
“Eugenia de Chikoff eterna”, la definió en más de una oportunidad Chiche Gelblung, admirador suyo y también mentor televisivo, quien constantemente le dio espacio en sus programas para mostrar su fascinante vida de condesa. Así se hizo famosa en la pantalla por sus clases de protocolo, ceremonial y buenos modales.
Aunque nació en la Argentina, la mujer que falleció en agosto del 2014 a los 94 años y que hoy cumpliría 102, vivió en Francia desde los tres años y medio, por eso su particular acento, mezclado con el ruso de sangre. También residió en Inglaterra, Alemania y hasta en China, donde estudió karate, pasión que adoptó y trajo a Buenos Aires, cuando abrió su propia escuela de artes marciales en Recoleta. Su conocimiento hasta le permitió desprenderse de un ladrón que intentó quitarle la cartera.
Siempre curiosa, alguna vez contó que a sus 26 años contactó a una línea aérea para pedirles viajar en el carguero hacia el Polo Norte: “Allí estuve 9 días en un iglú con 36 grados bajo cero”.

Si bien se la conocía como “la condesa” no lo era y alguna vez ella misma lo explicó, ya que el título en todo caso de “condesa consorte” le correspondería solo a la mujer que se casara con su padre, Conde Juan Eugenio de Chikoff en la Rusia zarista, o con su hermano.
Su padre, de origen ruso, estaba en Francia cuando la revolución derrocó al zar Nicolás II y no pudo regresar a su país. Fue entonces que decidió instalarse en Argentina, donde conoció a María Adela Baecht y al poco tiempo nació Eugenia. Su infancia y adolescencia la pasó en Europa con su madre, quien le decía que su papá estaba en Buenos Aires trabajando y que por eso solo lo veía una vez al año. Sin embargo, cuando cumplió la mayoría de edad le comunicaron que en realidad estaban separados. Desde ahí ella explica su complejo de Electra, como ella misma lo define. “Quería mucho a mi madre pero la castigaba porque le hacía comprender que no necesitaba madre y padre, necesitaba padres. Por qué tenía este metejón con mi padre, porque lo veía una vez a fin de año, lo veía una vez porque no tenía plata para venir más y mi mamá no quería venir acá”, analizó.

“Mi papá era pésimo marido pero el mejor padre. Nunca me dijo que no a nada y era preguntona e insoportable en muchos aspectos. Yo exigía que ellos estuvieran juntos y cuando tuve mayoría de edad me vine con él”, dijo y dio como ejemplo cuando le pidió en su juventud ir a Asia a estudiar karate. “Nunca me dijo que no a nada, le decía ‘quiero ir a China’ que es mal visto por un ruso, y le dije que quería recibirme de lo que sé, tener seguridad y tener un diploma, él me dijo que era muy caro, miró a las paredes y dijo ‘bueno irás, vamos a llevar al Banco Municipal el cuadro e irás a China’”.
Chiche Gelblung le preguntó si era virgen y ella se negó a contestar. Aunque nunca se casó y no tuvo descendencia, estuvo cerca de comprometerse en dos ocasiones y alguna vez ella misma relató el insólito motivo por el que decidió dejar a uno de sus prometidos. “Yo estaba enamorada. Era un hombre de una gran cultura y muy buena persona. Con él no me voy a aburrir nunca, pensé. Hasta que mi padre me marcó algo que yo no había advertido: las manos. Tenía las manos y las uñas de un ser vulgar, como de estrangulador. Ahí fue que se quebró mi admiración. Y mi fuerte complejo de Electra pudo más”.
Más allá de eso, reconoció que se enamoró dos veces de amores no correspondidos. Según analizó, era la admiración que sentía hacia su padre la que hacía que tuviera atracción por hombres con los que no podía estar: una vez un casado y otra vez de un sacerdote jesuita que la impactó por su inteligencia.

Su padre fue quien le pidió que enseñara ceremonial y protocolo para él poder retirarse y asegurar el legado. Fueron sus clases de modales las que la convirtieron en un excéntrico y llamativo personaje televisivo, sobre todo luego de haber formado parte en 1999 del ciclo Memoria. Su participación en el programa de El Nueve derivó en múltiples apariciones en pantalla y la convirtió en fuente de consulta ante cualquier evento relacionado con la realeza, como fue la boda de Máxima Zorreguieta con el príncipe Guillermo de los Países Bajos en el 2002 y su coronación en el 2013.
“Hombres y mujeres son iguales cuando no tienen educación, ninguna madre educa mal, enseña lo que sabe y a veces sabe poco”, dijo alguna vez sobre aquellas cosas que se transmiten dentro de las casas y al describir su menú protocolar ideal aseguró que el primer plato tiene que ser sopa o gazpacho, para “lo que se necesitarían muchas Eugenias enseñando”, el segundo un pescado o marisco para terminar con una carne roja o blanca y que solo si el encuentro es al mediodía puede haber pasta.
Eugenia falleció en el 2014 tras haber estado internada un tiempo por una neumonía y un edema pulmonar. Sus restos descansan en el cementerio Parque Iraola, en Hudson. Entre sus frases curiosas alguna vez contó que su padre le enseñó “el control de la vejiga” por lo que nunca fue a un baño público, le recomendó a las mujeres que “sepan más que los hombres pero que no se lo hagan sentir” y se definió como una persona “salvaje a pesar de hacer protocolo”.
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