Miguel Ángel D'Anibale: "Pasé de llevarle el café a Carlos Menem a ser el cantante de Amar Azul"

El cantante del histórico grupo de cumbia relata sus comienzos. "Cuando manejaba ascensores, me la pasaba cantando tangos y me pedían que me callara", recuerda. Además, su admiración por Cristian Castro, las tentaciones de la fama y su relación con Pablo Lescano

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Todos lo conocen por sus famosos temas musicales como " Yo tomo licor", "Yo me enamore" , "El polvito del amor" entre tantos. Su nombre es Miguel Ángel D'Anibale, pero en el ambiente lo conocen como Miguel de Amar Azul -una banda mítica que comenzó en el año 90 y sigue estando vigente hasta el dia de hoy.

Ángel D'Anibale tuvo varios trabajos antes de dedicarse a la musica; fue vendedor, remisero, servia cafe y comerciante. Pero desde que compuso " El polvito del amor" su vida cambio para siempre y en esta nota reflexiona sobre su vida.

¿Cómo empezó Amar Azul?

—Arrancamos en el 89, 90, pero no había ninguna perspectiva de llegar a algo. Siempre soñamos con hacer un CD, salir en una foto, como todo pibe que empieza.

—¿Eran amigos del barrio?

—Eramos amigos del barrio, claro. Y bueno había que pagar derecho de piso, y ese CD fue el derecho del piso del grupo ¿no?

—¿Qué les hacían hacer? ¿Qué pasaba?

—Vos te pensás que porque sale el CD te va a conocer todo el mundo, y no es así. Yo pensaba que ya la gente me iba a conocer en la calle. Todo eso pensaba uno, se ilusionaba, tenía una esperanza sobre eso, pero no era así: había que remarla, había que hacer radio por radio; hacíamos 20, 25 radios por fin de semana. Una lucha, no es fácil. Yo pensaba que salía el CD, lo ponían en una disquería y ya iba a tocar. No es así.

—¿Los comienzos fueron difíciles?

—Sí. Realmente no nos trataban tan mal, pero tampoco muy bien, así que nos costaba el doble todo. No nos invitaban a programas; o por ejemplo, ibas con una camisa rosa y ya éramos cabezas, como se decía antes. Eramos negros. Pero hoy ya cambio eso, por suerte.

—¿Qué aprendiste en este último tiempo?

—Aprendí a tranquilizarme, a valorarme un poco más en lo mío, porque nunca lo valoré. Tuve la suerte de ser un Rodrigo (Bueno), tuve la suerte de ser una Gilda, tuve la suerte de ser todos los que estuvieron en la punta, Yo tuve la suerte esa, gracias a Dios. Pero, ¿qué pasa?, yo estaba en un sello discográfico muy chiquito, entonces no me daban la misma cabida que le dieron al Potro, pobre, que cuando iba al baño lo enfocaban, ¿viste? A mí no me conocía nadie: todo el mundo conocía los temas, pero no conocían mi imagen.

—¿Te hubiese gustado que te conocieran más?

—Hoy en día que estoy tranquilo. Prefiero lo que me pasó.

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—¿Antes preferías otra cosa?

—Sí. Pero la fama es jodida, te rodea mucha gente no muy buena, a veces. A lo mejor venía uno… te abrazan, te tocan la espalda, viste. "¡Huy! ¿Y eso qué es?". Y ya sabés lo que es: lo malo, lo prohibido. Entonces, ellos esperan que vos lo agarres, no sé si me entendés.

¿Drogas?

—Sí, drogas. Una bolsa de drogas se me cayó… "¡Huy! Se me cayó esto, perdóname. ¿Querés?".

—¿Tenés algún referente?

—Me hubiese gustado cantar como Cristian Castro, así, temas lindos, baladas; me encanta. O tango. Ya te digo: lo hubiese disfrutado mucho, pero la vida me llevó por otro lado. Mi viejo me enseñó que cada vez que vos estás en un trabajo tenés que mirar las paredes y empezar a querer todo lo que te rodea, así no le tomás bronca al trabajo. Porque hay gente que va a un trabajo y no le gusta lo que hace, y va mal todos los días en el colectivo, en el subte, y se pelea con uno, con un otro, no tiene amigos en el trabajo. Y eso porque no aprenden a querer lo que Dios les da: Dios te da este trabajo, y aprendé a querer estas lámparas, esa cámara (señala el estudio).

—¿Qué hacías antes de cantar?

Sí, cambió mucho mi vida en dos años. Es muy loco, cada dos años iba cambiando mi vida: de un remís pasaba a cantar tangos, de tangos pasaba a trabajar en la Junta Nacional de Grano, llevándole café a (Carlos) Menem. Ahí estaban todos los de Agricultura, Felipe Solá, y yo les llevaba café a ellos. Siempre traté de cantar: a todos lados donde iba, cantaba. He manejado ascensores, y cantaba tangos. Y los tenía podridos, me querían matar: "No cantes más".

—¿Qué te motivaba cuando todo el mundo te decía que no?

—La familia. Por más que vos seas un perro cantando, siempre te decía: "¡Qué bien que cantás! Sos Gardel, dale para adelante". Y uno a veces se la cree. Entonces eso es lo que te motivaba a seguir. Los amigos, donde yo vivía eramos muy falsos, pero hablando de buena leche, no mala leche. Por ejemplo, me decían: "¡Cómo cantás Violeta, te voy a llevar al Colón, cómo cantas!". Y cuando yo me iba: "Este no puede cantar ni el arroz con leche…". Yo me junté con esa gente, así. No lo hacían de malos, pero se cagaban de risa todos, ¿viste? También lo hacía yo. "Che, qué bien jugás a la pelota vos!". Cuando se iba: "Este no puede jugar…". Claro, viví en un mundo de eso: de cargadores, de gente de cargar.

—¿Te ayuda ser tan humilde?

—Sí, me ayuda, me hace sentir bien, me hace tener muchos amigos. Toda mi vida viví en Tigre, pero desde hace 10 años estoy viviendo en Areco, y voy por las calles y ya me conocen como si fuera un nene… Eso es impagable.

—¿Es difícil tocar en la Argentina?

—El público argentino es difícil, sí. El boliviano y el chileno son más alegres: bailan todos. Al argentino, si no le gustó, por más que le toques lo que le toques, te miran, te miran… Y acá hay muy buenos músicos. Están todos los monstruos que uno ya conoce. Los Soda Stéreo, todos esos grandes, muchos grandes, mucha gente grande que obviamente nos escuchan a nosotros, terribles latitas chiquititas, y hay una comparación con toros. En otros países no hay comparación.

—¿Hacen más shows acá o en otros países?

—Bueno, acá hoy en día está difícil para todas las bandas: bajó mucho el trabajo, la gente no va a los boliches, está bravo, hoy. Pero a nosotros no nos faltó el trabajo, gracias a Dios: es un grupo que trabaja desde la Quiaca hasta Ushuaia. Así que bueno, por suerte tenemos trabajo, no te digo 50 shows por fin de semana, pero tenemos ocho o siete.

—¿Pablo Lescano empezó con ustedes, no?

—Pablito empezó acá también, en el 96, 97, con una banda. Era chiquito, yo había hecho un grupo que se llamaba Sueño de Amar, entre el medio de los dos discos míos, el primero y el segundo, que no gustaron, que no pasó nada. Armé esa banda y eran todos chiquitos. Y bueno, ahí estaba Pablito. Entonces, cuando decidí separarme entre el segundo disco y el tercero, que fue el que pegó, estuve dos años parado, armando otra vez Amar Azul, con otro estilo nuevo. Ahí es donde pegó "El polvito". Bueno, ahí desarmé esa banda y me traje a dos pibes, a Pablito y a Tomás.

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