Cuando una persona adopta una mascota realmente está sembrando vida. Porque está salvando la del animal rescatado y añadiendo alegría y compañía en un hogar. Cada vez que un perro abandona su lugar en un refugio nace por segunda vez y, además, genera un espacio para que pueda ingresar otro que lo necesita.

Adoptar es un gran acto de amor y de responsabilidad. Por eso es imprescindible que estemos listos y capacitados para tener un integrante nuevo en la familia. Antes de dar ese paso hay que reflexionar sobre un hecho fundamental: ese animal dependerá toda su vida de nosotros. Ingresar un perro a una casa es asumir un inmenso compromiso durante los 15 o 20 años que vivirá junto a sus dueños.

Una linda salida en vacaciones de invierno puede ser una visita a un refugio. Puede servir para que nuestros hijos conozcan el triste destino de algunos animales abandonados. Y, sinceramente, poder brindarles la oportunidad de rescatar aunque sea a uno de ellos puede ser un obsequio inolvidable.

Un regalo de tal naturaleza tiene que estar acompañado de varias consideraciones previas: traer un perro a la familia solamente porque los niños piden un cachorrito para jugar, es un error. Los animales no son un juguete y sus padres tienen que llevar adelante una tarea de formación muy clara en ese sentido. El perro es parte de la familia y todos tienen que estar de acuerdo con la adopción. Tanto los niños como los adultos tienen que tomar conciencia de la responsabilidad que esto genera: ¿Qué pasará cuando los niños crezcan? ¿Quién lo va a bañar? ¿Quién lo va a sacar a pasear?

No todos los perros necesitan un parque para correr, pero sí un espacio lo suficientemente cómodo como para moverse por la casa y  tener un lugar diferenciado donde dormir y descansar.

Un aspecto fundamental a tener en cuenta es averiguar cuál será el tamaño que tendrá el animal cuando crezca, así como también anticiparnos a los gastos y tareas de mantenimiento más básicos: los perros tienen un calendario de vacunación anual que cumplir. A eso hay que sumarle pipetas, desparasitaciones y alimentos de buena calidad que puedan garantizar la salud, el pelaje y la dentadura de la mascota.

Por otra parte, si hay niños pequeños o personas muy mayores no es conveniente incorporar un perro de gran porte y muy enérgico, ya que podría tirarlos accidentalmente jugando. Asimismo, si los integrantes de la familia pasa mucho tiempo afuera deberá adoptarse un perro tranquilo acostumbrado a quedarse solo.

Quizás tantas previsiones puedan resultar excesivas. Pero la experiencia y el testimonio de quienes están a cargo de refugios y centros de rescate indica lo contrario. Nunca son exageradas las preguntas que se hacen antes de tomar una decisión tan importante.

Nuestros hijos deben saber que muchos de los animales que se encuentran en estos centros están allí porque otros adultos y niños no se hicieron los interrogantes necesarios y actuaron sin pensarlo mucho. Un perro siempre dará amor y compañía incondicional a cada integrante de nuestra familia. Es bueno que los niños sepan que ese cariño debe ser respetado y correspondido.

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