
Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de Naciones Unidas, hay más de 2 millones de argentinos con déficit alimentario y, más recientemente, el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (ODS-UCA) estima en 3 millones la cantidad de personas.
A estos datos, fríos y crueles, hay que sumarle que hace pocos días UNICEF Argentina dio a conocer su estimación de que la pobreza llegaría al 58,6% en niños y adolescentes para fin de año, y que la pobreza sería del 16,3%.
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Julio Gonzalez, es el dueño de Orali, una empresa familiar con más de 20 años en el país que además de vender alimentos, es padrino fundador de la Asociación de Comedores y Merenderos “Soñadores unidos” y se preguntó: ¿se puede terminar con el flagelo del hambre en Argentina?

Clara Laramontana, referente de la asociación, le respondió que sí, pero que el compromiso se tiene que asumir entre todos, ya que muchas veces se sienten solas, pero saben que los chicos llega la hora del mediodía, asisten a los comedores y la comida no puede faltar.
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“Soñamos con poder luchar contra la necesidad que hoy nos impera que es el hambre en la Argentina, erradicarlo es nuestro sueño, quizás es una utopía, pero no nos damos por vencidos”, dijo Marta Cabrera, presidente de “Soñadores Unidos”.

En “Soñadores Unidos” la propuesta está centrada en ayudar en la lucha contra el hambre, mediante los comedores comunitarios y los merenderos surgidos principalmente en las crisis del 2001, 2009, 2019, y 2020. Estos responden a la necesidad en cada barrio vulnerable, brindándoles a los niños (y ahora muchos mayores) un plato de comida. Actualmente se estima que puede haber 20.000 comedores y merenderos en todo el país, en función del deterioro socio/económico causado por la pandemia.
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Estos comedores se sostienen gracias al voluntarismo que recae en las madres de los comedores que, sin tener salario, aguinaldo, vacaciones, obra social, ni derecho a enfermarse, tienen que poner de su bolsillo para que cada niño y adolescente pueda tener un plato de comida cada día.

“La sensación que nos deja al ayudar es un superar espiritual por donde se mire, inclusive también hay sensación de abundancia que vuelve porque nosotros llevamos nuestras donaciones. Ahora estamos ayudando a 100 comedores y no es imposible hacerlo. Gracias a Dios tenemos la bendición de tener trabajo, y esa bendición la tenemos que transformar en la misión de ayudar a las madres de los comedores y que los chicos se vayan con la panza llena”, comenta Julio a Infobae.
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Para ayudar a estos 20.000 comedores de manera mensual, se necesitan unas 4 mil toneladas de alimento, es decir el 0.04% de la producción total, si tomamos los 120 millones de toneladas que producimos anualmente.
Este 0.04%, es un porcentaje concreto que surge de la experiencia solidaria de la empresa que lleva en sus espaldas Julio, que hace ya 10 años que viene donando a 2 comedores por semana de los lugares más carenciados del País. Lleva visitado 950, entre comedores y merenderos.
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Cuando comenzó la pandemia del coronavirus la necesidad se multiplicó y esta PyME familiar pasó a ayudar a 50 por semana y ahora a 100. En base a esta experiencia se extrajo la siguiente formula: si para ayudar a 100 comedores, en forma satisfactoria, son necesarias 20 toneladas de alimentos mensuales, para asistir a 20.000 comedores necesitamos 4.000 toneladas mensuales. Esto es el 0.04% de los 120 millones de toneladas anuales de la producción total de alimentos, divididos en 12 meses.
“Cuando se disparó todo esto dejamos de ir nosotros, pero la necesidad de los comedores era terrible, entonces tuvimos una semana nada más sin ayudarlos, y después nos dimos cuenta que lo necesitaba muchísimo, y los empezamos a citar para que vengan a buscar a la vereda de la fábrica las donaciones. Con protocolos, esperando por orden de llegada, les acercamos los pedidos y así los ayudamos”.
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Pero eso no es todo. Julio es sociólogo y creó el “Ministerio de la Alegría” y cuenta que la vocación de ayudar siempre está. “Cuando comenzamos a ayudar comedores fue muy triste ver esa realidad, ver casas no terminadas, pero siempre encontramos el amor de una madre que pone un comedor en ese lugar con una casa con muchas carencias. Hemos visto que el piso de la casa era de tierra pero el del comedor era de material porque ellas le ponen todo el amor al comedor, y muchas veces esas madres ponen de su bolsillo para ayudar a los chicos”.
“Encontramos un momento de alegría haciendo de el raviolito que es el muñeco disfrazado, poniéndole un delantal a la cocinera y a la responsable del comedor, con el aplauso y el reconocimiento de todos los chicos, los baberos también y una foto final todos juntos en el comedor. Esa es la alegría que lleva el Ministerio y el raviolito es el superhéroe que les lleva una esperanza a los chicos”, finalizó Julio Gonzalez.
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