Año 1970. Arturo Puig tenía apenas 25 años y ya era una de las caras más reconocibles de la televisión argentina. Su papel en la telenovela Carmiña lo había convertido en un galán adorado por el público, pero en su interior latía una pasión secreta: la música. Un anhelo que, sin buscarlo, lo llevaría a protagonizar una carrera fugaz pero sorprendente en la industria discográfica.
Todo comenzó con El módulo de Merlín, un programa infantil de Canal 7 que conducía junto con Cecilia Rossetto. La idea era revolucionaria: un viaje intergaláctico para niños, con efectos especiales y un formato innovador. Pero duró poco. “Hacíamos cosas para chicos, pero nos echaron porque era muy de avanzada”, recordaría ella tiempo después.
El humor desenfadado y la complicidad entre los conductores desconcertaban a los productores. Y Puig, lejos de ceñirse al libreto, se tentaba con facilidad.
“Se suponía que tenía que decir algo serio, pero se escapaba detrás de los decorados y empezaba a cantar. ‘Es que quiero imitar a Tom Jones‘, me decía. Y nos moríamos de risa", rememoraría Cecilia.
Aquella obsesión por el cantante galés no era un chiste pasajero. En la intimidad, Puig soñaba con un micrófono en la mano y una banda detrás. Lo que no imaginaba era que, por una broma del destino -y de un amigo-, pronto estaría grabando su primer disco.
Buenos Aires, 1971. Las noches porteñas tenían un ritmo propio, una mezcla de bohemia, glamour y descontrol. Entre los que recorrían los bares después de las funciones teatrales, dos nombres eran infaltables: Arturo Puig y Emilio Disi.
Eran inseparables. Compartían cenas, confidencias y un ritual inquebrantable en el Fiat 600 de Puig: “Yo ponía un cassette de Tom Jones y cantaba a dúo con él”, recordaría años después. “Emilio ya no me aguantaba más”.
Cansado de escuchar siempre las mismas canciones, Disi encontró la manera de vengarse. En una conversación con Gustavo Yankelevich, joven productor del programa musical Voltops, lanzó una frase con total seguridad: “¿Vos sabés que Arturo canta igual que Tom Jones?“.
La broma tuvo un efecto inesperado. Yankelevich pidió una reunión, le propuso grabar un demo y presentarlo en CBS, la discográfica más poderosa de la época.
Puig dudó. No se veía como cantante profesional. Pero cuando le dieron un par de temas para ensayar, la idea empezó a gustarle. “Más o menos los afiné”, admitiría tiempo después.
Era suficiente. CBS aprobó el material y, de repente, el actor estaba en un estudio de grabación preparando su primer disco.
Su debut discográfico llegó en 1972 con el simple que incluía los temas “No se cómo fue” y “Nuestro primer encuentro”. La discográfica apostó fuerte y el público respondió: el simple vendió 500.000 copias, una cifra impactante para la época.
Titulado simplemente Arturo Puig, el long play estaba la caer y fue un éxito inmediato.
Animado por los números registrados, grabó un segundo álbum: Sí, soy yo, además de una serie de simples y EP. Varios de sus temas incluso fueron utilizados posteriormente en ficciones televisivas protagonizadas por él, una estrategia que le dio aún más popularidad.
Pero la gran apuesta no estaba en la venta de discos. La discográfica tenía un plan más ambicioso: convertirlo en una estrella de los escenarios. “El negocio no está en vender discos, sino en los shows en vivo”, le dijeron.
Puig se resistió. Era actor, no cantante. Pero lo convencieron. Y fue ahí donde descubrió algo inesperado: su verdadera fascinación no era la música, sino el espectáculo en vivo.

Si iba a ser un showman, lo haría a lo grande. Inspirado en su ídolo, desarrolló una costumbre que se volvería su marca personal: antes de cada recital pedía dos docenas de pañuelos.
“Él se secaba la transpiración y los tiraba a las mujeres”, recordaría Disi entre risas. “Era un furor. Incluso, los firmaba con plasticola y todos tenían sus iniciales, AP”.
Los boliches en los que cantaba, con Disi como presentador, estallaban de público. Gino Renni y Raúl Lecouna, parte de su grupo de amigos, miraban todo con incredulidad.
“¡Es una locura juvenil!“, decía Lecouna, sin terminar de creer que Puig se había convertido en un ídolo pop. Pero no todo era rosas. En la vorágine, a veces algunos detalles se escapaban, como el hecho de que “muchas veces no me escuchaba a mí mismo, no tenía retorno. Entonces desafinaba horrores. Una noche en un show me empezaron a decir de todo y me tiraron monedazos”, explicó el intérprete.

El éxito fue intenso, pero efímero. Después de dos discos y varios simples, el protagonista de nuestra historia decidió alejarse del mundo de la música. Su verdadera vocación estaba en la actuación, y aunque amaba cantar, nunca se vio a sí mismo como un cantante de tiempo completo. Sin embargo, aquellos años no fueron en vano.
Cuando más tarde protagonizó comedias musicales como Sugar o Mi Bella Dama, se dio cuenta de cuánto le había servido su experiencia como cantante.
“Cuando hice musicales, ya sabía todo eso. Cómo proyectar la voz, cómo manejar un micrófono, cómo trabajar con una banda en vivo”, expresó.

Esa formación temprana le permitió brillar en un género que exigía un equilibrio perfecto entre actuación, canto y danza.
Los discos quedaron como un recuerdo de un tiempo en el que Puig jugó a ser Tom Jones y lo logró. Aunque su destino final no fue la música, el sueño se había cumplido. Porque aunque fuera solo por un rato, fue Tom Jones.
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