Hay ejecutivos que definen su carrera por los productos que lanzan o las empresas que venden. Alex Karp, cofundador y director ejecutivo de Palantir Technologies, se define mejor por lo que nunca hizo: aprender a conducir. La razón que él mismo ha dado en distintos contextos es tan directa como reveladora: de joven no tenía dinero para un auto, y cuando lo tuvo, ya no lo necesitaba.
Esa trayectoria (de la escasez a un patrimonio estimado en 15.200 millones de dólares) sin pasar por el punto intermedio donde la mayoría adquiere ese hábito, resume con precisión la vida de uno de los empresarios más atípicos del sector tecnológico global.
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La anécdota circula en entornos empresariales como una curiosidad, pero dice algo más sobre Karp que sobre los autos. Su vida entera parece construida al margen de los protocolos habituales del mundo corporativo, y esa distancia con lo convencional es, posiblemente, lo que explica tanto su ascenso como la empresa que dirige.
Quién es Alex Karp
Karp no proviene de la ingeniería ni de las ciencias de la computación. Estudió derecho en Stanford, donde forjó una relación con Peter Thiel, y luego obtuvo un doctorado en filosofía en Alemania bajo la tutela del pensador Jürgen Habermas. Esa formación en humanidades lo separa del perfil estándar de Silicon Valley y marca la forma en que concibe su empresa.
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En 2004, junto a Thiel y otros socios, fundó Palantir Technologies, una compañía de software de análisis de datos e inteligencia artificial creada en la coyuntura posterior a los atentados del 11 de septiembre. Desde su origen, Palantir trabajó con agencias de seguridad, gobiernos y organizaciones militares, principalmente en Estados Unidos y otras naciones occidentales, con una exclusión explícita de China y Rusia.
Durante años, Palantir operó en un perfil relativamente discreto. La exposición mediática de Karp se intensificó tras la elección de Donald Trump, periodo en el que las acciones de la compañía experimentaron un alza pronunciada. En octubre de 2024, el valor de la acción llegó a 40 dólares; en 2025 alcanzó los 200, para estabilizarse cerca de los 170. Karp figura hoy en el puesto 74 entre los hombres más ricos del mundo.
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Su visión del negocio es directa: la tecnología debe servir para proteger a Occidente frente a sus adversarios, y esa protección requiere una colaboración activa entre el sector privado y el Estado. Rechaza la postura de quienes en Silicon Valley se niegan a trabajar en proyectos de defensa y sostiene que el sector tecnológico perdió el rumbo cuando priorizó aplicaciones de consumo masivo sobre los desafíos estratégicos vinculados a la seguridad nacional.
Steve Jobs y la matrícula que nunca existió

Las excentricidades ligadas a los automóviles no son exclusivas de Karp en el ecosistema tecnológico. Steve Jobs, fundador de Apple, protagonizó durante años una de las anécdotas más comentadas del sector: conducía habitualmente sin matrícula.
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La legislación del estado de California permitía circular sin placas durante los primeros seis meses posteriores a la compra de un vehículo nuevo. Jobs encontró en esa norma una solución a su medida: adquiría un Mercedes-Benz SL55 AMG nuevo cada seis meses, de modo que su auto siempre estaba dentro del plazo legal de exención. Para garantizar la continuidad del esquema, mantenía un acuerdo con un concesionario que le aseguraba la disponibilidad del mismo modelo con las mismas especificaciones.
El valor del vehículo superaba los 120.000 dólares, una cifra irrelevante frente a los más de 7.000 millones de dólares que acumulaba al momento de su muerte. El motivo nunca fue aclarado públicamente por Jobs, aunque quienes lo conocían apuntaban a su obsesión por la privacidad y su resistencia sistemática a dejar rastros identificables en el espacio público.
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La estrategia habría sido imposible a partir de 2019, cuando California eliminó la posibilidad de circular sin matrícula y exigió placas temporales desde el momento de la compra.
Dos figuras del mundo tecnológico, dos formas distintas de relacionarse con los automóviles, y una misma tendencia a operar por fuera de las convenciones que rigen la vida de la mayoría.
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