
No se murió en París con aguacero, como predijo –o prometió, o quiso– César Vallejo, el excelso poeta peruano. Se murió en la gris y helada tarde del 17 de junio de 2009, y antes de tiempo, o acaso en el exacto tiempo que lo rondaba con la certeza del fin elegido y la lucha sin convicción, casi mecánica, que algunos simplistas llaman suicidio.
Un repaso por la vida de Fernando Peña
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Causa: cáncer de hígado, fatal derivación del HIV (sida) que arrastraba desde el año 2000. Hablo, claro, de Fernando Gabriel González Peña Mendizábal, y Fernando Peña en el escenario, en la radio, en la tele, en los tres libros que escribió, y en los 21 personajes en los que se transfiguró.
Vio la primera luz en Montevideo, hijo del periodista Pepe Peña, experto en fútbol, y de la actriz María José Mendizábal. Lo educaron como a un príncipe del Río de la Plata: los mejores colegios ingleses de las dos orillas.
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Entre el 2000 y casi hasta su último escupitajo al mundo lo entrevisté media docena de veces. En la última, en un bar ruidoso y loco, aunque no tanto como su indescriptible casa del bajo de San Isidro, había sumado a sus infinitos tatuajes los últimos y más audaces: coloridos arabescos en su rapada cabeza.

La primera vez, en aquella casa- aquelarre-kitsch-colección de piezas admirables y de basura incomprensible, más una jauría de perros, bajó tarde del primer piso, flaco y flotando en una camisa blanca y anchos pantalones ocre.
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—Hola, hola. ¿Ya tomaste vino?
—No tomo vino a la mañana.
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—Sos un idiota. Si no tomás vino no hablamos.
Descorchó un tinto con mano avezada, y tomamos. Qué remedio. De pronto me detuve en la colección de vasos de su pequeño bar.
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—¿Cuál te gusta?
—Ese, el azul.
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—Okey, cuando me muera, llevátelo. Ya es tuyo.
—Gracias.
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—Primera advertencia. No escribas homosexual ni ningún subterfugio parecido. Soy puto, y escribí puto. Si me traicionás, no volvés a verme.
—Touché.
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De pronto le hablé de su padre, con quien yo había coincidido –año 70– en la revista Gente. La definición fue breve y brutal:
—¡Era un mataputos!
No vale la pena, aquí, recopilar aquellas largas conversaciones, cada tanto interrumpidas por la aparición de alguno de sus jóvenes novios. Ya un muchacho provinciano sin destino, ya el último, su contrafigura. Apellido ilustre, clase media alta, ex alumno del no menos ilustre colegio Champagnat, rugbier, católico ultra, empleado de una gran empresa, que un día tuvo su Camino de Damasco.
Le dijo al padre:
—Soy puto, estoy enamorado de un hombre, voy a vivir con él…, ¡y ese hombre es Fernando Peña!
Reflexiones y escándalos aparte, había que ser muy hombre para hacer explotar esa confesión –esa bomba– en una casa católica y conservadora…

Fernando, en la radio y a fuerza de talento y contracultura, dio golpe. Lo oían para amarlo o para odiarlo. Pero en las dos puntas era insoslayable. Un tipo cuyo mail era guisodemondongo@, y no recuerdo el resto, que fuera Milagritos López, Monseñor Lago o Pepe el Sepultero leyendo los avisos fúnebres del día, no era para hacer girar la aguja del dial, salvo que el odio o el corsé del prejuicio se impusieran con más fuerza.
Sin la menor concesión a los empresarios, a los avisadores y a los censores que nunca faltan –el eterno enanito fascista que se niega a morir–, llenó teatros, alcanzó notables picos de rating, y agotó sus libros. Porque los malditos, desde los surrealistas en adelante, tal vez lograron adelantar unos segundos, o minutos, el reloj de la infinita estupidez humana. Aquella que a Einstein le parecía mayor que el inasible y misterioso universo…
Dos días después de su muerte nos reunimos alrededor de una mesa en aquella casa donde cada rincón lo recordaba: estatuas, vidrios soplados, máscaras de toda laya, chafalonías…
Empezamos a hablar de él sin orden ni libreto: al toro, a lo que saliera. Sería mi última nota, las últimas fotos, y la última vez que toqué el timbre en esa casa tan cerca del río y ahora barrida por la sudestada.
Entrevista de Jorge Lanata a Fernando Peña en el programa "La luna" (Youtube)
Pasada la primera hora, fijé mi vista en un pequeño templo de vidrios –unos opacos, otros espejados– con aristas de bronce.
Pregunté qué era, y su ex pareja dijo:
—Ahí está Fernando.
Sí. Sus frías y puras cenizas.
—¿Diseño de Fernando? –pregunté.
—No. Estaba en el catálogo de la funeraria –dijo su ex pareja.
Una urna de catálogo. Lo único convencional que hubo en su vida.
Así eran las criaturas de Fernando Peña:
Dick Alfredo (Youtube)
Milagros López (Youtube)
Delia Dora de Fernández (Youtube)
La Mega (Youtube)
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