundo y el mundo me comió a mí. Volver a Argentina, a una cuarentena más que lógica porque venía de otro país, 14 días encerrada en cuatro paredes, en las mismas cuatro paredes que me habían albergado y me habían escuchado rezar para poder curarme, me escuchaban rezar para morirme, porque no quería pasar por lo que estaba viviendo. No quería escuchar las voces de mi cabeza diciendo: “No servís para nada”. Quería apagarme. Recuerdo una conversación por teléfono con mi mamá que le dijo: “Me quiero apagar. Apagame la cabeza. ¿Cómo hago para apagarme la cabeza?”. Fue recibir mucha ayuda psicológica, psiquiátrica, terapéutica y mis amigos sosteniéndome y enseñándome que mi valor no iba por un resultado. Es donde empecé a darme cuenta de que, en realidad, ganar significa tantas cosas. Es verdad que había puesto todos los huevos en una sola canasta, que es un poco lo que hacemos todos los especialistas en algo. Y cuando uno tiene un objetivo, al menos yo, no sé vivir las cosas de otra manera. Independientemente del deporte, en la vida soy así. Si quiero algo, voy por todo. No sé vivir a medias tintas.
En esta preparación yo sentía que, si no ponía todos los huevos en una misma canasta, no había dado todo. Y lo peor que le puede pasar a un deportista es volver a su casa preguntándose: “¿Qué hubiese pasado si hubiese hecho esto en lugar de esto otro?”. Porque todos esos escenarios hipotéticos no van a suceder jamás y uno no puede vivir así. Al menos para mí no es una posibilidad. Para un deportista el resultado te define finalmente, porque vos sos en función de. Uno es en función de una marca, de un puesto, una medalla, un logro A, B o C. Entonces, en realidad el desafío para nosotros es desaprender ese concepto para aprender que somos un montón de otras cosas. Yo no soy Fernanda la tiradora, soy Fernanda la que tira a veces, o soy Fernanda la amiga, Fernanda la profesional y Fernanda la que se disfraza de un montón de otras cosas, pero no soy solamente una sola cosa. Eso es lo que tuve que aprender en ese momento: que el resultado no definía a Fernanda. El resultado era justamente eso, un resultado, algo que Fernanda generaba. En ese momento te explota la cabeza porque va completamente en contra del concepto propio del alto rendimiento del deporte. Uno se baja de la bicicleta del exitismo, que aparte es una rueda que gira como industria para todo. Aprendés a apoyarte en otras cosas y aprendés a redefinir el éxito. Me tuve que sentar conmigo misma y preguntarme: “¿Voy a seguir? ¿Quiero seguir haciendo esto? ¿Me quiero seguir enfrentando a los mismos demonios de siempre, que ya nos conocemos, somos amigos, nos sentamos a tomar mate todos los días que vamos a entrenar?”.

—¿Qué herramienta tenés hoy que en ese momento te hubiese gustado tener para lidiar con esta situación?
—Tengo un entorno muy fortalecido y que me ha acompañado en todo esto, que ha aprendido conmigo, pero que también ha sabido sostenerme. No sé si es una herramienta, pero hace falta mucha valentía para pasar por estas cosas y para hacerse cargo de las cosas que uno hizo mal, que lo llevaron a estar en el lugar donde yo estuve. Yo me hago cargo de que llegué donde llegué por error mío. Por voluntad propia, pero porque el enfoque o la forma que tuve de encarar ese desafío no fue el correcto. Porque volvemos a lo mismo, ¿qué es el éxito? ¿Ganar una medalla de oro en un Juego Olímpico? Sí, recontra. Pero si volvés a tu casa y no sos feliz con eso, ¿para qué lo hiciste?
—Y ahora que redefiniste el éxito, ¿cómo lo mirás?
—Yo creo que ahora estoy viviendo la vida. Antes la veía pasar. La vida me pasaba. Ahora yo voy con la vida. O sea, me subo al tren del éxito porque es mío. Las cosas que logro, las logro yo y si no las logro, no pasa nada, lo intenté. Ojo, que esto no quiere decir que yo no dé todo, porque doy todo lo que tengo. Pero antes decía: “Doy todo lo que tengo y más”. Hoy doy lo que tengo y alcanzará para lo que alcance en el punto que alcance.
—El deportista Michael Phelps hizo un documental, El peso del oro, donde habla de unas estadísticas tremendas sobre el impacto de la salud mental en los atletas olímpicos. ¿Qué pensás de esto y qué podés contarme desde tu experiencia en ese mundo?
—De hecho mi psicólogo deportivo fue quien me recomendó El peso del oro. Las estadísticas son reales y por eso el Comité Olímpico Internacional y las organizaciones que están involucradas en la organización de este tipo de eventos y en el desarrollo de deportistas en cualquier etapa, ya sea desde la iniciación hacia lo más alto, lo tienen en cuenta. Porque nosotros pasamos a ser un número en un punto. Cuando nos convertimos en un número preocupante, donde el 80% se deprime y el 30% piensa en suicidarse, decís: “Bueno, si el 30% de toda esta cantidad de personas que son súper humanos, que compiten en un Juego Olímpico, que solamente un 0,000 algo llega a competir en un Juego Olímpico alguna vez en la vida, está todo mal”. Ahí, como sociedad, hemos frenado un poco la pelota para decir. “¿Dónde realmente tiene que estar el peso del oro? ¿En arruinarte la vida o en realmente ayudarte a ser una persona de bien y ser un ejemplo para la sociedad?”. Porque finalmente el deporte es eso: tener un tejido social sano. El alto rendimiento durante muchísimo tiempo no era el camino hacia la sanidad sino hacia la enfermedad, porque era el exponente extremo de todo: del entrenamiento físico, técnico y de las exigencias mentales.

—También pienso en cómo algo que durante años fue una fuente de disfrute, pasión y fortaleza mental y física, terminó convirtiéndose en una fuente de sufrimiento y perdiendo su propósito inicial
—Es que te mirás al espejo y no sabés quién sos. Te mirás al espejo y la persona que te devuelve el reflejo no es la persona que llegó inicialmente. Es alguien demacrado, con las ojeras por el piso, sin ganas de vivir y sin objetivos de mirar para adelante, porque lo que te habías planteado inicialmente no era viable o posible. Que, en realidad, son las eventualidades. Campeón olímpico hay uno cada cuatro años. ¿Y que todos los otros somos unos fracasados? No. Esa es la parte perversa del sistema: la zanahoria que cuelga y que uno se cuelga solamente la va a agarrar uno. Entonces, ¿qué pasa con todos los demás? ¿Cómo capitalizamos el esfuerzo de todas las demás personas? Porque obvio, uno voluntariamente se sube a la montaña rusa sabiendo qué es lo que va a pasar. Me pasó la primera vez. En los Juegos de Río me deprimí. No sabía qué era eso que me pasaba cuando volvía a mi casa, iba al colegio, sentía que nada me alcanzaba y todo era vacío. Me sacaba un diez en un examen y no me servía. Me daba bola el chico que me gustaba y no me interesaba. Llevado a la escala de un adolescente, cualquier cosa que podía ser “lo mejor que te podía llegar a pasar”, no servía, porque todo es vacío después de eso. Sabiendo eso, sin poder ponerle un nombre, me volví a subir a esa montaña rusa para los Juegos de Tokio y lo volví a pasar.
Y ahí me di la cabeza contra la pared y dije: “¿Por qué no me alcanza?”. Y la respuesta es porque la zanahoria la ganó una sola persona. Entonces, ¿cómo capitalizo todo lo que yo hice? Porque yo no soy la misma Fernanda que se subió a la montaña rusa. Y me pasó de nuevo para los Juegos de París con una voluntad tremenda de decir: “Yo sé que esto me va a pasar, pero el tema es ¿cómo me va a pasar? ¿Me va a pasar queriéndome matar o me va a pasar diciendo: ‘Mirá la cantidad de historias que tengo para contarle a mis nietos si algún día los tengo?’, ‘Mirá la cantidad de vivencias que tuve’ o ‘lo privilegiada que soy de poder darme el gusto de no haber competido en un Juego Olímpico, sino en tres’”. Hoy lo pienso así. Soy una privilegiada de haberme dado el espacio de intentarlo y de lograrlo.

—Hace un ratito me dijiste: “Yo antes era Fernanda, la tiradora, y ahora soy Fernanda, la que tira”. ¿Qué otras cosas hacen a Fernanda? ¿Qué es importante para vos cultivar hoy?
—Fue una pregunta que me la tuve que hacer muchas veces en la vida a medida que me iba enfrentando con estas paredes a romper. Y las respuestas varían en función de las cosas que yo quería que permanecieran independientemente de lo que Fernanda la tiradora, en ese momento, y hoy Fernanda la que tira, hiciera. A mí no me define la marca sino la pasión que le pongo a lo que hago, el amor que le pongo a las cosas, a mi deporte, a mi familia, a mis amigos, a mi país. Para mí no hay mayor orgullo que representar a Argentina. Para mí ser exponente en ese sentido es un lujo. Pero las cosas que componen a Fernanda la que tira, que también es Fernanda la que tiene amigos, la que trabaja, es la convicción de que al momento de poner la cabeza en la almohada hiciste todo lo que podías y todo lo que estaba a tu alcance para hacer las cosas bien. La tranquilidad de la toma de decisiones desde el amor y la buena moral, desde el juego limpio, desde la construcción del mensaje que queremos dejar a las personas que nos miran. Porque finalmente el resultado es anecdótico. Argentina tiene muchísimos campeones olímpicos de los cuales nadie se acuerda. Y pasa en todos lados. En este país hay eminencias en la medicina, en la ciencia, en el deporte, en todos los campos de aplicación porque somos un país terriblemente rico, con muchísima influencia extranjera que hemos sabido cultivar internamente, independientemente de todas las cosas que le han pasado a este país. Pero no somos el resultado en función de lo que hicimos en nuestro campo de aplicación solamente, es cómo eso atraviesa la sociedad. Me ha pasado muchas veces de terminar de competir y que se me acerquen chicos en edad de iniciación y me digan: “Yo empecé a tirar porque te vi en la tele y quería ser como vos”. Y ojalá el día de mañana esos chicos lleguen a competir conmigo y me ganen. Si eso llega a suceder en algún momento, yo gané. Para mí ganar es eso, que me digan: pude atravesar esta situación difícil porque te vi haciendo tal o cual cosa. Eso es resultado, no el de una marca.
—Fer, ¿recordás a alguien que haya sido un mentor, un referente, alguien que te haya enseñado una lección que hasta el día de hoy te acompaña?
—Tengo un montón de mentores y de maestros. Mis padres han sido los primeros y son los que al día de hoy perduran, mis primeros entrenadores. No sé si puedo encasillar a alguien en ese lugar, es un grupo de personas. Pero sí recuerdo una situación puntual en los Juegos Olímpicos de Río. Era la más chica de la delegación y me cruzo en la entrada del edificio de Argentina a Manu Ginóbili. Y yo me quedo sorprendida como que vi a Dios (risas). Lo freno y le digo: “Manu, ¿me puedo sacar una foto con vos?”. “Yo me quiero sacar una foto con vos. Lo que me hiciste llorar ayer, nena, no tiene sentido”, me dijo. Yo, que lo había visto como ejemplo deportivo, en realidad él lo que me vino a enseñar fue un ejemplo humano. Un tipo que ya jugaba en la NBA, que después pasó a ser eminencia en el Salón de la Fama, le estaba enseñando a una nena de 16 años cómo se tiene que comportar un deportista, independientemente de cuáles sean sus éxitos. Eso es algo que atesoro al día de hoy. Después, cuando atravesé todo mi cuadro depresivo, conocer la historia de Santi Lange y su cáncer y ganar una medalla olímpica, independientemente de su circunstancia, fue un golpe. Me pregunté a mi misma: ¿vos te estás haciendo problema porque no fuiste campeona olímpica? Dale, nena, hay cosas más importantes en la vida. La vida misma es más importante.

—Fer, ¿hay algo que creas que es importante que nos faltó hablar?
—Espero que sea el próximo capítulo (risas). Estamos en el primer escalón hacia los Juegos de Los Ángeles, que son los Juegos para ir, porque además Estados Unidos, por ser país anfitrión, tiene plazas propias, lo cual nos hace a nosotros como argentinos, que somos potencia en América, tener el camino un poco más allanado para clasificar. No sé si serán los últimos. Lo estoy pensando. No lo sé. Tampoco me quiero condicionar, pero muchos años en el alto rendimiento también uno aprende a balancear y siento que ese balance también está yendo más por el lado profesional, que me encanta. En Argentina los deportistas tenemos que ser profesionales en cómo entrenamos y competimos, pero también tenemos que ser profesionales en otra cosa porque no alcanza. Yo amo mi trabajo. Pico Mónaco y Mariano Zabaleta, que son mis dos mentores en la parte profesional, porque yo trabajo en Summa Sports con ellos haciendo marketing deportivo, me han marcado el camino en cómo tiene que ser un deportista fuera de la cancha también en términos empresariales.
—¿Podrás contarme algo que hayas aprendido puntualmente de ellos?
—Ellos aprendieron a administrar su carrera deportiva independientemente de su resultado. Aprendieron a trascender lo que era pegarle a una pelota de tenis. Nosotros escuchamos a Mariano hablar del momento de su retiro y a mí me parece tan cómico que digo: “Ojalá el día que elija retirarme me lo pueda tomar con este nivel de naturalidad”. Es encontrar el punto de decir: “Hasta acá llegué y esto es todo lo que yo tenía para dar”, e irse con la tranquilidad del trabajo bien hecho. Y poder ayudar también a otros deportistas a encontrar ese camino. Porque nosotros trabajamos en marketing y en representación. Entonces, desde el lado de haberlo vivido en carne propia, con ellos me siento a hablar de igual a igual en ese sentido. El tenis y el tiro son deportes individuales, donde el rival directo es uno. La persona que uno tiene enfrente y le devuelve la pelota sí es un rival, pero es uno. En realidad, la persona a la que hay que vencer es el propio ego. Entonces, tenerlos a ellos como guía y como punta de camino que me van marcando el espacio, para mí es un lujo. Es un privilegio poder trabajar al lado de ellos y aprender, pero es un espacio que necesito desarrollar en el momento en que lo deportivo pase a un segundo plano, que hoy en día no lo es todavía. Hoy puedo balancear la vida entre la Fernanda que trabaja y la que tira, pero sé que algún día eso se va a acabar y se va a acabar de manera planificada porque es más fuerte que yo. Y espero que el día de mañana las generaciones futuras sean mejores que yo.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
“Ayuda” y “SOS”: los dramáticos mensajes en el fondo de un lago que está a punto de secarse en Europa
Una combinación de sequía extrema, olas de calor y fisuras geológicas dejó varadas a las embarcaciones turísticas en la frontera franco-suiza. La cuenca natural del río Doubs disminuye su nivel a ritmo acelerado mientras los vecinos temen por la desaparición definitiva del lugar
Caída del pelo: por qué es clave conocer la causa antes de elegir un tratamiento
La pérdida capilar puede tener origen genético, hormonal, autoinmune o transitorio. En el marco del Día Mundial de la Alopecia, qué señales justifican una consulta dermatológica y cuáles son las opciones disponibles según cada diagnóstico

Los expertos en psicología coinciden: la personalidad no define a tu alma gemela
Estudios sobre vínculos de pareja muestran que la afinidad personal influye poco y que el cuidado diario tiene un peso mayor en las relaciones duraderas

Cuál es el elemento de la cama que quizás no estás lavando lo suficiente
Especialistas sugieren atender esta tarea varias veces al año, con mayor frecuencia ante alergias, mascotas o sudoración intensa

Por qué las charlas ocasionales despiertan interés científico frente al avance de la soledad
Especialistas en psicología social distinguen entre breves intercambios con desconocidos y vínculos de cuidado profundo, mientras la OMS advierte que 1 de cada 6 personas en el mundo experimenta ese malestar emocional




