¿Qué hay detrás de la fascinación por el aroma de los libros viejos?

El fenómeno reúne percepciones personales, paso del tiempo y una relación singular entre quienes leen y sus ejemplares guardados

Dibujo de una mujer pelirroja con peinado en moño y camisa a cuadros que sostiene un libro abierto frente a ella.
El papel envejecido libera compuestos orgánicos volátiles que determinan el aroma de los libros antiguos. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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El aroma que surge al abrir un volumen guardado durante años tiene una explicación material y otra ligada a la memoria. El olor de los libros antiguos procede de compuestos que se liberan a medida que envejecen el papel y otros materiales del ejemplar.

El papel libera compuestos al envejecer

El olor no responde a una sustancia única ni es igual en todos los ejemplares. La composición del papel, tintas, adhesivos, encuadernación y condiciones de guarda intervienen en el resultado. Por eso un libro puede oler a madera, vainilla, polvo o humedad, mientras otro de edad similar presenta un aroma distinto.

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Infografía explicativa con ilustraciones de un libro abierto, moléculas químicas, un cerebro humano y una lupa sobre hojas amarillentas.
La lignina favorece el amarilleamiento y acelera algunos cambios químicos del papel fabricado con pulpa de madera . (Imagen Ilustrativa Infobae)

La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos explica que los libros y papeles se degradan por reacciones químicas. Entre ellas la hidrólisis y oxidación, además de factores ambientales como la humedad y la luz.

Durante esos procesos se desprenden compuestos orgánicos volátiles (COV), sustancias que pasan con facilidad al aire y pueden ser percibidas por el olfato. Entre los compuestos vinculados al deterioro del papel, la institución menciona ácidos, aldehídos, alcoholes e hidrocarburos.

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Estantería de pared blanca con múltiples estantes llenos de libros antiguos, jarrones con flores secas, dos bustos, dos globos terráqueos y varias figuras.
La composición de las tintas, los adhesivos y la encuadernación modifica la fragancia de cada ejemplar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La celulosa constituye la base del papel y, en muchos papeles fabricados con pulpa de madera, también está presente la lignina. Esta última favorece el proceso que las torna amarillas y participa en procesos que alteran la estabilidad del material.

La institución señala que la pulpa mecánica conserva lignina y que el papel producido antes de la década de 1980 suele ser ácido por los métodos de fabricación utilizados entonces. Esas diferencias ayudan a entender por qué ciertos libros envejecen con más rapidez que otros.

En las colecciones, el libro tampoco funciona como un objeto aislado. Puede absorber y volver a emitir compuestos procedentes del ambiente, de otros materiales de guarda o de su propio interior. El programa de conservación de esa biblioteca estudia esos gases como indicadores del estado de papel, cubiertas, tintas y adhesivos.

Pilas de libros antiguos sobre mesas de madera y estanterías repletas de tomos encuadernados.
La humedad y la luz influyen en la degradación de los libros y documentos almacenados durante largos periodos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El olfato conecta el aroma con recuerdos personales

El proceso material no explica por sí solo por qué el olor de una biblioteca o de un libro heredado puede resultar familiar. La percepción depende de la historia de cada persona. Una sala de lectura, biblioteca escolar o estante de la casa pueden quedar asociados a un aroma particular.

El Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos describe una conexión estrecha entre el sistema olfativo y estructuras cerebrales relacionadas con la emoción y la memoria, como la amígdala y el hipocampo. La literatura científica recogida por ese organismo indica que los recuerdos autobiográficos activados por olores suelen sentirse más emocionales que los provocados por estímulos visuales o verbales.

Esa relación permite que el mismo olor sea agradable para una persona e indiferente para otra. El aroma no conserva por sí mismo una escena del pasado: funciona como una señal que puede activar asociaciones formadas previamente. En ese sentido, el interés por el “olor a libro viejo” combina el deterioro natural de materiales con experiencias individuales de lectura y archivo.

Varios libros y cuadernos abiertos en un escritorio, con páginas manuscritas, fotografías antiguas, flores prensadas, una lupa, una pluma y una taza de té.
El olfato conecta los aromas conocidos con regiones cerebrales relacionadas con la memoria y las emociones. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un olor a humedad exige revisar el estado del ejemplar

Conviene diferenciar el olor propio del envejecimiento de señales asociadas a humedad o moho. Un libro con páginas mojadas, deformadas, pegadas entre sí o con crecimiento visible requiere una evaluación distinta. El moho puede afectar tanto al objeto como a quienes lo manipulan.

La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos advierte que los mohos producen alérgenos e irritantes, y la inhalación o contacto con esporas puede causar reacciones en personas sensibles.

También señala que controlar la humedad es la medida central para prevenir su crecimiento. Recomienda secar las zonas o materiales afectados por agua dentro de las 24 a 48 horas, cuando sea posible.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Las experiencias personales de lectura convierten el olor de una biblioteca en una señal cargada de significado. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para los ejemplares con valor histórico, afectivo o documental, la conservación profesional puede evitar intervenciones que agraven el daño.

La diferencia entre un volumen envejecido y uno afectado por humedad no está solo en el aroma: también se observa en el estado físico del papel y de la encuadernación.

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