
“Va por Saint Louis, abajo está Missouri. Ciudad de Oklahoma es tan bonita”. La versión libre que popularizó Pappo de “Route 66″, el himno rockero a la gran autopista de los Estados Unidos, hace justicia con el corazón del blues y el rock and roll. Un homenaje a uno de los embriones donde un siglo atrás empezó a forjarse el sonido. Una ciudad por la que hace treinta años pasó el huracán Guns N’ Roses timoneado por el irascible, carismático y polémico Axl Rose y sus secuaces. Una bronca recíproca, con ofensas públicas y jornadas en tribunales, que tardó más de 25 años en sanar.
Para la mitad del 1991, Guns N’ Roses estaba transitando los mejores años de su carrera. Con el álbum doble Use Your Illusion a punto de salir del horno, el grupo se embarcó en una gira de promoción que se extendió por dos años y sumó millas y escándalos por todas partes del mundo. Fue el tour que los trajo por primera vez a nuestro país, con todo lo que se gestó alrededor de los inolvidables show en River, plagados de leyendas. Antes durante y después, un cúmulo de incidentes que se iban hilvanando como cuentas de un rosario pagano. Ninguno como la que ocurrió un día como hoy, en una veraniega jornada en el centro de los Estados Unidos.
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Entren al ring
El Riverport Amphitheatre todavía tenía el olor inconfundible de lo recién estrenado. Ubicado en Maryland Heights, en las afueras de Saint Louis y con capacidad para más de 15 mil personas, había cortado las cintas inauguración el 12 de junio de 1991. El honor lo tuvo el ex Traffic Stevie Winwood y su cartelera prometedora anunciaba para el 2 y 3 de julio a los Guns N’ Roses. Los tickets como era de esperarse, volaron y los fans contaban las horas para ver en vivo a su banda favorita; esa banda que todos los jóvenes del mundo querían ver.
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Mientras tanto, Axl, Slash y compañía venían tachando las fechas del cronograma según lo planeado, dejando un tendal a su paso aunque arriba del escenario las cosas marchaban más o menos por los carriles normales. Alguna llegada tarde, alguna palabrota desde el escenario, litros y litros de excesos, nada que no esté permitido en el comportamiento básico de una estrella del rock.
Lo que tenía nerviosos a los músicos era la salida de Use Your Illusion, que se demoraba más de la cuenta y obligaba a pasar por el estudio entre show y show, y eso no contribuía a mejorar los ánimos internos. En junio se publicó el primer single, “You could be mine”, de la banda de sonido de Terminator 2. Junto a “Civil war”, su cara b que ya había salido en un compilado, era lo único del material nuevo que conocían los fanáticos. El resto recién se conoció el 17 de septiembre cuando se publicó el álbum doble.
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Guerra civil
Así estaban las cosas aquel martes 2 de julio, cuando los acordes de la inédita “Perfect crime”, abrieron la lista de temas, que combinaba las novedades con la breve discografía de la banda: el impactante debut Appetite for destruction y el híbrido GN’R Lies. Un Axl desatado comandaba una banda de rock bien crudo, todavía en vías de sofisticación. De típicas calzas cortas, torso desnudo, chaqueta de piel y gorra de cuero, ondulaba sus movimientos de boxeador pendenciero aferrado al pie del micrófono. Así, en pleno trance estaba en “Rocket queen”, cuando vio algo que lo enfureció. Un fanático con una cámara de fotos disparando flashes contra su humanidad. Algo tan impensado en la actualidad, que merece una pequeña digresión.
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En la era previa a los smartphones, la letra chica de la entrada a los conciertos dictaba la prohibición de ingresar con grabadores, cámaras de fotos y filmadoras. Las cintas se vendían en las ferias y eran un tesoro preciado para los coleccionistas y curiosos y el fenómeno de la digitalización permite disfrutar de unas cuantas joyas en YouTube. La fotografía, en cambio, era un recuerdo más destinado al ámbito personal. En ambos casos, ingresar el aparato requería toda una ingeniería para burlar la seguridad, una adrenalina propia de los tiempos analógicos.
Como quien recibe un rayo misterioso, Axl cambió el semblante y la voz y comenzó a darle órdenes al personal de seguridad. “Agarren a ese tipo. Sáquenle eso”, repetía señalando con el dedo hacia un punto fijo en la audiencia. Esperó dos segundos, y como no obtuvo respuesta, se quitó la gorra y se zambulló entre los fanáticos. No era un acto de mosh, esa práctica habitual en los músicos de arrojarse al público como código rockero. Axl quería hacer justicia por mano propia.
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El cantante se trenzó con el fan que buscaba retratarlo y armó una escaramuza propia de la liturgia rockera. Los atónitos fans improvisaron un círculo para que los contendientes resolvieran su asunto, sin importar que uno fuera el frontman de la banda. Al cabo de unos segundos, la seguridad intervino, pero Axl ya estaba fuera de sí. Con la cámara de fotos en su mano, subió enfurecido al escenario y tomó el micrófono por última vez en la noche de Saint Louis. “Bueno, gracias a la mierda de seguridad, me voy a casa”, bramó, y lo arrojó violentamente contra el piso.
El estrépito causado por la amplificación del sonido generó estupor entre la audiencia. Por si alguien no entendía lo que pasaba, Slash se encargó de traducir a través de un micrófono que todavía funcionaba. “Axl rompió el micrófono. Nos vamos”. El público no sabía que hacer. ¿Era otra puesta en escena de los chicos malditos del rock? ¿Algún berrinche que se podía resolver con una buena charla en camarines? ¿Cuándo volverían los músicos para terminar el concierto por el que habían esperado tanto tiempo?
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La respuesta la dieron los organizadores encendiendo las luces del anfiteatro. Una forma de decir que la banda no iba a volver, que debían dar media vuelta e irse. Algunos lo hicieron, entre la frustración y la impotencia. Otros descargaron su ira contra el flamante recinto. Las botellas y las butacas volaban por los aires y se transformaban en souvenirs. Los más violentos se subieron al escenario y rompían todo lo que encontraban a su paso. La estructura del escenario temblaba y se temía una tragedia que afortunadamente quedó en amenaza.
Crimen perfecto
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Afuera las cosas no estuvieron más tranquilas. Los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad duraron unos cuantos minutos, y no hubo muertos de milagro. La trifulca dejó un saldo de 60 personas heridas, 15 arrestadas y una demanda de los organizadores por daños alrededor del millón de dólares. Para la banda, trajo consecuencias inmediatas. Estaba claro que el concierto del 3 de julio estaba automáticamente suspendido y también se iban a cancelar dos shows más, hasta que el staff pudiera remplazar el equipamiento que había quedado hecho añicos en Riverport. Además rebalsó el vaso en el frágil equilibrio interno y propulsó la salida del guitarrista Izzy Stradlin, que en septiembre dejaría la banda que había fundado, cansado, principalmente, del comportamiento de su líder.

A todo esto, Axl fue el único de los Guns apuntado por la Justicia del estado de Missouri. La orden de captura no hizo efecto, ya que por entonces la banda estaba girando por Europa. Mientras tanto, el músico hablaba a su manera. Antes de mandar a imprimir el arte de tapa de los Use Your Illusion, alcanzó a camuflar un “Fuck You, St. Louis!” entre la lista de agradecimientos. Por si alguien no había comprado los originales o no tomado el trabajo de leer, supo lucir una remera con letras gigantes y la leyenda “St. Louis sucks!” (Saint Louis apesta).
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Un año más tarde tuvo que dar la cara ante el tribunal. En su descargo, el músico apuntó contra ciertas flexibilidades del personalidad de seguridad, que habrían permitido el ingreso de pandilleros motorizados, uno de los cuales sería el responsable de tomar las fotografías que preludiaron el desastre. Fue declarado culpable de cuatro cargos de agresión y un cargo por daños a la propiedad. Tuvo que pagar 50,000 dólares a la beneficencia y lo sentenciaron a dos años de libertad condicional. La condena tácita y recíproca fue mucho más larga y tuvieron que pasar 25 años para que Saint Louis y Axl y sus Guns N’ Roses hicieran las pases.
La ciudad fue parte del tour “Not in this lifetime”, que marcó el regreso a la banda de Slash y el bajista Duff McKagan luego de 20 años. Por las dudas, no eligieron el fatídico anfiteatro, que todavía sigue en pie y goza de excelente salud. La cita fue en The Dome, un estadio abierto en el que más de 37 mil personas pudieron disfrutar de un show completo de más de tres horas y 31 canciones, entre las que sonó, enterita, “Rocket queen”. Como si fuera ese veterano de mil batallas que gusta reír de sus travesuras de juventud, Axl no pudo evitar la a los hechos del 2 de julio. Fue antes de interpretar “Coma”, cuando presentó a Slash como “mi cómplice, como si regresáramos a la escena del crimen”. A esa altura, ya sabía que los desmanes del anfiteatro de Riverport estaban largamente perdonados.
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