Hay discos que no envejecen porque se instalaron en la memoria colectiva de una generación entera. Que permanecen allí, como una cápsula de tiempo dispuesta a ser usada para recordar aquellos que fuimos o el mundo que nos rodeaba. Pafuera Telarañas, el álbum debut de Bebe editado en 2004, es uno de ellos. Para su autora, nacida como María Nieves Rebolledo Vila, un nombre que estaba a punto de perder, fue un compendio de historias personales y crónicas urgentes plasmadas en canciones pensadas para ser interpretadas en los bares. “Ella”, “Ska de la tierra”, “Siempre me quedará” o “Men señará” abordaban cuestiones como el empoderamiento femenino, el diagnóstico de un mundo en descomposición, la nostalgia de un pasado que empezaba a quedar lejano. Y naturalmente también estaba “Malo”, el himno contra el maltrato físico y psicológico de las mujeres que marcó su carrera para siempre.
Cuando se acercaban los 20 años de aquel lanzamiento, Bebe sintió ganas de visitar aquel pasado desde este presente. Lo que iba a ser un concierto conmemoratorio en su país natal mutó en gira por América Latina después de una charla reveladora con su madre. Un consejo que le dio el impulso necesario para embarcarse otra vez en modo gira y regresar después de ocho años a Buenos Aires. Aquella ciudad que la recibió con “Malo” sonando en la televisión, en las radios, en las calles. Y que le hizo dar cuenta, por si todavía hacía falta, de que no estaba preparada para soportar todo eso.
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Bebe atiende a Teleshow a través de una videollamada que permite advertir su sonrisa fácil y esas ganas a flor de piel de quien cuenta los días para un reencuentro. Entre risas y recuerdos, repasa aquella primera visita al país, reconoce haber sufrido el vértigo de la fama repentina, recorre su vínculo entrañable con la música argentina y explica las razones que la llevaron a reinterpretar, canción por canción, el disco que le valió el Premio Grammy Latino a Mejor Artista Nuevo y que vendió más de un millón de copias en todo el mundo.
—¿Qué recordás de tu primera vez en Buenos Aires a mediados de los 2000?
—Aquella visita fue rock and roll, lo pasamos superbién y además no lo esperábamos. Tocamos en Niceto y fue una locura, porque siempre digo que el público argentino es supercaliente. Fue divertidísimo, muy gamberro, muy efusivo, y la verdad es que nos sorprendió muchísimo porque yo pensaba que iba a estar todo mucho más tranquilo. Y de repente la gente conocía “Malo” por la calle, que yo ni sabía que salía por televisión. Fue muy divertido porque a diferencia de otros lugares estuvimos toda una semana, pudimos pasear por la ciudad. Recuerdo ir caminando hacia San Telmo por la calle y de repente escuchar la canción en un auto, y alguien que me reconoció. Fue toda una sorpresa.
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—¿Cómo surge la idea de volver a girar con aquellas canciones?
—Mi primera idea era hacer solamente un concierto por los 20 años y ya, porque estaba trabajando en el próximo disco. Pero me propusieron hacer una gira, y yo tenía sentimientos encontrados, pero charlando en casa con mi familia, mi madre me dijo algo muy sabio: “Mira, cariño, creo que deberías hacer esa gira, porque en ese tiempo tú fuiste la que menos disfrutó. Creo que te debes a ti misma volver a cantarlas y disfrutarlas como no las disfrutaste en su momento”. Y tenía razón, porque en aquel momento yo tenía muchísimos conciertos, viajes, entrevistas y 20 años después, con toda la calma, la perspectiva y el tiempo que pasó, uno valora cada cosa que pasó en ese tiempo.
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—¿Sos de pedirle consejos a tu familia o fuiste puntualmente a charlar de este tema?
—Hablo mucho con mis padres, con mis hermanos también. Ellos me conocen desde el minuto uno. Mis padres vieron desde mi primer concierto, cuando yo estaba sola con la guitarra, y venían a los bares por si aparecía la policía. Entonces conocen muy bien cómo viví todo eso, cómo estaba emocionalmente estresada. Cada vez que surge algo así tengo que hablar con mi familia, porque sé que me van a dar una mejor perspectiva. Y así fue.
—¿Y cómo fue revivir todo lo que pasó más allá de las canciones? Hablo de aquella explosión de popularidad, obtener el Grammy, que te reconozcan en una calle de San Telmo...
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—Es que fue tan repentino que no hubo un orden en nada. Cada concierto, emocionalmente, para mí es fuerte. Cuando terminas un concierto, tu química también baja. Entonces sube, baja, concierto, viajes transoceánicos para arriba y para abajo, todo eso también te vuelve loca. Y hacer entrevistas constantemente. De hecho, cuando estuvimos en Argentina disfrutamos mucho porque fue una semana en la que de pronto pudimos parar, y además vinieron amigas mías que me traje, y lo pasamos muy bien porque pudimos tener un poco de sosiego, que de otra manera no teníamos. Ahora lo estoy disfrutando mucho.

Revisar el repertorio de Pafuera Telarañas significó, para la artista, encontrarse cara a cara con la Bebe de 20 años y lo vivió como una experiencia profundamente emotiva. “Es muy bonito ver cómo esas canciones que hiciste en tu intimidad, no solo cambiaron la vida de mucha gente sino que también se las enseñaron a sus hijos”, reflexiona. En ese juego entre el pasado y el presente apareció la relectura de la obra propia y los cambios físicos y emocionales. La maternidad, el paso del tiempo y la mirada crítica sobre aquella explosión representaron un ejercicio que disfrutó más de lo que había imaginado.
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—¿Cuándo te diste cuenta de que pasaba algo con tu música? ¿Tuviste algún indicio de que podía pasar algo así?
—La verdad es que no me lo esperaba, ni siquiera lo había imaginado. Sobre todo acá en España fue muy rápido, como en un mes ya “Malo” sonaba en todos lados. Y pasa esa cosa que te hacés popular aunque la gente no sabe realmente quién sos.
—Leí que en algún momento te habías cansado un poco de interpretarla, algo que le pasó a muchos artistas que tienen una canción que marca de alguna manera la carrera. ¿Fue así, tomaste cierta distancia?
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—Lo que aprendí con el tiempo es que la música la haces tú en tu intimidad, pero cuando trabajas con un productor, ya es también de tu productor; cuando lo haces con los músicos, ya es de los músicos; y cuando sale a la calle, es de la calle. Lo que sí ocurre es que, cuando haces un álbum nuevo, te apetece cantar las canciones nuevas. No es que le tenga nada en contra a “Malo”: le debo todo, me cambió la vida. Pero si tienes un tiempo determinado para un concierto, te apetece meter otras canciones que forman más parte del momento vital en el que estás. Por eso, en este concierto, claro que está “Malo”, como todas las canciones del primer álbum. Pero quizá, cuando vuelva con el siguiente disco, no esté, porque tengo que equilibrar e ir seleccionando.

—Hablabas de los diálogos con tu familia y de como cambió tu vida con el nacimiento de tu hija, Candela. ¿Ella también es una referencia a la hora de compartir tus decisiones artísticas?
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—Ella forma parte de eso, de la misma manera que todos en mi familia vivimos acostumbrados a tener música constantemente. Mis padres siempre cantaron, y aunque mis hermanos se dedican a otra cosa, en casa nos ponemos los cinco a cantar y parecemos la familia von Trapp, nos encanta. Y mi hija también estuvo ahí desde muy pequeñita. El otro día estaba revisando unas grabaciones antiguas y sale su vocecita de chica, hablando en casa. Ella siempre estuvo, entra y sale de manera muy natural. Cuando estoy trabajando en casa y tengo que escuchar algo, se lo pongo, y si quiere lo escucha, si no dice “ay, mami, esto no”. Es adolescente, la dejo ser totalmente ella. Y lo que sí me hace ilusión es que le gusta mucho venir a los conciertos. Me sorprende, porque siendo adolescente, ya en otra cosa, el otro día estuvimos en Madrid y vino al concierto con su padre, con familia, con amigos, y eso es súper emocionante para mí.
—Bueno, convengamos que su madre tiene un trabajo bastante interesante... ¿Cómo era tu relación con la música de chica, en ese ambiente que describís?
—Me acerqué de manera muy natural a la música. En casa cantábamos desde que tengo uso razón, y hace poquito, en verano, después de una cena en el campo terminamos todos cantando. Desde muy chiquita, en la misa del gallo, le cantaba villancicos al Niño Jesús en la iglesia. Mis padres cantaban en casa, tenían grupos aficionados de música y siempre estuvieron los instrumentos en casa. Eso es algo muy habitual en España y de alguna manera todo me fue llevando ahí.
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—¿Esa raíz flamenca que se percibe en tu música viene también de aquella casa?
—Eso es porque a mí me encanta el flamenco antiguo y lo escucho habitualmente. Cuando necesito ubicarme para escribir, me pongo clásicos, que tienen ese “menos es más”, esa sensación. El flamenco tiene letras muy escuetas pero súper potentes, y es muy emocional. Yo no considero que hago flamenco, pero evidentemente hay algunos giros, en mis canciones.
—Siempre fuiste muy abierta a ir metiendo diferentes sonidos en tu música, incluso del reggaetón, con esa mala imagen que lo persigue. ¿Qué otros géneros te gustan?
—Lo escucho todo, todo lo que me emociona me encanta, y me encanta que sea diferente. Si por mí hubiera sido, habría hecho música de todo tipo, me habría atrevido a hacer muchas cosas. Dediqué mi vida a otras cosas también, me gusta mucho ser mamá, criar. Pero creo que los prejuicios en la música no son nada buenos, porque te limitan. Cuando empecé tenía más prejuicios conmigo misma, más pudores. Ya me saqué todo eso de encima. Me gusta la música que me emocione, que me diga algo, sin importar el género, sin importar que tenga letra o no.

—¿Y cuál fue tu primer contacto con la música argentina? ¿También surgió en aquella casa desbordante de música?
—Escuché mucho al señor Alberto Cortez, me crie con él porque mi padre cantaba sus canciones. Y escucharlas es derretirme, literalmente, porque evocan mi infancia absolutamente, y a mi padre cantándolas. Esa fue la primera y la más poderosa influencia, y sigue hasta el día de hoy. Y también llegó bastante el tango, porque mis padres tenían unos discos maravillosos de tango antiguo que me encantaban. Creo que al final somos muy básicos y seguimos cantando las mismas cosas, con otras palabras, da igual. Pero me encanta escucharlo, y aunque no haga esa música, siempre es un refugio. Como te decía del flamenco, volver a los clásicos siempre es algo que me centra y me recoloca.
—¿Con qué expectativa venís a Buenos Aires y con qué concierto nos vamos a encontrar el 15 de octubre en el Teatro Ópera?
—Nunca procuro hacerme expectativas, porque no creo que se trate de eso. Procuro trabajar y ponerle toda la emoción y las ganas a lo que voy a presentar. Vamos a hacer el primer disco con la historia que lleva. Hablo bastante en el show porque me gusta compartir ese rato con el público. Lo vamos a hacer a trío, y va a ser una tocata muy emocionante para mí, porque hace mucho tiempo que no voy a Latinoamérica. Voy con respeto y con el nervio que da haber estado tanto tiempo sin ir. Ojalá la gente lo reciba con las ganas que nosotros lo preparamos.
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