
Mohammad Gawdat advirtió que la humanidad se encamina hacia un dilema ético sin precedentes por el avance de la inteligencia artificial. En diálogo con The Diary of a CEO, el ex directivo de Google señaló que el desafío central será decidir si esta tecnología se orienta al bienestar colectivo o si, por el contrario, amplifica la vigilancia, el desempleo y la concentración de poder.
La inteligencia artificial obliga a repensar el papel de las personas y los Estados ante un entorno donde el trabajo, la democracia y la gestión política pueden transformarse radicalmente.
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Este debate plantea una tensión fundamental entre aprovechar nuevas oportunidades productivas y evitar que la tecnología acentúe la marginalización social, el control y la desigualdad.
Desplazamiento laboral y retos para la economía digital
“Lo que realmente me inquieta no es la inteligencia artificial misma, sino lo que los humanos pueden llegar a ordenarle”, afirmó Gawdat en diálogo con el conductor del podcast, Steven Bartlett. “No es una enemiga: el riesgo radica en cómo una minoría poderosa decida usarla para su propio beneficio o para ejercer control social”, agregó.
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El ex directivo destacó que la automatización progresa rápidamente, afectando especialmente los roles de oficina y tareas repetitivas. “Los trabajos de asistentes, agentes de centros de atención y otras funciones rutinarias serán los primeros en notar cambios. No se trata tanto de despidos inmediatos como de una paralización en la contratación”, detalló.
Según sus proyecciones, los primeros efectos drásticos se observarán desde 2027, afectando también a profesiones analíticas, financieras, de diseño y a la dirección media de empresas.
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“Hasta un 30% de los puestos en ciertos sectores podría desaparecer rumbo a 2028. Son estimaciones, no cifras actuales", matizó el empresario egipcio, haciendo énfasis en la necesidad de comprender el alcance potencial, no solo las pérdidas inmediatas.

A pesar de este escenario, subrayó que el desenlace no está predeterminado. “Si hay voluntad política y un apoyo estatal bien dirigido, podemos reducir la disrupción. Los gobiernos deben prepararse como en una crisis sistémica, igual que cuando enfrentaron la pandemia, estableciendo redes de protección para quienes se vean desplazados durante la reconversión”, sostuvo.
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Democracia en crisis ante el avance tecnológico
Respecto al impacto político, fue tajante: “Hace tiempo que no vivimos una democracia real. Las decisiones no pasan por la ciudadanía, los controles se debilitan y los intereses corporativos prevalecen", denunció en el podcast. Este desgaste se traduce en frustración social y desconfianza en la legitimidad política.
Añadió que la corrupción y la falta de representatividad refuerzan la percepción de que la voz social pierde peso y de que los recursos se utilizan para fines alejados del bien común, mientras que la regulación resulta insuficiente para frenar los abusos.
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A su juicio, la concentración de poder en grandes oligopolios tecnológicos agrava el escenario y se preguntó qué tipo de democracia podría sostenerse si, incluso ante pruebas públicas de delitos sin consecuencias, la inteligencia artificial multiplica esas asimetrías de poder.
Competencia mundial en IA y el desafío de regiones emergentes
El entrevistado analizó la competencia internacional por la inteligencia artificial, donde China y Estados Unidos marcan el paso. “El riesgo para regiones como América Latina y África es quedar atadas a una dependencia tecnológica permanente”, alertó Gawdat.
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Para él, la “soberanía digital” no se limita a tener los algoritmos más avanzados, sino a garantizar que cada país invierta en soluciones adaptadas a su propia economía. “Todos deberían desarrollar infraestructura digital propia. No es necesario competir directamente con los líderes mundiales de IA, pero sí evitar convertirse en simples consumidores de tecnología extranjera”, remarcó.
Según Gawdat, la clave pasa por aprovechar el código abierto y fomentar una innovación local adaptada a necesidades inmediatas. Advirtió además que, si América Latina y otros países emergentes no reaccionan, la brecha tecnológica se ampliará y los monopolios globales se fortalecerán aún más.
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¿Es posible construir una inteligencia artificial ética global?
Gawdat planteó dudas sobre la capacidad de la autorregulación tecnológica y la posibilidad de establecer un marco ético internacional. “Hoy las empresas compiten ferozmente y las decisiones se guían por incentivos económicos de corto plazo. El dilema es que quien no prioriza la ética, sino la retención y las ganancias, suele ganar mercado”, expuso.
“Para una IA ética, necesitamos estándares verificables“, explicó. Sería esencial que los modelos pasaran pruebas éticas antes de su lanzamiento y que los resultados fueran públicos. El problema radica en que los marcos regulatorios internacionales son débiles y los intereses de los grandes actores pesan más que los de los Estados.
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Frente a esa debilidad, propuso que “la sociedad puede ejercer presión: dejar de usar productos que no respetan valores compartidos y exigir mayor transparencia a legisladores y empresas. Sin esa presión colectiva, los desarrollos tecnológicos quedarán en manos de una élite”.
Según Gawdat, el verdadero reto consiste en dotar a esta “superpotencia llamada inteligencia” de un sentido ético que reduzca la corrupción y haga posible un futuro sostenible para las próximas generaciones.
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