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Carlos Rottemberg habla del libro que escribió por sus 50 años de teatro: “Es incómodo, toca temas políticamente incorrectos”

El productor acaba de publicar Pasen y lean, trescientas páginas que plasmó durante el verano en Mar del Plata. En la charla con Teleshow habló de sus dudas sobre el futuro del teatro industrial, del prólogo que redactó Luis Brandoni días antes de morir y de quien considera su único maestro, Guillermo Bredeston

Carlos Rottemberg
Carlos Rottemberg, una vida ligada al teatro (Crédito: RS Fotos)
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Carlos Rottemberg tiene 62 años, tres hijos y cincuenta años de oficio como productor encima. A los 8 años definió su vocación. A los 18 años entendió que el teatro era su destino de vida. A esa edad —corría 1975— su primera reunión de negocios fue con Alejandro Romay, nada menos. Más de veinte millones de espectadores después, es el propietario del Multiteatro y fue uno de los referentes más reconocidos de la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales (AADET).

Ahora suma un nuevo capítulo a su historia: Pasen y lean, su tercer libro, publicado por Editorial Losada, donde repasa medio siglo de vida teatral con nombres propios, anécdotas sin filtro y algunas preguntas que él mismo define como políticamente incorrectas.

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La presentación oficial será este martes11 de agosto a las 18 horas en el Teatro Liceo, con la presencia de Any Ventura y Pablo Sirvén, y la lectura del prólogo a cargo de Saula Benavente, viuda de Luis Brandoni, quien falleció el 20 de abril pasado, apenas días después de haber escrito este texto y leérselo por teléfono a su autor.

Carlos Rottemberg junto a su hijo Tomás y Luis Brandoni, que escribió el prólogo de su libro
Carlos Rottemberg junto a su hijo Tomás y Luis Brandoni, que escribió el prólogo de su libro

— ¿Qué te motivó a escribir este tercer libro autobiográfico?

— El primero, hace casi 30 años, fue un pretexto para aprender a usar la computadora. Daniel Divinsky, de Ediciones de la Flor, se enteró de que yo estaba practicando mi biografía para mí mismo y me dijo que la quería publicar. Así salió No hay más localidades. El segundo, Viví entre butacas, lo escribieron los periodistas Hugo Paredero y Carlos Ulanovsky por encargo de Paidós para celebrar mis 40 años en la actividad. Yo no escribí nada: me enteré del resultado como cualquier lector, con unos 60 o 70 testimonios de gente del medio que hablaban de mi carrera. Este tercero nació de otra manera. Terminé una nota con el periodista Alejandro Cruz para La Nación y él me dijo: “¿Por qué no escribís la continuación de No hay más localidades?” Yo le dije que para qué, si la gente ya tenía los dos anteriores. Pero en el verano, en Mar del Plata, casi sin darme cuenta, empecé a escribirlo. Cuando terminó el verano, lo terminé.

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— El libro arranca con una trompada emocional: el prólogo es de Luis Brandoni. ¿Cómo se gestó?

— La editorial me pidió un prólogo y yo quise que lo escribiera una periodista que me conociera pero que no tuviera ningún vínculo cotidiano conmigo, para que no tuviera que sentarse con ningún compromiso. Me acordé de Laura Ventura, que hace diez años se fue de Argentina. La contacté y aceptó. Eso ya estaba cerrado cuando, en febrero, invité a Brandoni al Estrella de Mar en Mar del Plata. Ese día me dice: “Pibe, ¿es verdad que estás escribiendo un libro? El prólogo te lo hago yo”. Ya tenía cerrado el de Laura, pero era ni más ni menos que Beto Brandoni proponiéndomelo. Hablé con Laura y me dijo: “¿Cuál es el problema? Hablá con la editorial y dejá dos prólogos”. La editorial aceptó. El viernes 3 de abril, Viernes Santo, me llamó Beto y me leyó el prólogo por teléfono. Me emocioné, le agradecí, y le dije que se lo mandara a la editorial, cosa que hizo Saula (Benavente, la pareja del actor). Nadie podía imaginarse que ese iba a ser el último regalo de mi amigo. El 11 de abril, una semana después, tuvo el accidente que derivó en su muerte.

— ¿Quién fue tu maestro como productor?

— Cuando alguien me pregunta quién fue el que más me enseñó, la respuesta es Guillermo Bredeston. Es el único al que llamé maestro. Fuimos socios, pero además amigos. Nunca firmamos un papel. Siempre de palabra.

La portada de Pasen y Lean, el nuevo libro de Carlos Rottemberg
La portada de Pasen y Lean, el nuevo libro de Carlos Rottemberg

— Además, lo acompañaste hasta el mismo momento de su muerte luego de una larga e injusta enfermedad...

— Guillermo estuvo muchos años postrado. Su familia, Nora (Cárpena), y sus hijas Lorena y Nachi, estuvieron permanentemente con él. Yo lo iba a buscar, dábamos la vuelta en el auto, con el celular en altavoz, y organizaba quiénes iban a participar de la charla para que él pudiera escuchar, porque su problema era que no podía hablar. Se alimentaba con un botón gástrico, pero lo disfrutaba. Entonces yo lo repetía, y su familia lo preparaba para esas salidas que eran ir hasta el centro, hasta los teatros. Y yo sabía por Nora que Guillermo quería comer pizza. El tema era el temor a que se atragantara. Un día no le hice caso a Nora. Le dije a Guillermo: “¿Hacemos una macana juntos?” Me dijo que sí con la cabeza. Le corté la pizza en pedacitos chiquitos, miguitas casi, y se comió no una sino dos porciones. Cuando volví a su casa y se lo dije a Nora, me empezó a gastar: “¿Pero cómo hiciste eso?“... ”Pero mirá cómo volvió. Volvió con todo”, le dije. . Fue una de esas cosas que a mí me quedaron para siempre. Y también tuve el privilegio de ser el depositario de ir a retirar sus cenizas de la cochería.

— ¿Es cierto que cuando tenés invitados a cenar a tu casa los recibís en pijama?

— No soy excéntrico, que quede claro. Eso empezó hace más de treinta años con Alejandro Romay. Un día tuve un episodio de estado vagal, una bajada de presión que te obliga a estar en cama. El médico me dijo que me duchara, tomara una pastilla y me quedara acostado. Esa noche tenía una cena en casa y no la suspendí, pero no tenía fuerzas para vestirme. Me quedé en pijama. Al día siguiente, Mirtha lo contó en su programa del mediodía, que yo producía: “Anoche comimos sobre la cama. Me recibió en pijama”. No fue premeditado. Quedó, y la gente empezó a venir en pantuflas a casa justamente por eso. Incluso esta semana Diego Ramos lo contó al aire y al día siguiente me dejó una notita con un paquetito que decía: “La comida estuvo riquísima. En pijama, y te regalo uno”. A Mirtha, cada vez que viene la recibo en pijama y me dice en la puerta: “Mirá cómo vengo toda producida y mirá cómo estás vos”. Y yo siempre le contesto lo mismo: “Pero hoy me duché”.

Carlos Rottemberg recibe en pijama  a Mirtha Legrand en su casa
Carlos Rottemberg recibe en pijama a Mirtha Legrand en su casa

— Si, como se suele repetir, Mirtha y Susana son las divas de la televisión y Graciela Borges la del cine, ¿quién es la gran diva del teatro?

— Te voy a dar un dato que muy poca gente tiene. La actriz que más entradas vendió en estos cincuenta años de teatro es Thelma Biral. Hizo temporadas enormes, todos los años llenando teatros. Lo último fue Brujas, pero antes de eso ya era la actriz más taquillera que tuvo el teatro en las últimas cinco décadas. No se conoce mucho, porque el teatro tiene mucho menos dinamismo mediático que el cine y la televisión. Después está Moria, que llena teatros casi todos los años con una continuidad notable. Y desde el punto de vista del prestigio, en su momento se lo llevó Norma Aleandro. Pero el teatro reparte distinto. Hay un capítulo que llamé “cooperativismo” justamente por eso.

— Escribiste que este libro es más incómodo que el primero. ¿En qué sentido?

— Es que tiene 30 años más de historia y es incómodo porque toca ciertos temas que hoy se llaman políticamente incorrectos, incluso algunos que no me convendría contar sobre mi propia actividad. Con nombres propios, siendo siempre cuidadoso en las formas, pero sin esconder nada. Como cuando me refiero al futuro del teatro industrial, como que a veces pienso si a la calle Corrientes, con el teatro, no le puede pasar lo mismo que a Lavalle con el cine. Cuando lo retomé en abril para editarlo, después de haberlo dejado un mes, le dije a mi mujer: “Sentí que por primera vez hubo alguien con un grabador escuchando todo lo que pasa en la oficina y todo lo que se dice”. Eso me gustó. Lo sentí honesto. Y lo escribí cien por ciento yo, sin que nadie me corrija una coma. Además, la mayor parte de las trescientas páginas las grabé en el celular y después volcaba el audio a texto. Por eso es un libro que escribí en el teléfono y lo hice oralmente.

Carlos Rottemberg en plena corrección de su libro
Carlos Rottemberg en plena corrección de su libro

— ¿Podría suceder que Corrientes terminara sin teatros como Lavalle sin cines?

— Me preocupa. En los años 50 empezaron a demolerse los teatros de la calle Corrientes: el Apolo, el Politama, el Marconi en Rivadavia. Edificios clásicos inmensos. A tal punto llegó la situación que se sancionó la ley 14800, que impide al propietario de un teatro demolerlo si no construye otro de similares características. Esa ley, que nunca se reglamentó, es la que muchos creen que frenó las demoliciones. Pero lo que realmente las detuvo fue la aparición de la televisión abierta en los 50. Cuando uno piensa en las compañías que sostenían esos edificios enormes, hay que entender que existían cabezas de compañía que eran el paraguas de todo el equipo: Olmedo, Porcel, Calabró, Juan Carlos Mesa, China Zorrilla, Luis Brandoni, Pepe Soriano, Antonio Gasalla. Cada vez que muere o deja la actividad una cabeza de compañía, se está cayendo un futuro espectáculo con continuidad y convocatoria. Y no se está reponiendo. Esa popularidad la dio la tele abierta y duró muchos años. El día que murió Beto Brandoni dije: “Uy, otra cabeza de compañía”.Se lo comenté a un colega tuyo: “Dentro de unos años a ustedes les van a faltar las personalidades para hacer las necrológicas”. Es un paralelismo con lo que le pasa al teatro.

— ¿La dedicación al trabajo te pasó factura en lo personal?

— Al contrario, tengo una familia maravillosa como prioridad. Yo concibo la vida fácil: hablemos, no demos vueltas, no dejemos la agenda para mañana. Y sobre todo, no tener un discurso en público y otro en privado. La principal manera de vivir mejor es tener el mismo discurso en todos lados. Con eso me mantengo siempre en 13/8 de presión. Cuando terminé el primer libro, hace treinta años, escribí: “Tengo un hijo, escribí un libro, no planto un árbol porque no quiero la incomodidad de agacharme”. Ahora lo refloto al principio y digo: “Tengo tres hijos, con este son tres libros y sigo sin agacharme a plantar el árbol”.

CARLOS Y TOMÁS ROTTEMBERG
>Rottemberg junto a su hijo mayor, Tomás (RS Fotos)

— ¿Te ves reflejado en tu hijo mayor, Tomás?

— Dejé hace dos años de presentarme como el padre de Tomás y pasé a ser el hijo de Tomás. No hay mejor piropo para un padre que encima tiene un hijo que eligió dedicarse a lo mismo. Que digan “te presento al papá de Tomás” es el gran premio. Tomás labura, puede estar trabajando mientras yo vengo a Pergamino a acompañar la presentación de un teatro que no es mío. Hoy yo le pregunto cosas a él sobre cómo se maneja la empresa que en su momento fundé, pero que él hace crecer. Los dos más chicos, Nicolás y Matilda, también están metidos en los musicales. Tengo un video de la nena haciendo control de con el cuentaganado en el Gran Rex la semana pasada, con una concentración maravillosa a los siete años.

— Hay un capítulo sobre las cosas a las que hay que decirles que no. ¿Qué fue lo mejor que rechazaste?

— No te voy a dar un caso puntual, pero sí te digo esto: cuando vos como periodista te enterás de una programación, eso no es más que el 10% de los proyectos que se barajaron para que decante esa programación. Decir que no es la mayoría. Lo que no se ve, lo que no se pone en cartel, lo que se frustra, lo que no se arma: eso es la mayoría. Para armar una programación de 20 títulos al año, deben aparecer 200. A mí no me gusta hasta no poner el dedo, que es la firma. Hay un simbolismo ahí del cumplimiento de la palabra. Todos los días aparece alguien con la mejor intención diciéndome que tiene un gran proyecto. Y todos los días hay que decir que no a la mayoría. Hay un 90 y un 10 entre lo que se dice y lo que se hace. Por eso todos tienen primicias que después no se concretan.

Carlos Rottemberg junto a su mujer, Karina Pérez Moretto, y sus hijos más pequeños, Nicolás y Matilda
Carlos Rottemberg junto a su mujer, Karina Pérez Moretto, y sus hijos más pequeños, Nicolás y Matilda

— ¿Por qué apostar a un premio propio de la industria, el Premio Pinti de AADET, cuando ya existen el ACE, el María Guerrero y el Martín Fierro de teatro?

— Yo apoyo todos los premios. Los diplomas del ACE se entregan en el Multiteatro. Vamos al María Guerrero, hacemos el Estrella de Mar. El año pasado surgió el Martín Fierro de teatro y ahí estuve sentadito. Y ahora surgió esta idea de la propia industria, que me pareció muy buena. Dejé la conducción de AADET hace tres años, pero me parece muy bien que el sector quiera tener su propio reconocimiento. Lo más importante es la condición que pusimos: que los socios de la entidad no sean los votantes, y que cada año haya 25 jurados distintos. Eso le da una gran transparencia.

— La última: si se hiciera una obra de teatro sobre tu vida, ¿quién te gustaría que te interpretara?

— Te voy a contestar como empresario. Salvo que sea un figurón muy popular, no creo que mi historia vaya a vender entradas. Mejor ahorrate la guita.

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