Enrique Rottenberg, el argentino que se reinventó en Israel y Cuba: a los 78 años estrenó un filme y tiene un nuevo sueño

Tío del productor Carlos Rottemberg, presento su nueva película y trabaja en la creación de un espacio dedicado al arte contemporáneo que abrirá sus puertas en 2027

Un hombre con abrigo gris y bufanda de pie en una acera junto a una cámara cinematográfica profesional con parasol y monitor
El realizador Enrique Rottenberg permanece junto a una cámara cinematográfica durante la filmación de la película 4 historias increíbles en una calle urbana
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A los 78 años, Enrique Rottenberg sigue moviéndose detrás de las mismas inquietudes que lo acompañan desde hace décadas: contar historias, explorar los límites de la imaginación y encontrar nuevos caminos para expresarse a través del arte, tal como detalló en una charla exclsuiva con Teleshow.

Pasaron apenas horas del estreno de su nuevo filme en una sala de Palermo que se mostró llena de familiares, amigos y los propios actores. El aplauso del final no fue de compromiso, fue la confirmación de que el trabajo está muy bien hecho.

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Nació en Buenos Aires, se fue del país cuando apenas era un adolescente, construyó buena parte de su carrera en Israel, encontró en La Habana otro territorio para reinventarse y, después de una vida atravesada por el cine, la fotografía, la literatura y los proyectos culturales, acaba de regresar a las salas argentinas con 4 historias increíbles, una comedia que lleva su firma como guionista y director.

Pero su presente no se agota en un estreno cinematográfico, ya que también trabaja en uno de los proyectos culturales más ambiciosos de su trayectoria: la futura Fábrica de Arte Contemporáneo (FAC), un espacio que buscará convertirse en una referencia para las artes visuales en Buenos Aires.

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Hermano de Miguel y tío del reconocido productor teatral Carlos Rottemberg, Enrique construyó un recorrido propio, lejos de los caminos más previsibles de la industria del espectáculo argentino. Su historia tiene algo de aventura personal, de búsqueda permanente y de inconformismo. A los 13 años dejó atrás la ciudad en la que había nacido para instalarse en Israel. Allí estudió Filosofía en la Universidad de Tel Aviv y posteriormente se formó en cine en la escuela Camera Obscura. Dos disciplinas que, con el paso del tiempo, terminarían encontrándose en su manera de mirar el mundo: la reflexión sobre la condición humana y la necesidad de transformarla en imágenes, relatos y experiencias.

Dos hombres, uno sentado con una manta roja y otro de pie inclinado sobre una mesa con papeles, libros y un vaso
Enrique Rottenberg dialoga con Roly Serrano durante el rodaje de la película 4 historias increíbles frente a una mesa con papeles y libros

En Tel Aviv comenzó a desarrollar su actividad cinematográfica. Produjo películas del realizador Amos Guttman y también se animó a dirigir su propio largometraje, La venganza de Itzik Finkelstein, que obtuvo siete Premios Ophir de la Academia de Cine de Israel y representó a ese país en los Premios Óscar.

Su recorrido, sin embargo, nunca estuvo atado a una sola geografía ni a una única manera de contar. El realizador fue construyendo una trayectoria en la que los desplazamientos, los encuentros y las nuevas posibilidades creativas funcionaron como motores de su trabajo.

Su primer acercamiento al cine argentino había ocurrido antes de aquella etapa israelí, cuando participó en Sola, la película dirigida por Raúl de la Torre y protagonizada por Graciela Borges. Estrenada en 1976, la producción reunió también a Luis Brandoni, Mabel Manzotti y Lautaro Murúa. Aquella experiencia significó uno de sus primeros contactos con una industria que, pese a la distancia, nunca desaparecería de su horizonte. Sin embargo, no fue lo que esperaba, y la crítica fue despiadada: “La dirección de Raúl de la Torre no nos muestra a este director con la fuerza de sus otras realizaciones”, rezó La prensa en su momento, en tanto que otro de los recuerdos de Enrique es ese texto que sobre la película refería: “Como el título del filme va a quedar”.

Pero si hay una característica que atraviesa su biografía es la disposición a meterse en territorios que otros consideran incómodos o difíciles de transitar. En 1979, mientras vivía en Israel, una pareja se acercó para proponerle una película sobre homosexualidad. Le explicaron que la industria cinematográfica local solía ocuparse de otras temáticas, como si aquella historia no tuviera lugar en la pantalla. La respuesta de Rottenberg fue buscar una explicación desde otro lugar: el de los potenciales espectadores.

Les preguntó cuántas personas calculaban que integraban la comunidad homosexual. La estimación rondaba el ocho por ciento de la población. Israel tenía entonces aproximadamente cuatro millones de habitantes y el cálculo despertó inmediatamente su interés. Si existían 320.000 potenciales espectadores, pensó, también habría que sumar a sus padres: otros 640.000. De esa manera, llegó a una cifra cercana al millón de personas que podían tener algún vínculo con la historia.

Dos hombres con barba y ropa oscura conversan sonrientes en un espacio iluminado con humo ambiental
Enrique Rottenberg dialoga con Héctor Díaz durante los trabajos de realización del filme 4 historias increíbles

El razonamiento parecía prometedor, pero la realidad terminó imponiendo sus propias reglas. La mayoría de aquellos potenciales espectadores permanecían alejados de la vista pública y asistir a una sala para ver una película sobre homosexualidad no era una posibilidad sencilla. Rottenberg recuerda que la convocatoria estuvo muy lejos de las expectativas iniciales y que, probablemente, no llegaron a superar los cinco mil espectadores. La experiencia dejó al descubierto una contradicción de la época: podía existir un público interesado en una historia, pero no necesariamente las condiciones sociales para que ese público se animara a acercarse a verla.

En 1993 volvió a dar un giro decisivo. Dejó Israel y se instaló en La Habana, una ciudad que se convirtió en otro escenario de exploración personal y profesional. Allí desarrolló distintas actividades empresariales, pero también profundizó su relación con la fotografía, la literatura y el cine documental. Entre sus trabajos se encuentran Zenaida (2018) y Cien años juntos (2025), dos proyectos que forman parte de una producción artística que se resiste a quedar encerrada en una sola disciplina.

Esa misma libertad aparece ahora en 4 historias increíbles, su nueva película, una comedia argentina que propone un juego con lo cotidiano, las relaciones de pareja y las posibilidades —a veces disparatadas— de conocer verdaderamente a otra persona. El filme cuenta con las actuaciones de Héctor Díaz, Maida Andrenacci, Carlos Portaluppi, Lola Berthet, Roly Serrano, Jackie Parisier y Magela Zanotta, y tiene a Díaz como protagonista absoluto de sus cuatro relatos.

La estructura parte de una premisa sencilla y, al mismo tiempo, permite desplegar situaciones extraordinarias: un hombre cuenta cuatro historias increíbles en las que siempre es el personaje central. En una de ellas, una condición médica le impide repetir cualquier palabra; en otra, un médico interviene el cerebro de su esposa; también aparece una aplicación capaz de leer los pensamientos y que, como si tuviera vida propia, desarrolla celos; finalmente, un espejo se convierte en un dispositivo capaz de decir la verdad.

Detrás de esos mecanismos fantásticos hay una pregunta mucho más cercana de lo que parece: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conocer al otro y cuánto de ese deseo tiene que ver, en realidad, con la necesidad de controlarlo? La búsqueda de pareja funciona como el punto de partida de una reflexión sobre la vulnerabilidad que supone cualquier vínculo. El protagonista, un hombre cercano a los cincuenta años, atraviesa cuatro situaciones en las que las reglas de la realidad se suspenden para poner a prueba sus relaciones.

Un hombre con barba, abrigo oscuro y bufanda señala con el brazo extendido hacia un lado en una habitación en penumbra
El realizador Enrique Rottenberg da indicaciones durante la producción de la película

Cada historia ensaya una variante de un mismo conflicto. La imposibilidad de repetir palabras, la intervención sobre el cerebro de otra persona, la lectura de pensamientos y un espejo que revela verdades parecen ofrecer soluciones extraordinarias a los problemas de la convivencia. Sin embargo, lejos de facilitar el entendimiento, esos recursos terminan amplificando las distancias. Saber qué piensa alguien no significa comprenderlo; acceder a su intimidad tampoco concede derechos sobre ella.

En ese sentido, la película encuentra uno de sus puntos más interesantes en la paradoja de una sociedad cada vez más conectada, pero no necesariamente más preparada para aceptar al otro. La tecnología promete información, acceso y respuestas inmediatas, aunque ninguna aplicación puede garantizar la intimidad de un vínculo ni reemplazar la confianza que requiere una relación. Rottenberg utiliza el humor y la fantasía para explorar esa contradicción y mostrar que, detrás de los dispositivos más sorprendentes, persiste una dificultad profundamente humana: aceptar que la otra persona no siempre será como uno espera.

En la charla exclusiva con Teleshow, el director explicó también la particular modalidad de trabajo que le permitió concretar la película mientras desarrollaba su vida fuera de la Argentina. “Fui rodando cada vez que llegaba a Buenos Aires”, contó. Una dinámica que habla de su manera de organizar los proyectos y de una relación con el país que nunca terminó de interrumpirse, aún cuando su vida transcurrió durante décadas en otras ciudades. “O ellos me iban a visitar allá o yo venía para acá”, recordaría sobre el lazo familiar nunca perdido.

La inquietud artística también tiene un nuevo capítulo en el lazo sanguíneo. Rottenberg es padre de Mika Rottenberg, una reconocida artista visual que vive en los Estados Unidos y cuya obra alcanzó proyección internacional y se exhibió en instituciones de enorme prestigio, entre ellas el MoMA, la Tate y el Museo de Israel, en Jerusalem. Sus trabajos exploran las relaciones entre los cuerpos, las máquinas, la producción, los espacios y la poesía, mediante instalaciones y piezas de videoarte que invitan al espectador a descifrar imágenes y sentidos.

Primer plano del rostro de un hombre con ojos abiertos, barba corta y camisa estampada frente a un fondo desenfocado
Un fotograma de la película 4 historias increíbles de Enrique Rottenberg presenta el primer plano de Héctor Díaz que mira fijamente a la cámara

La relación de Enrique con el universo creativo de su hija tuvo, como suele suceder en los vínculos entre generaciones, un tiempo de descubrimiento. “Mika, en la década del noventa, comienza a trabajar con el videoarte, pero, entonces, no la entendí, pensaba que todo debía tener, como en el cine, comienzo, desarrollo y final”, recordó. Su confesión revela una mirada sincera sobre las diferencias entre disciplinas y también la capacidad de reconocer que el arte puede expresarse mediante lenguajes que no necesariamente responden a las estructuras conocidas.

Aquello que inicialmente le resultaba difícil de comprender terminó convirtiéndose en parte de un diálogo artístico entre dos generaciones. Mientras él había desarrollado buena parte de su trayectoria a partir de la narración cinematográfica, su hija exploraba otras formas de construcción visual, donde el relato no siempre necesita una estructura tradicional para producir una experiencia en quien observa.

Ahora, a los 78 años, Rottenberg tiene puesta buena parte de su energía en Buenos Aires. Su próximo gran desafío es la Fábrica de Arte Contemporáneo (FAC), un ambicioso proyecto cultural que tiene prevista su inauguración en los primeros meses de 2027. Ubicado en la intersección de Perú y San Juan, en el corazón de la ciudad, el espacio buscará convertirse en un punto de encuentro para las artes plásticas, el videoarte y las distintas expresiones del arte contemporáneo latinoamericano.

Una mujer de pie toca la cabeza de un hombre sentado en un sillón frente a otro hombre sentado en una sala de estar
Héctor Díaz, Carlos Portaluppi y Magela Zanotta conversan en una sala durante una escena del largometraje dirigido por Enrique Rottenberg

La iniciativa pretende abrir un lugar para la experimentación, el intercambio y la circulación de nuevas propuestas artísticas. No se trata solamente de levantar un espacio expositivo, sino de construir un ámbito capaz de generar encuentros entre artistas, obras y espectadores, y de ofrecer una plataforma para lenguajes que muchas veces necesitan nuevas formas de exhibición y comprensión.

Hay algo profundamente significativo en que ese proyecto encuentre a Rottenberg nuevamente trabajando en la ciudad donde nació. Después de haberse marchado a los 13 años, de haber estudiado, producido y dirigido en Israel, de haber elegido La Habana como escenario de otra etapa de su vida y de haber explorado distintos lenguajes creativos, Buenos Aires vuelve a ocupar un lugar central en sus planes.

Enrique Rottenberg se define como un artista obsesivo, alguien que persigue sus sueños con perseverancia y que encuentra en cada proyecto una razón para seguir adelante. Su recorrido demuestra que nunca entendió la creación como una actividad limitada a una edad, una disciplina o un país. Porque cuando muchos podrían considerar que llegó el momento de mirar exclusivamente hacia atrás, él sigue pensando en lo que falta hacer.

Su nueva película, sus documentales, su relación con el arte de su hija y el desafío de poner en marcha la FAC forman parte de una misma historia: la de un hombre que hizo de la curiosidad una forma de vida. Un argentino que se fue muy joven, encontró su lugar en otras culturas y nunca dejó de buscar nuevas maneras de contar el mundo.

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