El Teatro Colón vibró la noche del miércoles al ritmo de una emoción transversal, difícil de explicar en palabras. La señal de streaming Olga realizó un especial dedicado a Mercedes Sosa, quien este 9 de julio hubiese cumplido 90 años, y la cita se convirtió en un homenaje tan coral como eléctrico.
Las butacas del mítico teatro, repletas, aguardaban la señal de largada más allá de las 20, el horario pactado. En el preludio, Migue Granados y Lucas Fridman, anfitriones del especial, se abrieron paso entre las luces y el murmullo expectante: “Gracias Mercedes”, anunciaron, y el tributo empezó a desgranarse, canción tras canción.
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Alejandro Lerner, Ángela Torres, Jairo, Nahuel Pennisi, Lidia Borda, Jorge Fandermole, Hilda Lizarazu, Cazzu y Maxi Espíndola fueron pasando por el escenario, cada uno con la impronta de quien rinde tributo a una leyenda. Pero fue el ingreso de Soledad Pastorutti el que detuvo varios corazones: la ovación de pie desde la platea marcó ese instante irrepetible de sintonía colectiva.
Ella eligió dejar marcado el homenaje entonando dos himnos en mayúsculas del repertorio: “Alfonsina y el mar”, de Félix Luna y Ariel Ramírez, y “Zamba para no morir”, creación de Hamlet Lima Quintana, Norberto Jorge Ambros y Héctor Alfredo Rosales. El silencio flotaba espeso tras la última nota.
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“Estaba muy nerviosa. Es que cuando uno se viene más grande es como más consciente de todo y además quiere hacerlo perfecto. Y lo perfecto no existe. No me salió perfecto, pero sí me salió muy sentido, muy con el corazón", admitió la de Arequito. “Es un placer estar acá. Es un placer acompañarlos. Es un momento muy especial para mí también. Popi sabrá de tantas veces que nos hemos cruzado en el camino”, confesó al sentarse junto a los conductores, todavía emocionada. La referencia era para Popi Spatocco, productor, arreglador, y pianista, quien volvió a ser el hilo invisible entre pasado y presente, como en los años en que acompañaba a la misma Mercedes.
La memoria se volvió un territorio fértil al invocar sus comienzos: “Cuando yo nací artísticamente, Mercedes ya era Mercedes, la ídola de todos, y para mí era muy importante algún día conseguir su bendición. Como todos los que amamos lo que hacemos y empezamos mirando y admirando a alguien”, recordó La Sole. El público respiraba al ritmo de ese recuerdo. De pronto, surgió una confidencia rara, fuerte: la historia de la rivalidad.
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“Fue el 25 de mayo, del año 2007, creo. Teníamos que cantar el himno en Plaza de Mayo. Cada una cantaba su parte y yo me fui, porque tenía otro concierto. Pero cuando yo salgo, entra el auto de Mercedes y un grupo de fans míos la putean”. El silencio en la sala se hizo notorio. “Había una rivalidad muy grande. Ustedes a lo mejor no lo saben, son muy chicos, pero Mercedes Sosa y Soledad era como River-Boca y salvando las distancias, lo digo con todo respeto, porque entiendo que estamos hablando de alguien muy groso de verdad, y yo todavía tengo que hacer mucho, tengo mucho camino por delante, pero en aquel momento era eso, era la aparición de esta pibita en contraposición a lo que ya existía”.
La vergüenza, la incomodidad, le ganaron el pulso y ella decidió volver: “Entonces yo le digo a mi manager, a Gonzalo, que volvamos a pedir disculpas porque me sentía mal”. El reencuentro fue íntimo. “Fabián nos atiende en el camarín”, el hijo de Mercedes abrió la puerta a la conciliación. “Tenemos que terminar con esto. Tenemos que cantar juntas”, le propuso la voz inmortal. La leyenda se selló pronto, en el escenario del Teatro Gran Rex: entre acordes, nació un idilio. “Hicimos una versión hermosísima de ‘Canción del jangadero’”, contó La Sole, y el público del Colón sintió ese eco.
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¿Cómo nacen las rivalidades? ¿Quién las alimenta? La cantante de Arequito no dudó: “Creo que los medios y la atmósfera social política que se vivía en ese momento en el folclore. Aunque ustedes no lo crean, también tiene su grieta, lamentablemente. Y la verdad es que yo era muy niña. Yo tenía cuando empecé 16 años y recorrí este país y lo sigo haciendo con mucho cariño. Pero bueno, mi presencia al principio fue muy resistida por los más puristas”, relató, al dejar caer la verdad de toda generación emergente.
El tiempo y la música sanaron heridas. Hoy, dice, “yo creo que no pasa tanto, gracias a Dios, porque los chicos jóvenes nos han enseñado mucho. El problema es que en aquel momento era todo así”.
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El broche de oro lo da la memoria afectiva. La primera voz que acompañó a Mercedes Sosa en el disco Cantora fue la suya, -hicieron “Agua, fuego, tierra y viento”- y el valor de ese registro no deja de asombrar a su protagonista: “Yo creo que ella me dejó un guiño muy especial en mi vida, en mi carrera. Yo siento que todo esto que pasó anteriormente, que lo cuento como anecdótico, porque hay mucha gente que se suma ahora a esta historia y no sabe, pero pueden buscar si quieren un montón de cosas en televisión, programas de Mirtha Legrand... y gracias a Dios eso se saneó porque las dos teníamos ganas de hacer algo juntas y porque había un respeto y un cariño mutuo increíble. Y ella lo demostró con creces acá”, rescató Pastorutti, con la certeza de quien sabe que los caminos musicales, a veces, se escriben primero con el corazón.
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