El actor Facundo Arana y su equipo son grabados durante una expedición en una región montañosa.
Una década después de haber tocado el cielo con las manos, Facundo Arana vuelve a mirar hacia arriba. Y no como un gesto simbólico, sino con la determinación concreta de quien ya conoce el peso del aire enrarecido, el crujido del hielo bajo las botas y el silencio abrumador de las grandes alturas. El 23 de mayo de 2016, a 8.848 metros sobre el nivel del mar, el actor había alcanzado la cumbre del Monte Everest, cerrando una historia personal marcada por la insistencia: la revancha tras aquel intento fallido de 2012. Aquella expedición, de 45 días, no solo fue una hazaña deportiva, sino también una causa: visibilizar la importancia de la donación de sangre.
Hoy, diez años más tarde, el actor vuelve a ponerse en marcha. Y lo hace con esa mezcla de introspección y asombro que imprime en cada uno de sus relatos. A través de sus redes sociales, Arana va narrando el pulso íntimo de la travesía, con postales que condensan la inmensidad del Himalaya y la humanidad de los pequeños gestos. En las últimas horas, desde Namche Bazaar —a 3.440 metros de altura— compartió una actualización breve, casi como una respiración en medio del ascenso: “Arrancamos a subir un poco para aclimatar. ¡Seguimos!”.
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Namche no es una cima, pero es un punto neurálgico. Capital del mundo sherpa, enclave de paso obligado para quienes buscan llegar al Everest, funciona como un escenario donde el cuerpo aprende a convivir con la altura. Allí, los expedicionarios suben durante el día hacia puntos más elevados —como el Everest View Hotel, a 3.800 metros— y regresan a dormir al valle, en una danza milimétrica entre esfuerzo y adaptación. Es también, un cruce de culturas, de provisiones, de historias que llegan desde todos los rincones del planeta con un mismo horizonte.
Pero en medio de esa geografía imponente, donde cada paso exige concentración y cada noche demanda resistencia, apareció lo inesperado. Un perro. Un compañero improbable que irrumpió en la travesía como suelen hacerlo las cosas importantes: sin anuncio previo. “De pronto, del otro lado del mundo te encontrás un amigo”, escribió Arana. Lo bautizaron Pandu. O quizás fue al revés: Pandu los eligió a ellos.
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Según relató el actor, el animal comenzó a seguirlos atraído por las galletas que le ofrecía Ngawang, el guía. Después vino el gesto que selló el vínculo: una campera compartida en la noche fría. Y entonces ya no hubo marcha atrás. “Como vamos los tres juntos, nos adoptó a los tres”, explicó. Desde ese momento, el perro se convirtió en parte de la expedición: camina unos pasos por delante, marca el ritmo, acompaña en silencio. A veces, incluso, se deja llevar en brazos. “Creo que va a venir hasta el base. No hay forma de echarlo”, dijo, entre la sorpresa y la ternura.
Las imágenes lo dicen todo: el cruce de un puente colgante suspendido sobre el vacío, el viento que corta la cara, las banderas que flamean como plegarias, y ese andar decidido del animal que parece conocer el camino mejor que nadie. También están las pausas: una mirada cómplice entre Arana y el perro, el descanso en la tierra fría, la montaña que asoma entre nubes como si eligiera cuándo dejarse ver.
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En esa combinación de desafío extremo y detalles mínimos se construye el relato. No es solo una nueva tentativa hacia la cumbre más alta del mundo. Es, también, una forma de volver a empezar. De medirse otra vez con los propios límites. Y, en el medio, dejarse sorprender por lo que aparece sin buscarlo: un compañero de cuatro patas, un gesto compartido, una historia que se escribe mientras se camina. Porque en la montaña —como en la vida— no todo está en la cima. A veces, lo esencial sucede en el camino.
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