La tarde avanzaba en el estudio de Los 8 escalones sin sospechar que sería escenario de un gesto insólito de generosidad y empatía en la televisión argentina. Nadie imaginó la sorpresa. Ni siquiera Pampita, conducía con su habitual mezcla de nervios y complicidad, adivinó lo que estaba a punto de suceder cuando Jimena se alzó con el premio mayor.
La dinámica de siempre: luces, preguntas, escalones, la presión creciente del concurso. El trayecto parecía un libreto conocido, hasta que Barbie Simons leyó la última consigna. Jimena, de temple inusual, no mostró sombra de vacilación en ningún momento. Al responder correctamente, esa calma que la había acompañado durante todo el ciclo se transformó en una sonrisa discreta y sincera. Desde su lugra, la conductora celebró: “Jimena, que no le dijo a nadie, la voy a abrazar yo, mirá”.
El estudio pareció exhalar un suspiro colectivo. “Muy bien, vino solita, no se quería poner nerviosa”, comentó Pampita, como si recogiera los murmullos sorprendidos del público. Nadie anticipó lo que vendría.
Más allá de la trivia y el show, comenzaron las preguntas personales, el ritual de toda final: a quién dedicar el triunfo, con quién compartir la dicha. Jimena respondió sin dudar: “Primero, a mi familia”, esbozó leve, pero la verdadera noticia estaba por revelarse. “Y una parte del premio la quiero compartir con Thiago”, dijo. En ese preciso instante, todos los protocolos se detuvieron: Pampita, público, técnicos, todos miraron a Jimena como si no hubieran entendido bien. Pero sí, lo había dicho claro.

Pampita relanzó la pregunta porque, sencillamente, nadie lo esperaba. “¿En serio? ¿Por qué?” ¿Y cómo no insistir? La respuesta de Jimena fue directa, sin adorno innecesario: “Porque llegó a la final conmigo”. Así, simple. El rumor de asombro recorrió el estudio como una ola. La empatía se instaló, palpable, como si hubiera aire nuevo en esa sala acostumbrada al vértigo y la competencia.
En el centro de todos los reflectores, Thiago parecía buscar palabras que no encontraba. “¿En serio?”, repitió, incrédulo. Los ojos de todos estaban puestos en él; la cámara captó el instante exacto en que la idea comenzaba a calar. La conductora, todavía sorprendida, dejó caer una frase que resumía el estupor común: “Pero esto yo no lo había visto en varias temporadas, no lo puedo creer”.
Nadie recordaba un gesto así en la historia reciente del ciclo. El guion de lo inesperado siguió su curso. Pampita animó a Thiago: “Thiago, decile algo”. El joven, resuelto a dejar la emoción de lado, se sinceró ante todos: “No, que muchas gracias, que no lo compartí en ningún lado, pero ahora yo estoy muy mal, económicamente, que muchísimas gracias, lo agradezco un montón”. La revelación se sintió como una verdad desnuda.
El estudio se convirtió en un espejo de la emoción colectiva y Pampita señaló “bueno, premio compartido en la final, nunca viví esto acá, eh”. Y mientras organizaba sus pensamientos, reflexionó en voz alta: “Siempre hay un motivo detrás, no tengo recuerdos, yo hace no sé cuántas temporadas que estoy acá”. En ese momento, la empatía desbordó los límites de la pantalla: “Thiago, qué emoción, te tocó con alguien con un corazón gigante, que comparte su premio. ¿Cómo hacen después, se juntan, lo organizan?”.

La sencillez de la ganadora contrastó con la solemnidad del momento. Jimena contestó con naturalidad: “Que me pase el CBU y vemos”. La seriedad del juego se rindió ante la lógica del afecto, como si todo lo anterior hubiera servido solo para preparar ese instante.
Fue entonces que la conductora cerró con una bendición: “Jime, me encanta, qué buen ejemplo, siempre, nada mejor que compartir y hacer felices a los otros también, y que Dios te llene de bendiciones, que se multiplique”.
Pero el último escalón lo trazó Jimena en voz baja, con una historia que no compartió en las cámaras, pero que asomó en sus palabras: “Tengo una persona muy importante que ya no está, así que dije ‘si gano, lo voy a compartir’, así que hay que cumplir, hay que compartir”. Esa fue la razón secreta, la promesa cumplida, la lección que desafía la fría lógica del concurso.
Una noche que parecía destinada a transcurrir como cualquier otra en Los 8 escalones terminó recordando lo esencial: a veces, el mayor premio no es el dinero, ni la victoria, ni el aplauso. Es ese instante en que alguien decide regalar un poco de sí mismo.
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