Es posible que su lema –uno de ellos, por lo menos– lo haya aprendido en su pueblerina cuna de Villa Cañás, Santa Fe:
Como te ven, te tratan. Y si te ven mal, te maltratan…
Un eco imposible pero insoslayable de un personaje de Roberto Arlt:
Llevaba el reparto en una canasta tan grande, que hacía más grande la vergüenza de ser pobre…

Mirtha con su mamá y sus hermanos: Goldie y Jorge Martínez Suárez
Mirtha con su mamá y sus hermanos: Goldie y Jorge Martínez Suárez

Y como te ven te tratan, papá José Martínez y mamá Rosa Suárez –gente culta de clase media– paseaban a sus mellizas Mirthala Rosala Chiqui, y Silvia, GordiGoldie después para atemperar una cuestión de peso, como dos estrellas bajadas del Reino de los Cielos y llamadas a serlo también en el Reino de las Tablas, Cámaras y Afines.

Es decir -y como se decía cuando ellas y yo éramos chicos…- de punta en blanco.
Y seguramente hasta con guantes, que en esos años, los 30 y pico, hacían diferencia, aunque niños y niñas con sus dedos enfundados los tironeaban con los dientes para liberarlos de aquellas mínimas celdas…

José, escoltado por Silvia y Mirtha
José, escoltado por Silvia y Mirtha

Ningún paso de las buenas familias de aquellos tiempos de tranway a caballo y pomos de agua florida en los carnavales fue omitido por los Martínez Suárez para sus pequeñuelas: poco después de los primeros pasos y las primeras letras, clases de teatro, declamación y danzas, presuntamente españolas: el llamado de la sangre.

Villa Cañás, sus calles, su indefectible boulevard, fueron –más que calles con vecinos, sus voces y sus cuitas– anchas pasarelas en las que se oía el susurro, el fru-fru del almidón de los vestiditos plisados de las melli…

Cuando morían los años 30 –durísimos, difíciles, convulsos–, Luis César Amadori (Gino para sus amigos), voluminoso zar del espectáculo en tiempos en que una estrella y una fama no se fabricaban en 15 días, tele, escándalo y poca ropa, eligió a la pequeña Mirtha para actuar con Silvia, bajo el seudónimo Rosita Luque, en el film Hay que educar a Niní (1940), que era, nada más, nada menos, la genial Niní Marshall, "nuestra Cervanta"" como mucho después la llamaría María Elena Walsh.

Una escena de “Hay que educar a Niní”, con Goldie y Niní Marshall
Una escena de “Hay que educar a Niní”, con Goldie y Niní Marshall

Cuando se estrenó, las mellizas tenían… ¡14 años! El destino apuraba su tejido…

Siguió Novios para las muchachas (1941), y un año después, cuando Silvia ya empezaba a elegir la otra vida, la de mirarse en un espejo sin luces y a cara lavada, la Chiqui, 14 recién cumplidos… ¡primer protagónico!, y todavía un ícono del celuloide patrio: Los martes, orquídeas, con un todoterreno de templado oficio: comediante, crooner de jaz, gestual, intencionado, pícaro en el mejor de los sentidos: Juan Carlos Thorry (1908–2000).

No por archicontada y archisabida es justo omitir aquel grito de triunfo de Mirtha:
—Fui a los estudios en colectivo, ¡y volví a mi casa en limousine!

La diva posa para una foto durante su juventud
La diva posa para una foto durante su juventud

En 1945 –año no recordado precisamente por esa boda– se casó con Daniel Tinayre, un director francés recalado en estas playas que la consagró –se consagraron, fue mutuo– con La vendedora de fantasías, La de los ojos color del tiempo y En la ardiente oscuridad.

Pero alto el fuego. Al archivo las estadísticas y los sucesivos almanaques. Porque hoy, 23 de febrero del Año de Gracia de 2018, la señora Mirtha Legrand cumple 91 años.
Bien contados, bien confesados, nunca disfrazados de menos…

(Foto: Tito La Penna / Télam)
(Foto: Tito La Penna / Télam)

Tampoco será necesario evocar sus Martín Fierro de tres materiales: bronce, platino, brillantes. Estaba acostumbrada…: muchíiiiisimo antes el presidente Roberto Ortiz la ornó en la Avenida de Mayo con el honoris causa Reina del Carnaval, en noches de serpentina, papel picado, carrozas, y previsibles disfraces de princesa hindú, pirata de los siete mares, oso carolina, hada con varita mágica y todo…
Bueno, está bien. Me arrepiento. Vaya una concesión para los coleccionistas de números…
Cine: entre 1940 y 1965, 35 películas. Entre 1957 y 1990: diez obras de teatro. Dos programas de radio. Nueve programas de tele. Premios: 97. Y después, su Santo Grial. Los almuerzos. Sus mesitas, mesas y mesazas.

Dama refinada, podía tolerar casi cualquier cosa de los nuevos tiempos de la tele… ¡menos comer en público! Pero Alejandro Romay (1927–2015), hacedor tenaz si los hubo, allá por el 68 le grabó una marca a fuego:
—Te quiero conduciendo un programa: Almorzando con las estrellas.
—¿Comer en cámara? ¡Qué horror!

Mirtha firma el contrato para el primer año de su programa en Canal 9, en 1968, ante la mirada atenta de Alejandro Romay y Samuel Yankelevich
Mirtha firma el contrato para el primer año de su programa en Canal 9, en 1968, ante la mirada atenta de Alejandro Romay y Samuel Yankelevich

Y así, en la cabecera de una mesa rococó por la que pasó medio país –hasta yo, más de una vez…–, esa mujer de la que el híper intelectual e insobornable Juan José Sebreli dijo "tiene las dotes innatas de un líder político", lleva medio siglo en la cosa.

Con Mauricio Macriy Juliana Awada (Foto: @mirthalegrand)
Con Mauricio Macriy Juliana Awada (Foto: @mirthalegrand)

En esa cosa de rating que nunca la abandonó (vaivén más o menos). Que alguna vez fue prohibida. Que sucedió mientras morían su marido (1994), su hijo Daniel (1999), y le nacían Marcela, y tres nietos –risas y lágrimas–.

Y de a poco, despegándose, sabia, de la frivolidad primigenia, y metiéndose con lengua filosa en las llamas y los personajes de un país tan, tan, tan lejos de Villa Cañás 1927, los locos carnavales de antaño, las orquídeas de los martes, la primera limousina (y el previo colectivo), la señora Mirtha Legrand, la Chiqui, la Rosa, sin perder el charme, le agregó a su mesa un anexo: un paredón de fusilamiento para políticos, sindicalistas and Company acostumbrados a mentir, huir por la tangente, ponerse una careta…

La Chiqui con Romay y Carlos Menem
La Chiqui con Romay y Carlos Menem

A veces, con cierta melancolía, ha dicho:
—Por mi afán perfeccionista fui dejando un poco de lado a mi familia y a mis afectos. Me siento un poco culpable…
Pero también, sin melancolía, como una deidad triunfante, cada tanto recuerda que…:
—¡Le di toda mi vida a mi público!

Y nada más queda por decir.
Felices 91.
Y que sigan encendidas las luces del espejo…