El cantante, en su encuentro con Teleshow

Gustavo Daniel Parisi, más conocido como Cucho, es cantante y fundador de Los Auténticos Decadentes, el grupo argentino que con 30 años de trayectoria es sinónimo de alegría y diversión popular en toda Latinoamérica. La imagen de este músico de 51 es la personificación del típico argentino de barrio, caradura y chamuyero. Desvergonzado, su estética fue mutando por los disfraces y las pelucas.

Cucho asistió a un colegio religioso, solo de hombres. Como en la famosa canción –"No quiero trabajar"-, sus padres no querían que se dedicara a la música y preferían que estudiara una carrera tradicional. Su rebeldía hizo que eso no sucediera, y se la jugó porque "la gente se enamore de su voz". Y nunca creyó que, al fin, algo que comenzó casi como una humorada -hacer canciones para lograr acercarse a las mujeres- se convertiría en la puerta al éxito.

—¿Seguís con la misma pasión, con las mismas ganas de cuando empezaste?

—Sí. Bah… ¿Qué sé yo? Uno va evolucionando. ¡O al revés! Va haciendo repeticiones (risas). La gente me para y me dice: "¡Gracias por la alegría!", "¡Gracias por lo que hicieron en mi vida, el aliento que me dieron". Y entonces pienso: "¡Chau!, hicimos algo bueno". En los Decadentes vas a encontrar fiesta hasta en lo más romántico. Y el humor siempre fue algo característico, nos salvó la vida.

—¿Qué querías ser cuando eras chico?

—Cómico y DJ.

—¿Nunca imaginaste que te pasaría todo esto?

—No. Cuando empezamos, a los 18 años, eramos muy chicos. Nos subimos por anarquía al escenario y no me había preparado para eso. La música sí era una evasión y un contacto con otro mundo, que me transportaba y me dejaba vivir otra realidad. Eso de chiquito, sin saber, sin ejecutar instrumentos; ponele, como oyente. Yo quería ser como Mick Jagger pero era más parecido a Johnny Tolengo (risas).

"Cómo me voy a olvidar", Los Auténticos Decadentes

—¿Y en tu familia?

—Se querían matar. "¿Qué es eso? ¡Estás loco! ¿Cómo vas a ser músico? ¿Cómo vas a tocar en una banda?".

—Pero te la jugaste.

—Sí. Pero estaba rodeado de gente muy talentosa, que arriesgó todo para que pase esto. Con El milagro argentino (el primer disco, de 1989) vendimos 310.000 discos, triple platino. ¡Imaginate en esa época! Una locura. ¡Y no ser millonarios! (Risas). De repente crucé la General Paz y estaba en Los Ángeles grabando en un estudio donde había grabado Beck, los Rolling Stones. Estuve con la gente justa en el momento justo, no por interés sino porque era una amistad. Y se dio.

—¿Nunca tuviste miedo de hacer el ridículo?

Hice el ridículo desde que empecé. Fue el mal rock, el mal camino. O sea, hicimos todo lo contrario a lo que estaba bien. Pero porque lo sentíamos: eramos kitsch, eramos ridículos, eramos decadentes. En esa época eramos unos losers: ni un cumpleaños de 15. Yo iba a un colegio de hombres, una aberración a la hora de hoy. Los 70, los 80, terrible. Nos divertíamos mucho. Después me pasé a otro colegio y conocí al guitarrista, a Nito Montecchia, y empezó el libertinaje total. Era un colegio mixto, del Estado, como debe ser. Me divertí mucho, pero no estudié más (risas). Repetí varias veces.

Cucho, en su visita a Teleshow (Foto: Santiago Saferstein)
Cucho, en su visita a Teleshow (Foto: Santiago Saferstein)

—¿De qué trabajaban tus papás?

—Mi mamá trabajaba en casas. Ha criado gente. Me dicen: "Tu vieja me crió". Porque aparte de limpiar, era la que cuidaba el hogar. Falleció hace muchos años, pero vio el éxito: me vio casado, con las nenas pequeñas.

—Cuando te veía en la tele, cuando veía que llenabas estadios, ¿qué le generaba?

—Una emoción total, una emoción total… Yo tuve que hacer de padre y madre a la vez. El primer televisor, las primeras vacaciones, las pagué yo; nunca fui de vacaciones cuando era chico. Después pagué la falta de eso, de no tener nada. O un poquito marginal, de decir: "Ah, no me da bola ninguna mina". Perdedores, pero en el buen sentido.

—Y la mirada ajena, lo que piensen y digan de vos, ¿te preocupa?

—El pudor ya lo pasé. Como siempre estuve muy limpio, no me pesó. Si dicen: "¡Es un drogadicto, este está re loco!", ¿qué le voy a hacer? Es la mirada de ellos sobre mí.

—¿Trabajaste para poder superar eso?

—No. Siempre fui asmático, siempre me faltó el aire; entonces, siempre quise estar vivo. Así que no pude hacer locuras tampoco. Mi locura está acá, y a veces se te vuelve en contra: tanta ansiedad, tantas cosas. Pero siempre la hice productiva. A mis hijas les digo: "Miren, para subirte al escenario y tirarte al piso, revolear un micrófono o hacer algo loco, no necesitás estar con efectos. Mi efecto es esto".

—Se te nota una persona feliz. ¿Sos feliz?

—Sí, pero siempre la estoy buscando. No te creas: soy complicado. Soy geminiano, tengo esa doble personalidad que me auto boicoteo. Por ahí necesito eso un poquito, pero hay que dosificarlo porque en un extremo podés explotarte.

¿Cómo sería?

—A ver… Como si todos los días fuera un día nuevo. Y siempre estar alerta a todo. Alerta quiere decir en la creación, en lo mío. Ahora me estoy juntando, me invitaron de tantas bandas nuevas a cantar que voy y es como volver a vivir, ¿entendés?

—Y esto de buscar la felicidad todos los días, ¿cómo es?

—Ser buen padre, estar con mi hija, darle un beso, decirle "Te quiero" y estar abierto a recibir amor. A veces lo que más cuesta es ser amado, querido. Me da miedo porque no puedo colmar tus expectativas, como decir: "¿Y si no te respondo como vos esperás de mí?".

—¿A qué le tenés miedo?

—A que me lastimen, al dolor. Yo tengo ese costado sensible, como decir: "Uh, le llega a pasar algo a este…". Ya me pasó, se fueron mis padres jóvenes. Lo viví. La vida es muy cruda. Mi viejo jamás me dijo "Te quiero", jamás me dio un abrazo. Mi mayor miedo es qué pasa si no estoy mañana. Sigue todo igual, el mundo sigue.

¿Qué no se sabe de vos?

Tengo ese costado medio depre, medio heredado de mi vieja, porque ella sufría de depresión, que es una enfermedad. Lo traté. También tengo TOC. Y me parece que es porque tus viejos te cargan con mucho, quieren que seas perfecto, con mucha carga desde chico. Es una repetición: "Huy, esta idea absurda se me metió en la cabeza y mañana me sigue, y pasado…". Y sabés que es irreal pero no la podés sacar. Fui a un psiquiatra, me mediqué y todo, pero después, si no lo entendés es muy difícil. Necesitás ayuda.

El cantante de Los Auténticos Decadentes, en un charla a corazón abierto (Foto: Santiago Saferstein)
El cantante de Los Auténticos Decadentes, en un charla a corazón abierto (Foto: Santiago Saferstein)

—¿Sufriste mucho la muerte de tus padres?

—Y… sí. Fue una patada al hígado muy fuerte. Era muy joven. Bah, tenía 34. Pero en esa época yo era muy mimado de mi vieja, y sí… Fue una seguidilla: mi suegro también. Cuando viene la parca, arrasa, ¡chau!, se va. Y también te muestra que nada es para siempre. Es como una lección. Y después lo superé, como el duelo.

—¿Cómo lo superaste?

—Llorando, y llorando, y llorando. Y aguantándome el dolor, hasta que pasó. Y después pude ver una foto y sonreír. Pero no pude entrar a mi casa nunca más. Y hay gente que vive en la casa de los padres, fallecieron y siguen ahí. Yo soy así ¿no? Me ligo mucho a todo y tengo ese campo mental abierto a la música que me hace un sexto sentido, en cierta forma.

—¿Cómo siguen los shows de Los Auténticos Decadentes?

—Agregamos 12, 13 y 14 de abril. Vamos a estar en el Gran Rex presentando Fiesta Nacional. Venimos del Cosquín, un éxito. Después vamos a estar en Chile. Y después nos vamos me a Colombia, me parece, no sé adónde. Más tarde a España, y terminamos en Londres.