Eva De Dominici, de espaldas a Hollywood, camina por la selva misionera. La rodea el verde húmedo, espeso, casi irreal. A su lado, Camila, su hermana menor. Delante, marcando el paso con una sonrisa persistente, va Ñata, la abuela. Es febrero de 2025, y el sol parte la tierra. Pero en ese instante, bajo el rocío feroz de la Garganta del Diablo, lo único que importa es ese momento compartido.

“Nunca había estado en un lugar tan poderoso”, escribió la actriz desde su cuenta, como si se le hubiese revelado un dios escondido entre las aguas. No hablaba de Los Ángeles, donde reside hace años y donde 2024 la coronó con estrenos internacionales y portadas en revistas de renombre. Hablaba de Iguazú, de Misiones, de la Argentina. De un viaje que fue más celebración que turismo: el cumpleaños de su abuela, esa figura que sostiene el hilo invisible de su historia familiar.

Las imágenes lo cuentan todo sin necesidad de palabras. Aparece Ñata soplando las velitas. Aparecen las tres mujeres entrelazadas en una caminata que parece una procesión íntima. Hay sonrisas bajo un chubasco tropical, selfies frente a los saltos que revientan contra la piedra con furia. Y sobre todo, hay una sensación: la de un reencuentro. Con la tierra, con los afectos, con lo esencial.

Las Cataratas del Iguazú, declaradas en 2011 como una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo y protegidas por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, no necesitan artificios. Basta con estar ahí para entender por qué Eva las llama “poderosas”. Pero también, basta mirar las fotos para notar que esa fuerza no viene solo de la naturaleza. Viene del vínculo. De esa especie de liturgia doméstica que es viajar con quienes nos vieron crecer.

Camila, también radicada en Estados Unidos, regresó junto a su hermana para este viaje. Las dos se fundieron en un ritual que ya no ocurre tan seguido. “Viva la familia, los amigos y Argentina que raja la tierra”, escribió Eva, como una proclama, como un suspiro, como un anhelo que persiste pese a la distancia.
El 2025 la encuentra luminosa, con proyectos por delante y el nombre ya bien ganado en la industria internacional. Pero también la encuentra así: en ojotas, con el pelo mojado por la bruma de Iguazú, riendo con su abuela. Porque en medio de la fama, hay certezas que no cambian. A Ñata le cantaron el feliz cumpleaños en medio de la selva. Y eso sí que fue un estreno inolvidable.
Una muestra de este amor por su tierra fue la visita que hizo junto a su marido, Eduardo Cruz -hermano de Penélope- y su hijo Cairo, hace unos meses a su tierra natal.
“Vuelvo al sur, como se vuelve siempre al amor”, escribió citando el tango de Astor Piazzolla y Pino Solanas, mientras recorría las calles de Villa Fiorito. Y en esa frase hay algo de manifiesto, de testamento emocional. Porque vuelve siempre sabiendo que cada esquina guarda un eco. La casa donde su madre vivió por primera vez, la bacha donde bañaban a la tía, el balcón desde el que cayó con solo cinco años. Todos esos lugares siguen ahí. Algunos con las mismas ventanas, las mismas manchas de humedad, el mismo olor a humedad que la infancia fija como tatuaje invisible.

Hay algo profundamente simbólico en esa escena: una mujer que ahora es madre, volviendo a los umbrales de su infancia, no para quedarse sino para mostrar. Para narrar. En la casa de su niñez, recuerda la ventana desde la que espiaba la llegada de los Reyes Magos. En otra, evoca el muñeco de nieve que armó con Candela, su hermana. En otra más, revive el susto de aquella caída que, por suerte, no dejó más huella que el recuerdo.
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