Comer menos es igual a comer despacio. Al ingerir un alimento masticamos la comida, luego pasa por el esófago, llega al estómago y, gradualmente, este último empieza a llenarse. El estómago comienza a trabajar sobre esos alimentos, pero antes se producen una serie de señales que, tanto el estómago como el duodeno y el intestino delgado, le envían a nuestro cerebro.
Estos órganos del sistema digestivo le avisan al cerebro que ya están recibiendo comida y entonces así se va calmando el apetito. El mecanismo es ese, pero tiene un secreto: el cerebro tarda por lo menos 20 minutos en recibir las señales del estómago, es decir que usted puede ingerir rápidamente una porción de pizza, un plato de pastas o un helado y el estómago no le va a enviar todavía la señal al cerebro de que ya tiene comida en su interior hasta pasados 20 minutos.
Por todo esto, es muy probable que si usted comió rápido, haya comido mucho. Si usted comió despacio, masticando cada bocado, a los 20 minutos, aunque no tenga haya ingerido mucha cantidad de alimento, el sistema digestivo le envía las señales al cerebro. Y al enterarse, se le va el apetito y va dejando de comer.

¿Qué sucede si come rápido? Es altamente probable que ingiera más alimentos hasta que se entere su cerebro. En cambio, si come despacio el cerebro va a recibir la señal cuando el estómago aún está medio lleno porque le dio tiempo, le dio esos 20 minutos.
Cuando comemos rápido, al no registrar qué es lo que ingerimos, es más probable que consumamos más alimentos de los que nuestro cuerpo realmente necesita y, consecuentemente, habrá un incremento de calorías. El resultado: un aumento de peso.
Pero eso no es todo, ya que, con el sobrepeso, también se eleva el riesgo de varios problemas de salud, como son: la obesidad y la diabetes tipo 2.

La obesidad es uno de los mayores problemas de salud a nivel mundial y una enfermedad compleja que no es causada simplemente por una mala alimentación, inactividad o falta de fuerza de voluntad. De hecho, están en juego complicados factores ambientales y de estilo de vida. Comer rápido se ha estudiado como un factor de riesgo potencial para tener sobrepeso y obesidad.
Como ejemplo de evidencia científica, un estudio realizado en más de 1.000 participantes en Japón, durante un período de 5 años, analizó la relación entre la velocidad de ingesta de alimentos y la incidencia de síndrome metabólico, término que engloba cinco factores de riesgo de enfermedades cardiometabólicas graves, como enfermedades cardíacas, diabetes y accidentes cerebrovasculares.

Según el trabajo presentado en las Sesiones Científicas de la Asociación Americana del Corazón, engullir la comida rápidamente puede dañar gravemente la salud cardiometabólica. La investigación que dirigió el doctor Takayuki Yamaji, cardiólogo de la Universidad de Hiroshima en Japón, identificó cinco factores de riesgo; la presión arterial alta, los triglicéridos altos o las grasas que se encuentran en la sangre, el nivel alto de azúcar en la sangre, los niveles bajos del colesterol “bueno” y una cintura grande.
Entonces, cuando usted vea en un bar o un restaurante a una persona comer despacio, apoyar los cubiertos cada vez que se llevó comida a la boca, tomar una bebida, etcétera, esas personas en general son delgadas.
Por eso digo, comer rápido es sinónimo de aumentar de peso con facilidad. ¿Y cuál es el título de esta columna? Comer menos es comer despacio.
* El doctor Daniel López Rosetti es médico (MN 62540) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Presidente de la Sección de Estrés de la World Federation for Mental Health (WFMH). Y es autor de libros como: “Emoción y sentimientos” (Ed. Planeta, 2017), “Equilibrio. Cómo pensamos, cómo sentimos, cómo decidimos. Manual del usuario.” (Ed. Planeta, 2019), entre otros.
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