Los primeros resultados financieros de SpaceX como empresa cotizante dejaron una paradoja que desconcertó a Wall Street. La compañía aumentó sus ingresos un 92% respecto del mismo período del año pasado, redujo pérdidas y encontró una nueva fuente multimillonaria de ingresos en la inteligencia artificial. Sin embargo, el mercado reaccionó en sentido contrario: desde el máximo alcanzado tras su debut bursátil, las acciones ya perdieron cerca de la mitad de su valor.
¿Cómo puede una empresa vender más, perder menos y, aun así, generar semejante desconfianza entre los inversores? Para Tomás Trapé, que analizó el fenómeno en Infobae a la Tarde, la respuesta no está únicamente en los balances. “La economía se ha vuelto una cuestión de narrativas”, sintetizó al explicar que Wall Street ya no discute si SpaceX puede generar ingresos, sino si el ritmo de sus inversiones terminará convirtiéndose en rentabilidad.
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Del sueño de Marte al examen trimestral de Wall Street
Durante casi 25 años, SpaceX fue una empresa privada. Esa condición le permitió a Elon Musk construir un relato de largo plazo alrededor de proyectos que parecían propios de la ciencia ficción: colonizar Marte, levantar ciudades en la Luna o convertir a la humanidad en una especie multiplanetaria. Mientras los inversores confiaban en esa visión, la empresa podía concentrarse en ejecutar su estrategia sin rendir cuentas públicamente cada tres meses.

La salida a bolsa modificó por completo esa lógica. “Antes podía descansar en sus sueños de Marte o de colonias en la Luna, pero ahora cada tres meses tiene que mostrar cuánto ingresó, cuánto gastó y cuándo esas inversiones van a empezar a generar ganancias”, explicó Trapé.
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Ese cambio comenzó el pasado 12 de junio, cuando SpaceX debutó en Wall Street con una cotización inicial de 135 dólares por acción. El entusiasmo inicial llevó rápidamente el precio por encima de los 225 dólares, pero los primeros balances cambiaron el humor del mercado y la acción retrocedió cerca de un 50% desde aquel máximo.
De fabricar cohetes a construir infraestructura
Para entender por qué los inversores analizan hoy a SpaceX con otros ojos, Trapé repasó la evolución de una empresa que dejó hace tiempo de ser solamente un fabricante de cohetes.
Cuando nació en 2002, el objetivo parecía casi imposible: reducir drásticamente el costo de acceder al espacio y hacer viable, algún día, la colonización de Marte. El primer gran avance llegó recién en 2008, cuando el Falcon 1 consiguió alcanzar la órbita después de tres lanzamientos fallidos y cuando la compañía estaba al borde de quedarse sin financiamiento.
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Dos años después apareció el Falcon 9 y con él una innovación que transformó la industria aeroespacial. “SpaceX logra que los cohetes dejen de ser descartables”, recordó Trapé. La posibilidad de recuperarlos y reutilizarlos redujo los costos de cada lanzamiento y cambió la economía del negocio espacial.
El siguiente salto fue todavía más profundo. En 2018 nació Starlink y la compañía dejó de limitarse a transportar satélites de terceros para comenzar a desplegar su propia infraestructura de comunicaciones. “Pasó del flete al peaje”, resumió Trapé. Si antes SpaceX cobraba por llevar cargas al espacio, ahora también obtenía ingresos por operar una red global de internet satelital con aplicaciones civiles, comerciales y militares.
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La transformación continuó este año con la incorporación de xAI. La operación integró bajo una misma estructura los cohetes, la red de satélites, las comunicaciones, los centros de datos y la inteligencia artificial. En otras palabras, SpaceX dejó de ser únicamente una empresa aeroespacial para convertirse en una compañía que busca controlar distintas capas de la infraestructura tecnológica del futuro.
La inteligencia artificial ya genera miles de millones, pero todavía consume mucho más
Los resultados del último trimestre mostraron que esa estrategia ya empezó a producir nuevos negocios. SpaceX facturó alrededor de 7.800 millones de dólares, un 92% más que un año atrás. Starlink continuó siendo el principal motor económico de la empresa con unos 4.300 millones de dólares en ingresos, aunque el dato que más llamó la atención del mercado fue el crecimiento de la inteligencia artificial, que aportó cerca de 2.600 millones.
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Según explicó Trapé, una parte importante de esos ingresos no proviene directamente de Grok, sino de un negocio menos visible: el alquiler de infraestructura informática. SpaceX construyó enormes centros de datos para desarrollar sus propios modelos de inteligencia artificial y, al disponer de una capacidad de procesamiento gigantesca, comenzó a alquilar parte de esa potencia a otras empresas tecnológicas.
“Elon Musk tiene un ciber gigante”, graficó. “Tiene los fierros, los centros de datos y los alquila para que empresas como Anthropic o Google entrenen sus modelos”. Así, además de competir en inteligencia artificial, la compañía empezó a vender uno de los insumos más demandados por la industria: capacidad de cómputo.
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Sin embargo, el verdadero foco de preocupación aparece cuando se observa el otro lado del balance. Durante el trimestre, SpaceX invirtió aproximadamente 18.400 millones de dólares, más del doble de todo lo que había facturado. Cerca de 15.800 millones fueron destinados a infraestructura vinculada con inteligencia artificial, una cifra que refleja el principal dilema del negocio: la IA ya comenzó a generar ingresos, pero todavía consume mucho más capital del que produce.
Para Trapé, ese es el punto que comenzó a inquietar a Wall Street. “Son empresas que generan ingresos, pero gastan muchísimo más de lo que terminan generando”, sostuvo. Y resumió esa dinámica con otra definición sobre Musk: “Un hombre de ambición absoluta es también un hombre de derroche absoluto o que pide plata todo el tiempo”.
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La apuesta de Musk que divide a Wall Street
El problema, según el analista, no es que SpaceX carezca de demanda. De hecho, Starlink se consolidó como un negocio rentable y relativamente previsible, mientras que la inteligencia artificial ya demostró capacidad para generar miles de millones de dólares.
La pregunta es otra: cuánto tiempo podrá sostenerse un modelo en el que cada nueva fuente de ingresos financia, inmediatamente, una apuesta todavía más ambiciosa.
Hoy los recursos de Starlink deben sostener la expansión de la constelación de satélites, el desarrollo de Starship, la construcción de nuevos centros de datos, la compra de chips para inteligencia artificial y otros proyectos tecnológicos que todavía demandan enormes cantidades de capital.
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“Todo depende de Starlink. Tiene una gallina de los huevos de oro que termina financiando la carrera espacial, ampliar la red y el desarrollo de nuevas tecnologías”, explicó Trapé. En ese contexto, el mercado comenzó a preguntarse si el crecimiento de los ingresos podrá acompañar el ritmo de un plan de inversiones que parece no encontrar techo.
Para el politólogo, allí también aparece uno de los mayores activos de Elon Musk. “Es un gran contador de historias”, afirmó. “Todas sus historias son verosímiles porque están apoyadas en resultados”. Durante años, esa capacidad para vender una visión del futuro le permitió financiar proyectos de enorme escala.
Pero desde que SpaceX comenzó a cotizar en Wall Street, esa narrativa convive con una exigencia mucho más concreta. Cada trimestre, los inversores no sólo evalúan cuánto creció la empresa, sino también cuánto dinero necesita seguir gastando para perseguir esa visión.
Esa es, en definitiva, la paradoja que hoy enfrenta SpaceX. El mercado ya no duda de que la compañía puede generar negocios multimillonarios. La incógnita pasa por saber si esos negocios alcanzarán para financiar una ambición que, hasta ahora, parece no tener límites.
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