Por qué las mujeres sienten más el frío que los hombres, según la ciencia

Desde la testosterona que inhibe la percepción térmica hasta una respuesta hormonal que varía con cada etapa de la vida, las diferencias entre géneros también tienen su expresión en la temperatura de los ambientes

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Ilustración plana de una mujer con abrigo y bufanda, exhalando vapor, sentada en un escritorio en una oficina con tres hombres con ropa ligera. Fondo azul y violeta.
Estudios revelan que las mujeres sienten más frío que los hombres, tanto en ambientes abiertos como cerrados (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un mito que llega con el invierno y las fuertes heladas matutinas es el de que las mujeres sienten más el frío que los hombres. Esta idea, extendida en diferentes culturas y conocida popularmente como “invierno femenino”, comenzó a ser motivo de investigación por investigadores y la ciencia. Así, han hallado algunos factores que explican por qué son más friolentas, tanto en entornos frescos como en los más cálidos.

Las mujeres sienten más el frío: la explicación de la ciencia

Numerosos estudios coinciden en que existen diferencias fisiológicas y hormonales entre hombres y mujeres que afectan la percepción del frío. Las investigaciones revisadas evidencian que, en promedio, las mujeres tienden a experimentar sensaciones más intensas y temperaturas cutáneas más bajas que los hombres en distintos ambientes.

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Esta diferencia se atribuye en parte a la composición corporal: las mujeres suelen tener menor masa muscular, un metabolismo más lento y una mayor proporción de grasa subcutánea.

Primer plano de mujer con gorro negro y chaqueta de invierno exhalando vapor visiblemente. El sol brilla sobre la nieve y los árboles en el fondo.
Las mujeres experimentan mayor sensibilidad al frío debido a diferencias fisiológicas y hormonales específicas según diversos estudios científicos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un estudio llamado “Diferencias de género en las tasas metabólicas” explica que el tejido adiposo, aunque actúe como aislante, puede reducir la transferencia de calor hacia las extremidades, lo que responde al motivo de una mayor frecuencia de manos y pies con bajas temperaturas en el sexo femenino.

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La dimensión hormonal también resulta fundamental. Según la profesora Dimitra Gkika, profesora de la Universidad de Lille citada por Le Monde, la testosterona inhibe la percepción del frío a nivel de los canales proteicos TRPM8, presentes en las terminaciones nerviosas bajo la piel. Por el contrario, el estrógeno, dominante en las mujeres, espesa la sangre y dificulta la llegada de calor a las extremidades, mientras que la liberación de progesterona durante la ovulación eleva la temperatura interna y aumenta la sensibilidad a las heladas. Una investigación publicada en Science Direct detalla que la temperatura de las manos puede ser hasta 1,6 ℃ menor que en hombres.

A nivel fisiológico, la literatura revisada por Science Direct detalla que las mujeres presentan una respuesta vasomotora más rápida y fuerte al frío: sus vasos sanguíneos se contraen antes y con mayor intensidad, lo que reduce aún más la temperatura de la piel. Este mecanismo de defensa térmica, aunque protege la temperatura central, incrementa la incomodidad subjetiva ante exposiciones frías.

Persona con suéter grueso y pantalones azules sentada en sofá, abrazándose. Hay una taza humeante y un mando a distancia en la mesa junto a una ventana.
La menor masa muscular y metabolismo más lento en mujeres contribuyen a una percepción más intensa del frío respecto a los hombres (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las diferencias se acentúan fuera de la zona de neutralidad térmica, es decir, cuando el ambiente se aleja del rango considerado confortable. De hecho, el metaanálisis muestra que, bajo estas condiciones, la sensación percibida ya es levemente más fresca que la de los hombres, y esta brecha se amplía en ambientes con temperaturas más bajas. No obstante, el calor corporal central de las mujeres suele ser ligeramente superior, un hallazgo consistente en distintos estudios experimentales.

Factores sociales y estándar térmico

Otro factor, que fue estudiado y comprobado científicamente, tiene lugar central en las oficinas abiertas. El exceso de aire acondicionado, configurado históricamente para satisfacer a un trabajador tipo masculino de unos 40 años y 70 kg, deja a muchas mujeres expuestas a temperaturas incómodas, recogió National Geographic. Este parámetro de confort no solo refleja un sesgo en el diseño de los sistemas de climatización, sino que también ignora la variabilidad real de las necesidades térmicas entre individuos.

Las investigaciones destacan que el estándar térmico dominante fue definido tomando como referencia al hombre promedio y su tasa metabólica. Según el estudio desarrollado sobre el confort térmico en ambos sexos, la tasa utilizada para calcular la temperatura ideal sobreestima las necesidades femeninas en un 20% o 30%.

Una mujer con suéter y bufanda sentada en un escritorio usando una laptop en una oficina abierta de ladrillo visto, con un hombre en camisa junto a ella.
La configuración de la climatización en oficinas tiende a favorecer el confort térmico masculino, generando malestar en muchas mujeres (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esto genera un desfase: mientras los hombres pueden sentirse cómodos a 22 ℃ o 24 ℃, las mujeres requieren entre 24,5 ℃ y 26 ℃ para experimentar el mismo nivel de confort. En oficinas y espacios públicos, este desajuste se traduce en malestar, disminución del rendimiento y conductas compensatorias, como el uso de prendas adicionales y calefactores portátiles.

El impacto en la productividad ha sido estudiado por economistas y especialistas en ergonomía. Thomas Chang, citado en National Geographic, comprobó que las mujeres obtienen mejores resultados en tareas verbales y matemáticas a temperaturas más cálidas, mientras que los hombres rinden mejor en ambientes más frescos.

Aunque las diferencias porcentuales parecen pequeñas, pueden tener repercusiones significativas en grandes equipos de trabajo. Por su parte, Stefano Schiavon, reseñado también en la revista, matiza que el rendimiento laboral solo se ve afectado de manera notable en situaciones de frío o calor extremos; en condiciones moderadas, la incomodidad térmica no necesariamente reduce la productividad.

Cómo influyen las etapas vitales femeninas

Una mujer con gorro, bufanda y campera acolchada está de pie al lado de un hombre con suéter color camel en una acera. El fondo está difuminado.
Investigaciones determinan que la temperatura ambiente ideal para las mujeres es entre 2 y 4 grados superior a la de los hombres en entornos laborales (Imagen Ilustrativa Infobae)

La percepción térmica femenina no es estática: varía de manera significativa a lo largo de distintas etapas de la vida, especialmente durante el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia. Estas fluctuaciones responden a cambios hormonales que inciden directamente en la termorregulación y el confort térmico, como detalla el metaanálisis publicado en Science Direct en 2025, así como la voz de otros expertos.

Durante el ciclo menstrual, las concentraciones de estrógeno y progesterona oscilan, modificando tanto la temperatura corporal central como la sensibilidad al frío. En la fase lútea, posterior a la ovulación, la progesterona eleva la temperatura corporal entre 0,5 y 0,8 ℃ y desplaza los umbrales de inicio de las respuestas termorreguladoras, como la vasoconstricción y la sudoración. Esta alteración hace que sean más vulnerables al enfriamiento y, por tanto, más propensas a sentir frío en esta etapa.

La gestación implica un aumento sostenido del metabolismo materno y una elevación de la temperatura corporal central, lo que incrementa la sensibilidad térmica, particularmente ante el calor, en el segundo y tercer trimestre del embarazo. Los estudios indican que las embarazadas suelen preferir ambientes más frescos a medida que avanza la gestación, adaptando sus comportamientos y preferencias para evitar el sobrecalentamiento.

La menopausia, por su parte, se caracteriza por una disminución abrupta de los niveles de estrógenos y la aparición de síntomas como sofocos y sudoración nocturna. Estos episodios, definidos por una sensación súbita de calor interno y cambios rápidos en la vasodilatación cutánea, suelen ir seguidos de escalofríos y una mayor incomodidad térmica. En esta etapa presentan una mayor percepción de calor y, a menudo, insatisfacción térmica, incluso en ausencia de sofocos, lo que modifica sus preferencias y tolerancia ante distintos ambientes.

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