Bergara Leumann, el artista que murió el día de su cumpleaños: una vida dedicada al arte y un legado inolvidable

Trascendió fronteras y dejó huella. Hoy, su recuerdo vive en La Botica del Ángel, su gran creación

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Eduardo Bergara Leumann
Eduardo Bergara Leumann

Hoy no es una fecha más para el mundo del arte, del recuerdo de aquellas personalidades que dejaron un legado en esta industria. Por esas cosas del destino, se conmemora un nuevo natalicio de Eduardo Bergara Leumann. Pero, del otro lado de la vida, también un nuevo aniversario de su fallecimiento. Llegó a este mundo en 1932 y su luz se apagó en 2008, a la edad de 76 años.

Siempre le gustaron los festejos, estar rodeado de seres queridos y una clara muestra de eso fue el último día de su vida. Por entonces, ya muy mal de salud, debía estar internado en la Fundación Favaloro, pero se tomó un receso para celebrar su cumpleaños junto a la gente que quería. Ya desde marzo venía con complicaciones, cuando tuvo un derrame estomacal que lo llevó directamente a terapia intensiva. Por aquel entonces, se vivieron momentos de zozobra, porque el artista se descompensó en su casa y la ambulancia no lo pudo trasladarlo por su sobrepeso, teniendo que intervenir los bomberos.

Pudo salir adelante, pero ya nunca volvió a ser el mismo. Siempre se atendió, se puso a disposición, quería curarse pero cuando estaba llegando la fecha de celebrar un nuevo aniversario de su vida, sus médicos le recomendaron internarse nuevamente para una evaluación más exhaustiva. Ante eso, hizo un solo pedido: festejar, pasar un grato momento, y después sí se entregaba a las manos de los profesionales de la salud. No iba a aceptar una respuesta negativa. En definitiva, se sabía que, lamentablemente, mucho más no iba a soportar su cuerpo ya endeble.

Tras el festejo íntimo con un puñado de amigos la noche anterior, esperando que el reloj marque la medianoche, se fue a dormir en paz. Pero a la mañana volvieron las complicaciones: se dijo que ni siquiera salió de su cama por los dolores. Falleció horas después, otro derrame estomacal y un infarto de miocardio complicaron su corazón y marcaron su deceso.

Días antes había sido internado por una cardiopatía congénita. Fueron semanas con muchos temas de salud para atender. Regresando a sus últimas horas en este mundo, cuando llegaron los médicos a su casa, en la famosa Botica del Ángel, ya se encontraba sin vida. De alguna manera, sus seres queridos entendieron que era el mejor destino, ya no se valía por sus propios medios y estaba postrado en una silla de ruedas. Dependía de alguien para trasladarse y como siempre fue una persona con mucha vida social, eso repercutió en sus emociones.

Ernesto Sábato en La Botica del Ángel

Hijo único de Celia Petra Leumann y de Eduardo Bergara, atravesó con gran dolor la separación de sus progenitores cuando él tenía apenas 2 años. Si bien en algún momento dijo que no lo padeció en ese período, ya que no era consciente, sí lo sufrió más adelante. Corría el año 34 y no era muy común tener padres separados, no porque no existieran las diferencias o la necesidad de hacerlo, sino porque era mal visto y se evitaban las miradas ajenas, sobre todo hacia los hijos. Y eso fue lo que vivió el pequeño Eduardo en el colegio: el desprecio de sus compañeros.

En ese entonces, él se quedó con su mamá. Como no les alcanzaba para alquilar, se mudaron al barrio de Belgrano, a la propiedad de sus abuelos maternos, que tenían un buen pasar económico y eso lo llevó a descubrir otro mundo mucho más de cerca. Con ese panorama desplegado para él, su crianza estuvo marcada por su abuela. De alguna manera, ella fue quien lo llevó por el lado artístico, con recurrentes asistencias a fiestas, obras de teatro y distintos shows.

Su vocación se terminó por definir a los 17 años, cuando ingresó al instituto de Arte Moderno donde tomó clases de teatro, dirección de televisión y teatro, y escenografía. Llegó un freno cuando tuvo que asistir al servicio militar. A su regreso, su madre insistió para que se inscribiera en la facultad y estudiara Ciencias Económicas. Él no quería saber nada y allí, una vez más, apareció su abuela, doña Cecilia, para acompañarlo en su camino. Le presentó al director cinematográfico Mario Lugones y las puertas se empezaron a abrir. De la mano de él, tuvo sus primeros trabajos como vestuarista en teatros como el Cervantes y el Ateneo.

En 1955 debutó actor de cine en la película La simuladora, junto a Olga Zubarry. Ese mismo año ingresó al viejo Canal 7 como vestuarista de cuatro programas diarios. Ya metido de lleno en este mundo, viajó a Europa, estuvo en Londres, y se enamoró del vestuario, de la sastrería inglesa que en estas latitudes no existía o era para algunos pocos. No dudó en traer modelos, copiar ideas, para transformarse en el vestuarista más solicitado de la industria.

En 1966 se dio un gran gusto: se compró su primera casa. La propiedad fue inaugurada luego de que la mismísima Lola Membrives recitara La Lola se va a los puertos. Allí nació la primera Botica del Ángel. Grandes celebridades pasaron por ahí, como Niní Marshall, por ejemplo. ¿La particularidad del lugar? combinaba arte y grandes fiestas. Pero la felicidad se vio interrumpida en agosto de 1967, cuando fue clausurada por el gobierno de facto de Onganía. Eso lo obligó a mudarse a la calle Sáenz Peña 543, donde está actualmente. Pero en diciembre del 73 la tuvo que cerrar y eso le generó un gran dolor que lo llevó a irse a París, Francia.

En tierras europeas, alquiló un departamento y empezó de nuevo como sastre. Al poco tiempo se fue a Roma, Italia, y conoció al director de cine, Federico Fellini. Gracias a eso tuvo pequeñas participaciones en películas italianas y francesas. Hizo presentaciones en galerías francesas e inglesas. Incluso, en 1978, la fábrica de porcelanas Hartford lo convocó para que haga los diseños y dibujos en sus vajillas. Para ese entonces su fama ya era internacional.

Ana Luciano Divis, Tania y
Ana Luciano Divis, Tania y Bergara Leumann

Pero extrañaba demasiado su lugar y regresó a Argentina. De alguna manera acá había dejado un gran legado. En los años 70 fue el propulsor del café concert, un género que a partir de su incursión explotó y llevó a que muchos productores encontrasen un camino por explorar. En los 80 condujo Botica del Tango, un programa que iba por Canal 11 (hoy Telefe) y por el que pasaban grandes figuras de la cultura. Todos querían ir al ciclo porque pasar por allí generaba prestigio.

En los 90 trabajó con Tato Bores y en 1996 se propuso recuperar su casa. Finalmente lo logró, pero tuvo que invertir millones. Por entonces, con 64 años, puso todos sus esfuerzos –físicos y financieros- y logró empezar a darle forma al museo. Tas un año de mucho trabajo, fue inaugurada en diciembre de 1998. En este proyecto estuvo involucrado, Daniel Angelone, su pareja que siempre estuvo a su lado contra todos los vientos. El mismo que hoy reclama que la familia de Bergara Leumann lo quitó del camino y no lo deja ni ingresar a la Botica del Ángel.

Marcó un camino en la televisión pero sus problemas de salud siempre le jugaron en contra. En 2003 tuvo un accidente cerebrovascular (ACV). Eso lo llevó al inicio del fin. Si bien pudo salir, su movilidad se vio reducida y esa felicidad que desperdigaba en los medios no pudo ser. Lejos de las luces, pasó sus últimos años dedicado a hacer de su propiedad un lugar emblemático, para que el que pase por ahí, lo recuerde siempre.

Antes de irse a otro plano de su vida, se quiso despedir de su amigo el teatro, de ese olorcito único que tienen los escenarios. Fue así que se subió por última vez a las tablas en 2008, cuando con Marikena Monti y Jorge Schussheim montaron en el Maipo la pieza Viejitos chotos. Meses después, ya habiendo hecho todo lo que quiso, partió de este mundo, para descansar en la eternidad.

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