El vino y la Pascua: el brindis sagrado que une tradiciones, cultura y gastronomía

Esta bebida milenaria ha mantenido su lugar especial en rituales y celebraciones, siendo protagonista por igual en la comunidad judía y católica, donde simboliza alegría, redención y unión familiar

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El vino mantiene una influencia crucial en la cultura y la religión, diferenciándose de otras bebidas por su papel en rituales, festividades y ceremonias sagradas (Freepik)
El vino mantiene una influencia crucial en la cultura y la religión, diferenciándose de otras bebidas por su papel en rituales, festividades y ceremonias sagradas (Freepik)

Mientras que para el cristianismo el vino es un elemento central que simboliza la sangre de Cristo, la nueva alianza, la alegría y la vida divina, para la comunidad judía el vino “significa” fiesta y es símbolo de alegría, santidad, sabiduría y prosperidad. Es por ello que para los primeros es fundamental en la liturgia, ya que en la Eucaristía se consagra y representa el sacrificio redentor de Jesús siendo parte de la Santa Cena. Y para los segundos, es protagonista en diversas festividades. Pero, como el resto de los vinos, pueden ser de gran calidad y ostentar atributos de variedad, estilo y origen.

Más allá de las creencias, el vino es parte importante de la cultura de estos pueblos milenarios. Por ejemplo, en la última cena, Jesús tomó vino y dijo “Esta es mi sangre”: representa el nuevo pacto de Dios con la humanidad, sellado con el sacrificio de Jesús en la cruz. El vino también se asocia con la celebración, la abundancia y un regalo de Dios. Se recuerda también el “Milagro de Caná”, el primer milagro de Jesús que fue convertir agua en vino, simbolizando la alegría y la transformación divina.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
El vino desempeña un papel central en la Pascua cristiana y el Pésaj judío, representando símbolos de redención, libertad y unión familiar (Imagen Ilustrativa Infobae)

Desde los primeros siglos, los cristianos quisieron mantenerse fieles a ese acontecimiento histórico. Por eso, en el Concilio de Nicea (año 325), la Iglesia estableció una regla que sigue vigente hasta hoy: la Pascua se celebra el primer domingo después de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera. Y es por ello que muchas veces coincide en fechas con el Pésaj judío, aunque son celebraciones muy diferentes.

La principal diferencia es que el Pésaj judío conmemora la liberación de la esclavitud en Egipto (libertad física), mientras que la Pascua cristiana celebra la resurrección de Jesús (liberación espiritual del pecado).

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Para el judaísmo, el vino es sinónimo de alegría, prosperidad y santidad (Imagen Ilustrativa Infobae)

Aunque comparten raíces históricas y ocurren en primavera (en el Hemisferio Norte), el Pésaj dura entre 7 y 8 días, mientras que la Pascua es el domingo central de la Semana Santa. Otra de las grandes diferencias es que en Pésaj se come matzá (pan sin levadura) y hierbas amargas para recordar la prisa y la amargura de la esclavitud. Sin embargo, en la Pascua cristiana se usan huevos (simbolizando la tumba vacía), cruces y cirios. Ambas festividades sí coinciden en temas de redención, libertad y reuniones familiares, y la última cena de Jesús fue, de hecho, una cena de Seder de Pésaj.

Y el vino fue protagonista demostrando que es mucho más que una bebida milenaria, por eso siempre puede sorprender. No solo con las novedades que propone constantemente, debido al lanzamiento de las nuevas cosechas año tras año. También con los que existen hace tiempo, ya que los vinos siguen evolucionando en botella, con innumerables etiquetas que dan que hablar por historia, prestigio y valor. Y obviamente con los vinos actuales, porque el vino ante todo es cultura y forma parte del día a día de muchos consumidores habituales, que no paran de sorprenderse con etiquetas que aún no conocen, ya que la diversidad del vino es inalcanzable.

A lo largo de más de 8.000 años de existencia, está comprobada la influencia del vino en la evolución cultural del hombre en distintas civilizaciones, atravesando diversas épocas. Y es ese significado cultural que lo diferencia de las demás bebidas, más allá de sus atributos y características específicas.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
El vino es protagonista durante el Shabat y el Pésaj, donde se beben cuatro copas rituales (Imagen Ilustrativa Infobae)

El vino es central en rituales como el Shabat y Pésaj, elevando momentos cotidianos a lo sagrado, a través de bendiciones y brindis especiales (kidush). La vid se ve como un símbolo de vida, sabiduría y prosperidad. El Talmud (la obra fundamental de la tradición oral judía, compilando siglos de debates rabínicos sobre la ley -Halajá-, ética, costumbres y teología) afirma que "no hay alegría sin vino“.

Por otra parte, eleva momentos importantes (Shabat, bodas, etc.), no para evadir la realidad sino para santificarla conectando con Dios. Y esa conexión divina representa la unión entre el pueblo judío y Dios siendo un elemento central en las ceremonias. Es por ello que se utiliza en la bendición al inicio del Shabat y de fiestas, honrando a Dios. Y a su vez, en Pésaj, se beben cuatro copas para conmemorar la liberación de Egipto, recordando la sangre de los sacrificios. Cabe destacar que existen certificaciones especiales para Pésaj: vinos marcados con una P. Por último, en las bodas es parte integral de la alegría comunitaria y familiar.

Por su parte, el vino en la religión católica es fundamental para la Eucaristía, donde, mediante la consagración, se cree que se transforma (transubstanciación) en la sangre de Cristo simbolizando su sacrificio, redención y la nueva alianza. Se requiere que sea natural, puro, derivado de la vid. Se utiliza durante la misa, específicamente en la Plegaria Eucarística, cuando el sacerdote consagra el vino en el cáliz.

Copa de vino tinto sobre una mesa de madera clara, junto a un racimo de uvas rosadas con hojas verdes. Luz natural entra desde la izquierda, creando destellos.
El milagro de Caná, donde Jesús convirtió agua en vino, acentúa el significado simbólico de la alegría y la transformación divina en la tradición cristiana (Imagen Ilustrativa Infobae)

El vino representa la sangre de Jesús derramada para el perdón de los pecados uniendo a los fieles en comunión. El sacerdote vierte una pequeña cantidad de agua en el vino antes de la consagración simbolizando la unión de la humanidad (agua) con la divinidad (vino) de Cristo. Y aunque la tradición mantiene su uso, el tipo de vino (blanco o tinto) puede variar siendo el vino blanco dulce para evitar manchas en los manteles del altar. La primera vid en la Argentina fue plantada en Santiago del Estero a mediados del siglo XVI, aproximadamente entre 1553 y 1557.

Las cepas, traídas desde Chile, fueron introducidas inicialmente por los colonizadores españoles y jesuitas para la elaboración de vino de misa. Y fue el sacerdote mercedario Juan Cedrón, quien plantó las primeras cepas de “moscatel” y “uva criolla chica”, cepas que llegaron de Cusco (Perú) a Chile, y desde allí a Argentina. Poco después, con las fundaciones de Mendoza (1561) y San Juan (1562), el cultivo se expandió rápidamente por la región de Cuyo.

Primer plano de una rosca de Pascua argentina cortada, revelando el relleno de crema pastelera; decorada con crema, grana y cerezas rojas sobre una tabla de madera.
Los vinos acompañan los postres típicos de la Pascua cristiana, como rosca pascual y huevos de chocolate (Imagen Ilustrativa Infobae)

El vino en la Argentina también surgió por cuestiones religiosas, como ha ocurrido a lo largo de la historia con muchos eventos que potenciaron su expansión. Desde su nacimiento en la región del Cáucaso hace aproximadamente 8.000 años pasando por Armenia (hace más de 6000 años), la Mesopotamia (del 4000-3000 a.C.), luego con la civilización Egipcia (3000-1000 a.C.), más tarde con su auge en la época grecorromana (800 a.C. - 500 d.C.) y la siguiente expansión del imperio romano.

Pero fue durante la Edad Media (500-1500 d.C.) que el vino empieza a evolucionar, gracias al conocimiento, protegido y acumulado, de los monjes en diversos monasterios. Luego vinieron el Renacimiento, la Era Moderna y la Era Contemporánea, en la cual el vino, su conocimiento y producción pasó a manos de hombres y mujeres que lo desarrollaron comercialmente alrededor del mundo.